EFEBruselas

Con sus idiomas remendados y sus juergas apátridas, entre pisos multitudinarios y asignaturas transfronterizas, el programa Erasmus de la Unión Europea celebra en 2017 sus 30 años de vida como pegamento comunitario y antídoto contra el euroescepticismo.

"Es la mejor manera de construir una identidad europea: conocer a otros jóvenes, compartir, hablar, interesarse por los demás. Erasmus debería de ser obligatorio", dice a Efe Déborah Gayet, dentista francesa que fue alumna de ese programa de intercambio europeo de estudiantes hace más de una década.

Cuando Gayet estuvo en Helsinki también andaba por allí Tobias Schmidbauer, que había llegado desde Múnich con una beca europea en ingeniería informática. Hoy viven juntos en Le Havre, ciudad del noroeste de Francia bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, y son padres de dos "bebés Erasmus".

"Conocí a mi marido y a algunos de mis mejores amigos que, pese a la distancia, lo siguen siendo. Se lo recomendaría a mis hijas. Es una experiencia única", sentencia Gayet.

El programa Erasmus arrancó en 1987, el año en el que murió Andy Warhol y nació Lionel Messi. España acababa de ingresar en la Comunidad Económica Europea de entonces y la promoción inicial fue 3.244 alumnos. Hoy se han superado ya los 3 millones de Erasmus.

El plan de estudios abarca ahora a jóvenes de entre 13 y 30 años y concede becas para formación escolar, profesional, universitaria, adulta y hasta deportiva. Ha pasado a llamarse "Erasmus +" y Bruselas le destinó más de 2.100 millones de euros en 2016.

Quienes han sido Erasmus se deshacen en halagos hacia un programa al que algunos llaman cariñosamente "orgasmus" y que sustenta gran parte de su éxito fuera de las aulas, en el territorio abstracto de los amigos, los idiomas, los viajes y las fiestas.

Pero también hay sombras. El "Erasmus" solo alcanza en torno al 1 % del alumnado europeo, unas 650.000 personas al año si se incluye a profesores, voluntarios y aprendices. Y quienes obtienen una de esas becas necesitan ingresos adicionales para subsistir.

Beatriz Trujillo tiene 22 años, estudia Ingeniería Forestal en la Universidad Politécnica de Madrid y responde por Whatsapp desde Stirling, donde se quedará a pasar unas Navidades a la escocesa como parte de su experiencia de 5 meses de prácticas en un laboratorio de limnología.

Se fue al Reino Unido en septiembre y estará allí hasta febrero, con una ayuda total de 1.200 euros. Viviendo con austeridad, dice, el presupuesto le daría para dos meses.

En casa fruncieron el ceño, pero luego pensaron que sería positivo para su hija, que contribuyó con sus ahorros a financiar una experiencia que, asegura, le ha "abierto la mente".

"Por supuesto que hay una brecha económica. En mi época eran entre 200 y 300 euros al mes. Con eso no te puedes mantener en ningún país de Europa", comenta el español Juan Acebes, que en 2005 se fue seis meses a estudiar Comunicación a Salerno, al sur de Nápoles.

Aunque injusta, esa brecha es subsanable con esfuerzo personal, matiza Acebes, que ahora trabaja desde Panamá como delegado para Latinoamérica de la empresa de ingeniería Auditel.

"Me encontré a mucha gente que había trabajado de camarero, de repartidor, de lo que fuese, y que ahorrando se pudo ir. El que tiene espíritu de crecer y de vivir cosas nuevas encuentra la forma de costearse el Erasmus", comenta sobre un programa en el que han participado más de 500.000 españoles.

Adquirir desparpajo para sobrevivir en un entorno ajeno, en un idioma que no se domina y rodeado de desconocidos forma parte del aprendizaje. Cédric Klapisch lo filmó con habilidad en "Una casa de locos", una comedia sobre un estudiante francés de Económicas que se instala en un piso compartido en Barcelona.

La experiencia ayuda, además, a desenvolverse mejor en el universo profesional y, en palabras de un empresario, indica que una persona sabe "sacarse las castañas del fuego". Las estadísticas de la Comisión Europea arrojan que la tasa de paro de los antiguos Erasmus es un 23 % más baja que la de sus pares.

A veces, la beca sirve también para abrir el apetito de una carrera laboral en el extranjero, explica Dora Kosak, que estudió Historia en la ciudad alemana de Leipzig.

"Me animó a buscar trabajo fuera de mi país y ahora, como eslovena trabajando en Austria, la única ciudadanía que realmente cuenta es la europea", concluye Kosak sobre un programa que toma su nombre de Erasmo de Rotterdam, humanista holandés que impulsó cierto aperturismo en el pensamiento de la Iglesia católica de la Edad Media.