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La poeta jienense Carmen Camacho, autora de ocho libros -dos de ellos de aforismos- y traducida a otros tantos idiomas, no deja de explorar los límites de la poesía, ahora impregnando sus aforismos de lo que denomina "metafísica popular" en su último trabajo, "Zona franca" (Cuadernos del Vigía).

El aforismo, tal vez el género más breve, parece escrito para ser labrado en mármol, a medio camino entre la filosofía y la poesía que, sin embargo, Carmen Camacho ha conectado con la oralidad o lo que ella denomina "la lengua en vilo".

En su "Zona franca" hay aforismos etiquetados como "metafísica popular" que, según ha explicado a Efe la autora, "recogen voces de la calle, expresiones que suelen decirse habitualmente y que resultan potentes por su gracia, brevedad máxima y eficacia".

Testimonio de esa "metafísica popular" ha dejado también Camacho en "Seré bre", una antología de aforismos de diversos autores que fueron el resultado de un taller que impartió para la Universidad de Sevilla.

"La lengua en vilo, al día, la oralidad, su vigencia, su tradición es una maravillosa fuente para todo lo breve", ha señalado la poeta para advertir, no obstante, que en esa fuente "no se acaba de beber del todo", tal vez por prejuicio: "Hay quienes sencillamente la confunden con el caño manido de lo costumbrista; nada más lejos".

Camacho ha asegurado que algunos de sus aforismos se inspiran en "cómo habla la gente corriente, la que no sabe nada de lengua y, es más, creen que no saben explicarse y sin embargo se explican mejor que nadie, poseen un polvorín de economía del lenguaje, de poesía, libertad, ritmo, hechura, en suma, de eficacia".

Y ha puesto varios ejemplos de lo que escucha en la calle: "No pasa hasta que pasa", advierte a su hijo la vecina; "A mí cualquiera no me da un disgusto", asegura haber escuchado a su propio padre; o "Freír la cebolla hasta que pierda el orgullo", como le recomendó su abuela al darle una receta de cocina.

"De esa tradición popular y del habla de la calle me interesa su gracia y hondura, lo que de sutiles y sustanciosos tienen, pero sobre todo de lo que prescinden, de su despojamiento", ha dicho.

Para un anterior libro de aforismos, eligió el título de "Minimás", término femenino que ha ampliado, como si designara a todo un género, para nombrar a algunas de sus piezas breves, ya que, según ha explicado con el humor que distingue buena parte de su poética: "A mis aforismos les da cosa llamarse así".

"Las 'minimás' se posan en las lindes de los géneros, y en lo menor les caben calambres exquisitos, voces de la calle, el remate o el regate del pensamiento, plomillos, una interrogación con su cáncamo y su espiche, un verso suelto, las chispas que saltan de los sueños".

Para la poeta, que habla con apasionamiento de "lo infinitesimalmente grande", las "minimás" también podrían definirse como "un aguijón de metal poético", de ahí que puedan "hacer fintas al discurso meramente racional y atrochen por otra manera de entender qué es la poesía".

Y pueden servirse "de la libertad asociativa propia de los niños y los locos; y echan las palabras a chocar; con suerte generan, al agitar el lenguaje, una realidad en sí".

Las minimás son "punzantes" y "veneran el saber del pueblo, ese que, cuando acierta, en lo breve y sonoro encuentra su horma".

De algunas de ellas ha señalado que son tan "fugaces" que cuando la asaltan en la ducha "se van por el desagüe", mientras que otras, mientras las piensa "hasta dejarlas escritas" le reportan "un placer de acupuntora.

"Cada minimás dice lo suyo, pero engarzadas por la intuición quieren contar algo más, o distinto; un libro de minimás es un alfiletero, el corazón atravesado de una Dolorosa", ha concluido.

Alfredo Valenzuela