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Entre sus gradas de hormigón, sus grietas, el paso de 91 años a sus hombros y las incontables glorias que han pisado su césped, el Estadio Centenario de Uruguay vuelve a la escena principal de América después de que la Conmebol confirmara que albergará las finales de la Libertadores y la Sudamericana.

Este mítico recinto del fútbol mundial ha sido un emblema de la selección uruguaya, que se ha encargado de defenderlo como si fuera una fortaleza milenaria e indestructible.

De hecho, los uruguayos no han perdido ni una final jugando bajo la atenta mirada de la Torre de los Homenajes que se alza en medio de la Tribuna Olímpica.

Lo que fue un recinto del fútbol de primer nivel, que se erigió en pocos meses para albergar el primer Mundial de la historia del fútbol -que tuvo a la Celeste como ganadora-, hoy atraviesa un difícil momento.

Muy lejos quedaron aquellas épocas en las que era un modelo para el mundo ya que hoy, casi en desuso, sus paredes cargadas de hazañas y sueños cumplidos imploran por una reforma que lo lleve a sus mejores días.

Si bien la estructura no corre riesgo, por el fuerte hormigón que ha sobrevivido el paso del tiempo, lo cierto es que desde los detalles mínimos de pintura o acondicionamiento hasta los más importantes como el terreno de juego, la luminaria o la comodidad de los espectadores, el Centenario urge de renovación.

Ahora, la gloria pisará una vez más el césped cuando los sábados 6 y 20 de noviembre se disputen las finales de la Sudamericana y la Libertadores, respectivamente.

EL PARTENÓN DEL FÚTBOL

Este estadio, inaugurado el 18 de julio de 1930 y que hoy alberga a unos 60.000 espectadores, no sólo es historia para su país sino que el propio expresidente de la FIFA Joao Havelange lo comparó con el Partenón griego por su contribución a la cultura mundial.

Allí comenzó todo. Fue el primer emblema de los mundiales, la confirmación de que un pequeño país que venía haciendo estragos por su calidad futbolística podía organizar una cita de esta talla e imponerse en el torneo.

Incluso en 1983 la FIFA lo catalogó como el Monumento Histórico del Fútbol Mundial debido a su importancia histórica y todo lo que representa.

Hoy, este 'Partenón uruguayo', además de ser emblema del balompié, de tener un museo plagado de trofeos, medallas, camisetas e historia pura, también funcionó recientemente como centro de vacunación para futbolistas y fue albergue para personas en situación de calle cuando comenzó la pandemia en 2020.

El Centenario no es sólo fútbol, es un símbolo de Uruguay, es algo que a sus ciudadanos llena de orgullo y que quieren como a un ser querido, al que también quisieran ver en mejores condiciones.

Sus tribunas han sido testigo de los momentos más duros de la sociedad uruguaya y sus fanáticos han hecho de este estadio una suerte de plataforma para la reivindicación.

Así fue el caso del Mundialito de 1980, en el que Uruguay salió campeón pero en los festejos el único grito al unísono en sus tribunas era "se va a acabar, la dictadura militar" (que fue de 1973 a 1985).

UN SIGLO DE GLORIA, OTRO DE DECLIVE

El siglo XX fue pura historia para el fútbol uruguayo. Sus dos equipos grandes, Nacional y Peñarol, intimidaban a todo aquel equipo extranjero que se atreviera a enfrentarse a ellos en su fortaleza de Montevideo.

En el Centenario, estos equipos escribieron algunas de las páginas más gloriosas de su historia y dieron muestra de lo que este estadio repleto de fervientes fanáticos era capaz.

Las tres Libertadores ganadas por Nacional (1971, 1980 y 1988) o las finales jugadas por Peñarol allí (aunque sus cinco copas las ganó en otros países) son solo una muestra de ello.

El declive del fútbol uruguayo en el siglo XXI, en el que los mejores futbolistas emigran rápido, se ha visto acompasado con el del propio Centenario que cada vez ve más lejana la posibilidad de que sus equipos busquen en su terreno de juego llegar a la gloria una vez más.

La última final de Libertadores que vio fue en 2011 cuando el Peñarol recibió al Santos de Neymar en la ida de la final del principal torneo continental que acabó 0-0.

Ahora, casi un siglo después de su inauguración, con muchas heridas del pasado que se vislumbran a lo lejos, con las grietas que evidencian su vejez, el Centenario sigue firme, a la espera de una renovación, de volver a sus mejores días y de demostrar que, el mítico gigante, volvió a despertar.

Federico Anfitti