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De adolescente, el dominicano Rigoberto Mendoza era un segunda base de manos seguras, buen bateador de líneas cortas y veloz, pero cambió el béisbol por el baloncesto por una razón extraña: Le molesta el brillo del sol.

"No me gusta coger sol y aunque soy caribeño no disfruto al bañarme en la playa. Voy pero me quedo en la sombra, mejor si me como un buen pescado", revela en entrevista a Efe el jugador de San Cristóbal, pieza clave de los Capitanes de la liga de México.

Mendoza, parte de la selección dominicana que disputa un lugar para el Mundial de 2019, es una de las apuestas del español Ramón Díaz, entrenador de los Capitanes, quien tiene contemplado al escolta en su cuadro titular.

Habla rápido como suele hacer la gente de Dominicana, Cuba y Puerto Rico, pero no es el típico habitante del Caribe. Sabe bailar mas lo hace poco, disfruta el béisbol, pero mejor como aficionado de los Medias Rojas de Boston. En cambio disfruta la comida mexicana con picante a la que tanto temen sus compatriotas.

"Me adapté bien a México, la altitud sobre el mar (2.240 metros) es dura pero uno la toma como un reto. Al principio te ahogas cuando subes a la ofensiva y bajas a la defensa, luego con la preparación el cuerpo de adapta. Tuve una buena pretemporada y estoy listo para aportar al equipo", dice.

La campaña del baloncesto profesional mexicano empezará este jueves cuando los Capitanes de la Ciudad de México se enfrentarán a Los Ángeles de Puebla, equipo recién llegado al circuito. Mendoza cree que el conjunto está para cosas grandes pero irá paso a paso, primero concentrado en entrar a la postemporada, luego en pelear el título.

"Aquí el baloncesto es más físico que en Dominicana, los árbitros dejar pasar más los contactos y eso hace que el juego sea más físico y los jugadores sean más agresivos a la hora de defender o atacar", comenta.

Mendoza es un jugador versátil, un escolta que también puede ser empleado como base y su visión del baloncesto está basada en el trabajo de grupo. Como profesional tiene experiencia en España, Puerto Rico y Argentina y a los 26 años pasa por un buen momento.

"Voy creciendo, madurando. Aprendí mucho en España. No era un jugador con la mentalidad de ahora, aprendí de todo, de defensa, ofensiva; me costó ponerlo en práctica, pero lo logré. En Argentina llegué a la final de la liga Sudamericana y le aprendí al coach Lucas Victoriano, jugador de los tiempos dorados de Argentina".

El dominicano se ha adaptado bien al planteamiento del español Díaz, de quien entendió su manera de dirigir, con cambios de estrategia según el rival. "A veces alguien del banquillo abre en el quinteto titular y uno sabe que es por algo", dice.

Detesta el tráfico de la Ciudad de México, pero es un hombre adaptable y, como no puede cambiar eso, optó por irse a vivir a ocho minutos del gimnasio donde se entrenan y juegan los Capitanes.

"El año pasado perdimos la final de liga con los Soles de Mexicali; tuvimos lesiones a la hora buena y ahora nos hemos preparado para ganar el campeonato. Tenemos buen equipo", asegura.

Es un tipo amigable que mantiene buenas relaciones con sus compañeros y, aunque ve todos los juegos de los Medias Rojas desde los tiempos de sus paisanos David Ortiz y Pedro Martínez, no se arrepiente de haber renunciado a la posibilidad de, como ellos, haber apostado a las Grandes Ligas de Béisbol.

"Estoy feliz en el baloncesto. Aquí no me da el sol", concluye.