Ricardo Ramón Jarne, doctor en Historia del Arte y gestor cultural

Este año 2018 he decidido recuperar a Bryce Echenique, creo que es un gran escritor, de una profunda inteligencia y un sentido común y del humor muy poco habitual. Estos días mientras leía con deleite, en la selva de Tarapoto, "Permiso para vivir", me di cuenta que había unos monos en un árbol cercano que requerían mi atención y me decían con la cabeza que sí, que sí, que hay que reivindicar a Echenique; movían la cabeza todos al unísono haciendo el signo afirmativo de que sí, que sí, que sí. Esos monos inteligentes, chillaban, dando saltos de indignación, y gritaban: "que un país que libera a Fujimori, no puede tener a Bryce preso de unos cuantos plagios a artículos y a escritores, eso sí con punto y coma, que, en general, no le llegan ni a la altura del betún".

Plagiar a escritores mejores que tú es una falta grave, pero plagiar por descuido, necesidad económica, alcoholismo, dejadez o lo que fuera, artículos alimenticios a escritores muy inferiores a ti, tiene un periodo de castigo que se acaba este año 2018. Ahora Bryce, después de pagar las culpas, ya se vuelve a merecer el Cervantes, el Nobel y lo que haga falta. Es un escritor como la copa de un pino, sus grandes obras, “Un mundo para Julius”, “La vida exagerada de Martín Romaña”, “No me esperes en abril”, casi todos sus cuentos, son difícilmente superables, además nos confirman a un autor de una indudable originalidad, con un mundo propio y con un estilo que sólo es suyo. Culto hasta el exceso y lector de todo lo bueno que se puede leer; un escritor que reconoce como maestros a Julio Ramón Ribeyro, Julio Cortázar, Manuel Puig, Cesar Vallejo y que, con esas fuentes maravillosas y potentes que influenciaron a numerosos autores que quisieron copiarlos o simplemente parecerse, crea obras completamente diferentes a todos ellos y esencialmente originales y perfectas. Todo ello hace de Bryce un auténtico maestro.

En “Permiso para sentir”, el segundo volumen de sus “Antimemorias”, nos cuenta como fueron sus primeros pasos en la escritura, como pierde sus primeros originales y como son sus primeros encuentros en París con Vargas Llosa, Cortázar y Ribeyro, y todos sus intentos para demostrar que no era un farsante, que podía hacer una obra digna del reconocimiento de sus admirados conocidos. Esta lucha por reivindicarse, ya desde sus comienzos, ante su imagen típica de elegante “flaneur”, de diletante, de su estudiada o casual desubicación entre sus ires y venires, es una constante en su vida-obra. Como dijo Julián Barnes, citado por el propio Bryce: “Para un escritor, no hay mejor clase de vida que la que le ayuda a escribir los mejores libros”. ¿Será esta vida última de nuestro autor la propicia para escribir sus mejoras obras? ¿nos cabe esperar un libro magnífico tras este periodo de ostracismo? Ojalá sea que sí.

Mientras tanto repasando “Permiso para sentir”, me río de la sobresaliente y divertida descripción de los borgenianos de segunda, que son capaces de citar a Borges (otro ilustre acusado) lo mismo para desmontar a Goya que para alabar las excelentes cualidades de limpieza de un detergente. Esos borgenianos que sólo tienen en la boca la palabra Borges, que la usan, abusan y muchas veces la inventan, y que han hecho tanto daño al gran escritor porteño como los abogados de su viuda, esos si se merecen años de castigo y silencio. Pero eso es otro cantar, estamos hablando de Bryce, y sobre todo de su enorme sentido del humor. Según Bryce,”ni Homero ni Virgilio conocieron el humor; Ariosto parece presentirlo, pero el humor no toma forma hasta Cervantes, el humor es la gran invención del espíritu moderno”.

Ese Bryce que tenía un abuelo materno que era capaz de cambiarse tres veces la dentadura postiza en una cena de palacio, sin que nadie se diera cuenta, aduciendo: “Yo siempre he tenido problemas con lo postizo”, heredó de él ese desprecio por lo artificioso. Su escritura surge lo más natural posible, sin imposturas, todo lo que ocurre, hasta lo más increíble y alucinante, se muestra de la manera más clara y trasparente. Las insinuaciones son todo menos leves, el adjetivo define mas que el nombre y, sobre todo, la ironía: “la ironía es la sonrisa de la razón, digámoslo así, y creo que, con eso, pues, me he sabido reír de mí mismo viéndome como escritor”.

No es justo que un asesino, un traficante, un violador, un terrorista, cumpla su condena y pueda irse tranquilamente a vivir a su pueblo, mientras que la condena a un artista, con un delito mínimo, dure toda la eternidad. Hay muchos ejemplos desgraciados de esta afirmación, y lo que es peor, muchas veces estas injusticias son propagadas y alentadas por los propios artistas, por los propios escritores, sus propios compañeros de profesión, que de esa manera se quitan un contrincante para la soñada posteridad. ¡Que ridículos!

Aunque no se pueden comparar porque los de Fujimori son crímenes contra la humanidad y los de Bryce solo le han perjudicado a él, y les han dado una propaganda beneficiosa e inusitada a sus víctimas, estoy, por supuesto, en contra del indulto a Fujimori y a favor, totalmente, del indulto a Alfredo Bryce Echenique.

Querido Alfredo este 2018 voy a disfrutar releyendo todas tus novelas, cuentos y memorias y os recomiendo a todos hacer lo mismo, os lo vais a pasar muy bien. Feliz lectura.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.