Ernesto Samper Pizano, expresidente de Colombia (1994-1998) y ex secretario general de UNASUR

La ‘era Trump’ no puede compararse con ninguna de las que han vivido América Latina y Estados Unidos en los últimos cincuenta años. Falta algo más de un mes para el primer aniversario (20 de enero de 2018) de la toma de posesión de este inefable republicano y la Casa Blanca no tiene una política para con la Región: sí tiene, contra ella, anuncios y medidas sobre cuestiones tan sensibles como el libre comercio, los migrantes, Cuba, la paz de Colombia, el cambio climático, Venezuela, México o Puerto Rico.

Esta actitud agresiva, cuando no esquizofrénica, ha creado nuevas tensiones en la región y despertado viejos resentimientos antiamericanos.

La irrupción de Trump en el escenario internacional ha puesto de nuevo sobre el tapete los peligros que ya vivimos intensamente durante la guerra fría y que parecen anunciar un nuevo empujón a la hegemonía internacional de Estados Unidos.

Este cambio puede ser más doloroso si tenemos en cuenta que, desde hace algunos años, Washington maneja ciertos temas de su política internacional –las drogas, el terrorismo o las relaciones con Cuba– como si de asuntos nacionales se tratara.

Es cosa sabida: cuando Estados Unidos quiere hacer literalmente lo que quiere apela a la “seguridad nacional”. Si la revolucionaria francesa (girondina, eso sí) Madame Roland (1754-1793) hubiera vivido en EEUU y no en la Francia de Robespierre, antes de ser guillotinada, habría dicho “¡Oh, Seguridad Nacional: cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”.

Quedémonos un segundo en el siglo XVIII. Fue un contemporáneo de Mme. Roland, el presidente James Monroe (1758-1831), quien formuló su famosa doctrina: “América, para los americanos” (léase Estados Unidos y estadounidenses).

Entendamos, grosso modo, que Monroe se despegaba entonces de las potencias europeas; algunos de sus sucesores hicieron con América Latina tres cosas: intervenir con la fuerza de las armas; luego, desentenderse, y, por fin, hacer como que se desentienden pero interviniendo con la fuerza de la política y de la economía.

Volvamos, pues, a las cuestiones que EEUU considera de interés nacional en la medida en que, según su lógica, afectan a importantes nichos de opinión como el Congreso, las universidades, los centros de pensamiento de los partidos políticos y las asociaciones empresariales? Son asuntos que se han vuelto “intermésticos”, en feliz expresión del respetado profesor Abraham Lowenthal (Brookings Institution, Inter-American Dialogue).

En el gobierno de “America First” (Estados Unidos primero), todos los asuntos que interesan a América Latina –como la ampliación del comercio, la sustentabilidad del medio ambiente o la protección de los migrantes latinos– se han vuelto parte de la agenda nacional. Y son importantes porque forman parte de su estrategia internacional de relacionamiento con el mundo para defender, a través de una agenda exterior egoísta, los intereses de su país frente al (mejor, en contra del) mundo.

Con el 50 % del poderío militar global, los Estados Unidos pueden hoy, al imponer sus pretensiones hegemónicas, desestabilizar el precario equilibrio mundial.

El desafío a la OTAN, la suspensión del Tratado de Integración del Pacifico, el abandono de los compromisos en materia de cambio climático de París, el rechazo indiscriminado de la población de origen islámico, el matonismo frente a Corea del Norte (intolerable la actitud de Pionyang), o la más reciente decisión de salirse del Convenio Mundial de Protección de los Migrantes por considerarlo “incompatible” con sus políticas internas. Todos estos gestos agresivos de la ya no tan nueva Administración serían menos preocupantes si detrás de ellos no se encontrara el poder disuasivo del arsenal militar norteamericano y la vecindad de América Latina, situada ésta en la mira de una confrontación global.

El “Estados Unidos primero” va en contravía de los nuevos esquemas de relacionamiento global a través de bloques regionales.

Mientras esto sucede, China está llenando el vacío de liderazgo al caminar en dirección opuesta a la del polémico Trump. Si en 1992 EEUU producía el 26 % del PIB mundial y China el 5 %, hoy, veinticinco años después, China genera el 18 % del PIB y el coloso norteamericano se queda en el 16 %.

Como señala el economista de Harvard Jeffrey Sachs, Estados Unidos sigue siendo muy rico pero ya no manda. Esta competencia de liderazgo global con China no es la misma que las disputas de liderazgo que vivieron y ganaron los EEUU contra Alemania, Francia y Japón después de la Segunda Guerra Mundial.

China está, pues, ocupando el espacio de liderazgo narcisista que deja Trump en materias como el libre comercio, el calentamiento global, la construcción de infraestructura para el desarrollo o el mantenimiento del sistema de Naciones Unidas. “Nosotros –dijo recientemente el Presidente chino Xi Jingping– no debemos echarnos la culpa a nosotros mismos, maldecir a otros, perder la confianza o huir de nuestras responsabilidades”.

Y dejó claro que China jamás invadirá a otro país porque no tiene socios sino amigos, algo que suena a música celestial en América Latina. Veremos si “el sueño americano” no se convierte, antes pronto que tarde y Donald Trump mediante, en el sueño chino”.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.