Ignacio José García Sánchez, subdirector del IEEE

Fiel a su cita, el Foro Económico Mundial (FEM) publicó en enero de este año su 13º informe sobre riesgos globales, un documento que pretende encontrar una síntesis entre realismo e idealismo, en una sincrética combinación que permita enfrentarse con garantías a los desafíos globales.

Según el informe, los riesgos de mayor impacto y probabilidad son los medioambientales, con los fenómenos metereológicos extremos en su vértice más peligroso. Pero también son importantes las consecuencias que en sí pueden provocar. La crisis del agua y las sequías tendrían como resultado migraciones masivas con graves problemas, tanto para los países de origen como de acogida.

A continuación tenemos la proliferación de armas de destrucción masiva, un riesgo de menor probabilidad pero de enorme peligrosidad, y, en menor grado, las crisis alimentarias, las pandemias y las fracturas a la información y a las infraestructuras críticas. También en el ámbito tecnológico se destacan los ciberataques y los conflictos interestatales con consecuencias regionales dentro del ámbito geopolítico.

Una de las conclusiones más destacadas del Informe es la disminución de los riesgos económicos. En este sentido continúa la recuperación económica y cada vez hay más signos de un crecimiento mundial sólido y de carácter global.

Sin embargo, el último Informe Mundial sobre Salarios muestra que mientras se afianza el crecimiento económico los sueldos se deterioraron drásticamente a partir de 2008, con una ligera recuperación en 2010 y una posterior desaceleración que llega hasta nuestros días.

En síntesis, mientras se aprecia una redistribución de la riqueza a nivel global, la tendencia en el ámbito doméstico es la opuesta, con una acumulación de la riqueza en menos manos.

De acuerdo con el FMI durante los últimos treinta años ha aumentado la desigualdad en los salarios en el 53 % de los países, especialmente en las economías más avanzadas, algo preocupante porque estas desigualdades alimentan un creciente malestar y la desconfianza en las instituciones, especialmente las políticas.

Esta quiebra de lo que la ciudadanía considera justo se acrecienta cuando se observa la diferencia entre sexos. Y no solo con respecto a los salarios, también en el acceso a la salud, educación, política y puestos de trabajo, que tiene su más escandalosa expresión en el acoso sexual y en la violencia machista. Con un aspecto muy alarmante: el aumento de menores implicados.

Aunque el análisis sobre el aumento del fenómeno populista tiende a considerarse en clave económica, sus raíces culturales tienen un carácter más profundo y sus fracturas son estructurales y sistémicas y por lo tanto mucho más complicadas de superar.

El descrédito de una clase política, acosada por la corrupción, que se extiende a la Justicia, por el aumento de la percepción de impunidad, está favoreciendo su explotación por grupos radicales en clave identitaria y excluyente.

La polarización social consecuente representa una seria amenaza a la estabilidad social y económica, que se extenderá en el tiempo, y que puede desencadenar conflictos tanto de índole geopolítica como doméstica, auspiciados por líderes poderosos y carismáticos elegidos paradojicamente de manera democrática. Esto refleja una tendencia hacia un aumento del poder personalista y de la volatilidad geopolítica.

En este entorno es preciso reflexionar sobre la trasversalidad de la educación, que abarca todos los ámbitos de la cultura y, en especial, sobre la educación no formal, es decir, la que está al margen de la enseñanza escolar o académica como pueden ser los medios de comunicación, la familia, la vida social y las redes sociales, consideradas como un auténtico pilar formativo.

Como conclusión podemos destacar dos desarrollos actuales como potenciales fuentes de nuevos conflictos o de agravamiento de los ya existentes.

El primero, la intensificación de los nacionalismos y narrativas de carácter hegemónico, que debilitan la posición del Estado y difuminan la estructura de convergencia de los poderes regionales creados alrededor de leyes internacionales e instituciones multinacionales nacidas al final de la Segunda Guerra Mundial.

El segundo son las tensiones sistémicas que provoca el impacto de los desafíos de carácter universal, lo que genera situaciones cada vez más difíciles de gestionar. Un escenario ideal para el crimen organizado, y los grupos transnacionales que se ofrecen al mejor postor, como auténticos mercenarios del espacio virtual.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.