EFEBiarritz (Francia)

Aunque el sol y las temperaturas son los propios del periodo estival, la turística ciudad francesa de Biarritz ha puesto en suspenso por unos días el verano ante el blindaje al que le obliga la cumbre del G7 este fin de semana.

Es pleno agosto y cualquier otro año las callejuelas de este coqueto balneario atlántico en el suroeste de Francia habrían estado llenas de turistas un viernes por la tarde.

Hoy, los bañistas que rebosan la única playa local que sigue abierta, la del Puerto Viejo, regresan a sus casas envueltos en toallas húmedas y con sus acreditaciones colgando del cuello, la única forma de poder llegar al alojamiento sin tener que dar demasiadas explicaciones a la policía.

Los comerciantes lo viven como un drama, los vecinos más optimistas creen que dará relumbrón a la imagen internacional de Biarritz. Pero todos se hacen la misma pregunta: ¿por qué tenía que celebrarse en agosto?

Por cada turista cargado con una cámara de fotos hay dos policías armados hasta los dientes. Las medidas de seguridad son extremas y ello pese a que la llamada contracumbre ha sido desplazada 30 kilómetros, a la frontera entre España y Francia, para alejar lo más posible las protestas.

El pequeño restaurante de crepes y helados "Le coupe faim" goza de una ubicación privilegiada, al final de una de las calles más comerciales de la ciudad y justo delante de la playa. Normalmente cierra sus puertas a las dos de la mañana para atender a los clientes que forman cola a sus puertas. Esta semana, para medianoche ya no queda nadie.

"Agosto para los comerciantes es el mes más gordo del año, es un poco el balón de oxígeno para todo el año (...) Es una pérdida enorme de facturación, todo el mundo se pregunta por qué un G7 en agosto", explica a Efe Michelle Boué, que regenta el local.

La mujer no confía en que el Estado vaya a indemnizar a los comercios afectados, por lo que sus esperanzas se centran en que el Ayuntamiento los compense de alguna forma.

En una medida controvertida, los organizadores han regalado a los cerca de 2.000 periodistas acreditados tarjetas por valor de 75 euros para gastar en los restaurantes de la ciudad. El objetivo confeso es invitarles a descubrir la reputada gastronomía vasca. El no tan confeso: aliviar a los locales por el lucro cesante de estos días.

Las autoridades han dividido la ciudad en zonas de diferente color. La roja, en torno a la Gran Playa -donde se ubica el Hotel du Palais que acogerá la cumbre-, es de imposible acceso a pie a menos que se sea un vecino y se pueda demostrarlo fehacientemente.

El alcalde de la localidad, Michel Veunac, prometió que durante la cumbre Biarritz "no será un búnker y, sobre todo, no será una ciudad muerta". Y sin embargo, pese a cierta animación que persiste en el centro, se asemeja a ambas cosas.

"Esta situación no es muy graciosa cuando estás de vacaciones", reconoce Christelle Lubrano, que ha venido junto a su marido desde Aix en Provence (sureste) para pasar unos días. Pero relativiza las incomodidades, pues en una cumbre del G7 "lo fundamental es la seguridad".

Sentado en un banco junto a la playa y disfrutando de un ajetreo menor que el habitual, el jubilado Jean-Bernard Etcheverry ve todo con plácida distancia.

"Es cierto que (los comerciantes) se verán penalizados, pero no hay que mirar a corto plazo, sino a largo. Y estoy convencido de que habrá beneficios porque la ciudad será todavía más conocida mundialmente. El alcalde hizo bien al aceptar", considera.

Pero la sensación de que el otoño ha irrumpido sin pedir permiso en pleno verano predomina entre quienes viven del turismo. No en vano, el 70 % de la actividad económica de Biarritz está ligada al sector.

"No es el hecho de que se celebre en Biarritz, es que sea en plena temporada estival (...). La ciudad está vacía, las playas cerradas, no estamos acostumbrados a una situación así. Nos preguntamos por qué no se ha hecho en mayo o junio, cuando hace bueno y no afecta tanto a la actividad", protesta Alexandre Bellon, camarero del restaurante Cristal Kfé.

La semana pasada, Bellon sirvió 300 cubiertos al día. Esta semana ha bajado a 50. El viernes ya iba por los 20. Este año, los comercios de Biarritz tendrán que buscar otro mes para hacer su agosto.

Enrique Rubio