EFECaracas

La vida parlamentaria venezolana no tiene forma, ni metafórica ni real, de hemiciclo. Es un esbozo de tríptico en el que cada uno de los paneles muestra una parte de la vida política del país y en el que, como si las bisagras se hubieran oxidado, el contacto entre sus secciones se antoja imposible.

En el centro, la imagen que capta el ojo del mundo al posar la vista sigue siendo la de Juan Guaidó. Sin embargo, desde el 5 de enero y con una breve excepción la escena principal ha cambiado el escenario que lo rodea.

UN PARLAMENTO FUERA DEL PARLAMENTO

Este martes, el equipo de Guaidó tuvo que reproducir la majestad del Palacio Legislativo en un teatro de un municipio, San Antonio de los Altos, que desde luego no luce como la sede original y que constituye uno de los grandes bastiones opositores.

Ya no se reúne la mayoría opositora en la sede de la Asamblea Nacional (AN) porque de allí fueron expulsados a la fuerza en enero, cuando un grupo de diputados disidentes de la oposición con el apoyo de la pequeña bancada oficialista nombraron como presidente a Luis Parra, uno de los hombres que ganaron en los comicios con las banderas del antichavismo y que ahora es difícil ubicar.

Desde entonces, la sede de la AN ha permanecido sitiada por policías y colectivos, nombre con el que se hacen llamar los grupos de civiles armados que salen en defensa del chavismo y que casi nadie duda en considerar como paramilitares.

Tras varios intentos por ingresar, parece que la mayoría opositora ha cejado en su empeño y ahora busca escenarios alternativos.

En ellos, como en el teatro de San Antonio de los Altos, tratan de reproducir las formas propias de un Parlamento aunque hace falta imaginarlo para transformar el escenario.

Eso sí, siguen siendo la mayoría y habitualmente se reúne un centenar de los 167 diputados que componen la AN.

Nada más instalados, es una obsesión delimitar si hay quórum suficiente para la sesión. Al frente se sienta la secretaría de la AN y detrás la Presidencia que encabeza Guaidó, reelegido para ese cargo con el apoyo de 100 parlamentarios.

Al frente, los diputados toman la palabra y discuten tras tocar la campana Guaidó. Debaten propuestas de ley que no son reconocidas por el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), que a su vez no es aceptado por la oposición, y emiten documentos como si se encontraran en la sede de la AN.

El debate brilla por su ausencia: ni bronco ni delicado, simplemente no existe.

Pese a que siguen concitando la atención de propios y extraños y es el Parlamento reconocido por buena parte de la comunidad internacional, sus decisiones no llegan a la realidad de los venezolanos.

EN LA OTRA ESQUINA, EL CHAVISMO

En uno de los laterales del tríptico, izquierdo o derecho a elección de cada quien, está la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), poderosa hace un año y más reforzada que nunca 365 días después.

Compuesta solo por chavistas y no reconocida por buena parte de la comunidad internacional, no tiene fechas programadas de sesión, no se conoce ni un solo artículo de la constitución que debe estar elaborando pero ya tiene asumidas de facto las funciones propias de un Parlamento.

Legisla, recibe al presidente Nicolás Maduro para su discurso anual de balance y hasta decide si se puede levantar o no la inmunidad de diputados.

Las formas se respetan poco. Quienes suben a tomar la palabra se extienden en largos discursos sin réplica, abundan los saludos a "camaradas" y "compañeros", así como las boinas rojas.

Cuando ellos toman el Palacio Legislativo, desaparece la imagen tradicional de Simón Bolívar y aparece la reconstrucción encargada bajo la Presidencia de Hugo Chávez.

Por supuesto, el fundador de la corriente que lleva su nombre también está presente. Un gran retrato suyo acompaña como fondo inamovible las sesiones que preside el número dos del chavismo, Diosdado Cabello: la antítesis de Guaidó.

En dos cosas coinciden AN y ANC, cuando se pide el voto se reclama "la señal de costumbre" unos y otros recurren a levantar la mano y un recuento rápido e innecesario porque no suele haber disensos y, por tanto, tampoco debate.

Como parte de la falta de formalismos, la publicación de las leyes que aprueban se hace de forma imprevisible.

EL ÚLTIMO INVITADO

Esta especie de boxeo con sombras se ha transformado desde enero en una suerte de baile de tres a distancia.

Eso gracias a Parra, que cuenta con el apoyo de los 50 diputados de la bancada chavista y un reducido número de diputados que le granjean el uso de la sede del Parlamento que hasta el propio Maduro le ha reconocido y que va acompañada de una presencia altísima de policías antidisturbios.

La única vez que Parra y Guaidó coincidieron en la plaza en torno a la cual se levanta el Palacio Legislativo desde enero terminó con el primero corriendo para evitar, sin mucho éxito, los golpes de los diputados opositores que le consideran un traidor y aseguran que ha vendido su conciencia.

Parra insiste en sostener un discurso opositor aunque cuenta con el respaldo de los oficialistas y Maduro.

El presidente venezolano, aunque empeñado en subrayar que Parra es opositor a su Gobierno, le ha reconocido como presidente de la AN.

Como las buenas estrellas del rock, siempre contraprograma las sesiones de Guaidó con sesiones en el Parlamento en las que los legisladores chavistas suelen ocupar los asientos que antes eran de los opositores para dar una imagen de lleno en la cámara.

Pese a que en un inicio trataba de mostrar una imagen de institucionalidad y trataba de exhibir el quórum necesario cada vez se le ve más solo y no ha sido capaz de generar una atracción necesaria ni siquiera con el canciller ruso, Serguéi Lavrov, que evitó reunirse con él en una reciente visita a Caracas.

Es el reto de las cortes, la pesadilla y el sueño de la democracia y un desafío hasta a la semántica de la que germinó el Parlamento.

Gonzalo Domínguez Loeda