EFELa Laguna (La Palma, España)

La casa de Pedro es una de cientos en el municipio de Los Llanos de Aridane: una construcción humilde en una finca con más sitio para los plátanos que para la familia, porque probablemente hace 40 años solo era un cuarto de labranza que, con el tiempo, fue sumando habitaciones y al que le creció una segunda planta el día que llegaron los hijos. Como tantas otras que se ha llevado la lava.

Pedro las ve desde su azotea. Vive en la localidad de La Laguna y solo tiene que mirar ligeramente al sur, por encima de los invernaderos que están a otro lado de la carretera del pueblo de Tazacorte, allí donde hasta el domingo se erguía el campanario de la iglesia de Todoque. Ese que ya no está y cuya ausencia le recuerda el trauma de tantos conocidos.

La tarde está tranquila. Son las 18.30 del lunes, cuando el volcán parecía haberse tomado el día libre: hace horas que no se oyen explosiones ni hay columnas enormes de ceniza que nublen el horizonte y le inviten a uno a mirar más lejos montaña arriba, hacia El Paso, allí donde la ladera ya se empina hacia la Cumbre Vieja.

"Después de lo de la otra noche, hasta lo he extrañado, fíjese", bromea, pero su esposa, tuerce el gesto. Salta la vista que tiene miedo, que está apesadumbrada. Ambos vivieron hace medio siglo el volcán del Teneguía, pero no es lo mismo. Este ha hecho más daño y no ha terminado. "Es el volcán de las angustias", sentencia ella.

Pedro invita a los dos reporteros que se han parado a su puerta a transmitir de forma apresurada unas fotos del volcán "en calma" a charlar en su azotea; la vista es buena, promete. De noche, se ve hasta la colada que ha sembrado de dolor la isla, porque el resplandor incandescente ilumina de rojo la estampa. Ahora solo se intuye, pero es evidente: solo hay que mirar el rastro del humo.

Para subir a la azotea hay que cruzar la platanera. Ha sido la vida de este palmero y se le nota orgulloso. Sin embargo, estos días el fruto está lleno de cenizas. Habrá que lavarlo con un chorro de agua, para que la escoria volcánica no arañe el plátano y confiar en que se seque sin estropearlo. Luego, tocará esperar a ver que pasa, porque le han comentado que en alguna cooperativa platanera de Los Llanos ya están empezando a mandar al personal a casa, aplicando un Expediente de Regulación Temporal de Empleo. Pinta mal.

Pedro y su esposa ya no viven ahí. Tiene un apartamento mucho más cómodo en Puerto Naos, en la zona turística, con más comodidades que echan de menos. Desde hace días no pueden llegar a él sino dando la vuelta a media isla, porque la carretera entre ambos puntos está cortada: se teme que tarde o temprano la sobrepasará la lava.

Al grupo de la azotea se suma, Nieves, la hija, en cuanto se oyen de nuevo las primeras explosiones. Al rato, señala al horizonte: se empieza a formar de forma tenue otra colada de lava, que en menos de 30 minutos se ha convertido en un río furioso de fuego, porque el volcán vuelve a ser explosivo. Y escupe roca fundida a borbotones.

"Dios quiera que baje por el mismo sitio", musita Pedro. "Que por lo menos se salven esas otras casitas", se explica.

La vista hipnotiza. Es difícil dejar de mirar a un volcán, sobre todo si te encuentras lejos y tu casa o tu sustento no están en su camino. Resulta temerario decirle eso a quien lo ha perdido todo.

"Todavía hay alguno en la televisión que dice que por qué construimos cerca de un volcán. ¿Dónde vamos a vivir, señor? La isla de La Palma, entera, es un volcán. Todas las Islas Canarias lo son. ¿Y dónde quiere que vivamos, si no?", dice Nieves.

La familia estos días pasa horas en la terraza mirando al volcán. Lo suyo es una mezcla de miedo, compasión por los amigos a los que les espera la ruina e insomnio. Cuando la erupción se pone brava, como el domingo o como sucede de nuevo en las últimas horas, es difícil dormir. El estruendo de las explosiones es un bombardeo permanente que se oye en todo el valle. Te golpea.

¿Cuánto va a durar? Pedro no se deja llevar por ilusiones apresuradas, sabe que el Teneguía estuvo en erupción casi un mes. A este volcán de las angustias, aún sin nombre oficial, todavía le queda tiempo, apunta. "Y que no sea como el San Juan (1949), que duró más y salió por otro sitio después de parar", advierte.

José María Rodríguez