EFEIzalco (El Salvador)

Con una ceremonia ancestral y un grito unificado exigiendo justicia, miembros de los pueblos originarios del occidente de El Salvador recordaron hoy a las miles de víctimas de la masacre indígena y campesina de 1932, perpetrada por órdenes del dictador Maximiliano Hernández Martínez (1935-1944).

Las ruinas de la iglesia La Asunción, conocidas como El Llanito, del municipio de Izalco (oeste), fueron el escenario donde se concentraron al menos 100 indígenas de cinco localidades golpeadas por la represión de Hernández Martínez.

En este lugar, donde fueron enterrados la gran mayoría de indígenas asesinados, los asistentes adoraron a la madre tierra, al viento y al sol, y recordaron la memoria de los caídos, quienes se opusieron al robo de sus tierras y defendieron la dignidad de sus familias.

La matanza se dio tras una insurrección popular, encabezada por indígenas y campesinos, suscitada en rechazo a una reforma que los despojó de sus tierras comunales y a un fraude electoral.

Margarita Guillén, miembro de la Alcaldía del Común de Izalco (organismo de autoridad de la Comunidad Indígena de la localidad) y asistente a la actividad, explicó a Efe que conmemorar esta fecha significa "no olvidar de dónde" vienen y "recordarle a toda la sociedad" que su "lucha continúa en medio de tanta adversidad".

"Conmemoramos esta fecha pidiendo para nuestros abuelos masacrados, (...) ellos no eran comunistas, eran personas que vivían unidas, que compartían su comida y sus tierras para sembrar", manifestó la mujer.

Por su parte, el alcalde del Común de Izalco, Rafael Latín, señaló a Efe que esta actividad también representa un compromiso de parte de los pueblos originarios del occidente del país para mantener viva la memoria de los masacrados y para "hacerle sentir a los ancestros" que no los han olvidado.

Latín lamentó que tras 86 años de la matanza, los pueblos indígenas de El Salvador "sigan marginados y que sus derechos continúen siendo vulnerados", a pesar que en julio de 2014 el Congreso salvadoreño ratificó una reforma constitucional que reconoce su existencia.

En esta misma corriente, el joven salvadoreño Ever Paula pidió al Gobierno y a la población salvadoreña que "reconozcan el legado de los pueblos indígenas y que no traten de callar a este sector de la sociedad que lo único que pide es reconocimiento".

"Como joven he tomado las riendas de nuestros antepasados y recuerdo la memoria de todos aquellos que fueron asesinados sin motivo alguno, de todos aquellos a quienes se les ha violado sus derechos y de todos aquellos a quienes les han callado su voz", afirmó Paula, quien es originario de la localidad de Juayúa (occidente).

A 86 años del genocidio indígena y campesino, que se cobró la vida de entre 25.000 y 30.000 personas, las voces de Guillén, Latín y Paula se alzaron para exigir justicia y pedir al Estado salvadoreño que se comprometa a investigar este caso "para que la muerte de los ancestros no quede impune".

Asimismo, instaron a la sociedad salvadoreña, especialmente a los jóvenes, a respetar los derechos de los pueblos originarios y reconocer el legado que estos transmiten.

El pueblo de Izalco recuerda cada 22 de enero los acontecimientos de 1932. La celebración de este año también contempló una caminata por los municipios del occidente del país que sufrieron la represión militar.

La caminata comenzó el pasado miércoles y recorrió las principales calles de las localidades de Tacuba, Ahuachapán, Ataco, Apaneca, Salcoatitán, Nahuizalco e Izalco, todas del departamento de Sonsonate (occidente).

Entre enero y febrero de 1932, el general Maximiliano Hernández Martínez aplastó una insurrección indígena y campesina causando entre 25.000 y 32.000 muertos, según diversas fuentes.

La Dirección General de Estadísticas y Censos de El Salvador (Digestyc) reveló, en un estudió realizado en 2007, que en el país centroamericano hay alrededor de un millón de indígenas que representan el 17 % de la población.

Los pueblos indígenas de El Salvador incluyen a los náhuas, pipiles, lencas, kakawiras y maya chortís.

Sara Acosta