EFESao Paulo

Abandonadas a su suerte por los poderes públicos desde sus orígenes, las mayores favelas de Brasil se han visto obligadas a contratar ambulancias, fabricar sus propias máscaras y crear toda una red solidaria para hacer frente a una crisis del COVID-19 que se prevé "demoledora".

En Paraisópolis, la segunda barriada más grande de Sao Paulo, se han aferrado a la autogestión para evitar que la pandemia penetre en los sinuosos laberintos de casas de ladrillo desnudo que concentran a unas 100.000 personas en condiciones más que precarias.

Algo tan simple como lavarse las manos, aquí es un quimera para muchos.

Los cortes de agua son habituales desde las 20.00 horas hasta las 06.00 de la mañana del día siguiente, tanto como ver a niños descalzos jugando por la calle o ancianos viviendo en chabolas levantadas con cuatro maderas, suelo de cemento y tejado de uralita.

Las máscaras y el gel desinfectante se han convertido en artículos de lujo. Mientras, los contagios aumentan cada día y, según el Ministerio de Salud, lo peor está por llegar.

Desde el pasado 26 de febrero, cuando se registró el primer caso, Brasil contabiliza 667 muertes y casi 14.000 contagios, con Sao Paulo como la región más golpeada y donde rige una cuarentena decretada por el Gobierno regional, con todos los comercios cerrados, salvo los esenciales, hasta el 22 de abril.

"PRESIDENTES DE CALLE" PARA ALERTAR

Ante la falta de las autoridades públicas, algunas de las principales favelas de Brasil, donde malviven 13 millones de personas, el 6 % de la población del país, han creado la figura del "presidente de calle".

Se trata de un vecino voluntario que se encarga de vigilar y dar apoyo a las 50 familias de su entorno más próximo.

Ellos son los encargados de dar la voz de alarma si algunos de los vecinos de su zona presenta síntomas del COVID-19, enfermedad desencadenada por el coronavirus, y alertar, en el caso de Paraisópolis, al equipo médico contratado.

Porque en Paraisópolis raras veces llega a tiempo el Servicio de Atención Medica de Emergencias (SAMUR). Muchas veces se pierden entre el nido de calles estrechas que vertebran esta favela, escoltada en el horizonte por los lujosos apartamentos del barrio de Morumbí y con un fuerte poder del narcotráfico.

Por esta razón, han alquilado tres ambulancias, una de ellas de cuidados intensivos (UCI), y un equipo con siete profesionales, gracias a una campaña virtual de donaciones que ya ha recolectado 263.000 reales (unos 52.500 dólares).

"Decidimos contratar esas ambulancias porque el servicio del SAMUR en Paraisópolis es muy complicado, tarda mucho y a veces no llega. Y en un momento de un socorro, las personas van a morir esperando", explica a Efe Gilson Rodrigues, presidente de la Unión de Vecinos y Comerciantes de Paraisópolis.

"EL LUGAR MÁS PELIGROSO"

Ricardo Vieira, de 41 años, es uno de los médicos que 'patrullan' estos días las calles de la comunidad. Acaban de recibir la llamada de una "presidenta de calle" que les ha dicho que un joven, Felipe Camargo, lleva varios días con insuficiencia respiratoria.

Acuden a su casa en pocos minutos. Le toman la temperatura, le miden las constantes vitales y, al no presentar fiebre, le recomiendan que se pase por la ambulancia UCI para suministrarle oxígeno durante unos minutos.

En dos semanas de servicio, los médicos han detectado diez casos de COVID-19 y constatado cuatro muertes sospechosas por la enfermedad. También han puesto en cuarentena a unas 70 personas con algún síntoma a la espera del resultado de la prueba.

"La favela es el lugar más peligroso porque las casas están muy juntas, no hay espacio, ni ventilación. Uno entra en una casa que es 3x4 con ocho, nueve personas" y "la probabilidad de contagio es bien grande", comenta a Efe Vieira.

Sin embargo, los líderes vecinales no saben por cuánto tiempo podrán mantener esa estructura sanitaria, pues su costo diario es de 5.000 reales (1.000 dólares).

En otro frente de batalla, la Asociación de Mujeres de Paraisópolis también contribuirá a la causa con la confección de 50.000 máscaras que distribuirán las próximas semanas.

COMIDA PUERTA A PUERTA

El discurso de las recomendaciones sanitarias "es muy bonito en la televisión, pero la realidad de la periferia es otra", explica a Efe Juliana da Costa, de 34 años, mientras prepara una de las casi 1.500 comidas que reparten a diario para los vecinos de Paraisópolis más vulnerables, como Celia da Costa.

"Desde que comenzaron a salir las noticias en la televisión, paré con miedo de caer enferma y contagiar a mis hijos", dice esta recolectora de basura de 40 años.

Su marido también ha parado de trabajar en el mercado informal como electricista o fontanero. Tienen cinco hijos a su cargo y ahora ningún ingreso. Vivían al día y ahora dependen de las ayudas para comer porque el patógeno avanza y su nevera se vacía.

Según un sondeo realizado en conjunto por el Instituto Locomotiva y Data Favela, casi el 60 % de los habitantes de favela solo tienen alimentos por una semana si se mantiene el confinamiento.

La distribución de alimentos, como la creación de los "presidentes de calle", forma parte de un plan independiente que han elaborado asociaciones vecinales de Paraisópolis y que también se ha puesto en marcha en otras favelas de Sao Paulo y en Río de Janeiro.

Lo han llamado "programa de socorro" porque "el impacto del coronavirus en las favelas" prevén que será "demoledor", según Rodrigues.

RESISTENCIA AL AISLAMIENTO

No obstante, muchos vecinos de Paraisópolis aún se resisten a cumplir con el aislamiento recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Las calles, de hecho, continúan con su habitual ebullición.

"El coronavirus aún es un algo distante", lamenta Rodrigues.

Y más, según él, después de que el presidente de Brasil, el ultraderechista Jair Bolsonaro, hiciera un pronunciamiento en red nacional calificando al COVID-19 de "gripecita" y defendiendo el regreso al trabajo para no frenar la economía.

"Después del pronunciamiento, algunas personas volvieron a la calle y algunos comercios reabrieron. Desgraciadamente influyó", valora.

Carlos Meneses Sánchez