EFEWashington

La hondureña Laura Zúñiga reconoce en una entrevista con Efe que ser una de las hijas de la líder ecologista Berta Cáceres es un "compromiso a veces difícil de llevar", pero también una "oportunidad" para alzar la voz ante los asesinatos de otros activistas.

"Ser la hija de Berta Cáceres son varias cosas, es un compromiso, es un compromiso a veces difícil de llevar porque no lo llevas solo con el compromiso hacia tu madre, sino de estar a la altura de la madre que tenemos, entonces suele haber bastante exigencia propia", reflexiona.

Laura tiene 26 años, el semblante lleno de luz y bebe café con doble ración de azúcar en una de las salas de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en Washington.

Ante la CIDH reclamó justicia y pidió que se condene a los "autores intelectuales" del asesinato de su madre, es decir, a los dueños de la empresa DESA (Desarrollos energéticos), que presuntamente mataron a Berta por su oposición a la presa de Agua Zarca cerca del río Gualcarque, sagrado para los indígenas.

Laura y sus tres hermanos crecieron en un "ambiente diferente", sabiendo que defender un río o un valle podía costar la vida.

"La verdad, yo me hago cargo de la madre que tuve. Y decir que soy la hija de Berta Cáceres significa hacerme cargo constantemente de lo que pasó con Berta Cáceres, de ese dolor, de ese choque, de la destrucción y de todo lo que significó el asesinato de mi mami", explica.

"Me hago cargo también -añade- de ser, no solo la hija de mi mami, sino de ser una de las tantas hijas que vivieron el asesinato de sus madres o padres. Yo tengo la posibilidad, no sé si el beneficio, pero sí la oportunidad de contarlo. Y eso no lo tienen muchas hijas o hijos".

Berta Cáceres hizo de la lucha por los derechos de los indígenas lencas su modo de vida. Un año antes de su muerte recibió el Goldman Environmental Prize, el Nobel verde, y, aunque las amenazas eran constantes, pocos pensaban que se atreverían a matar a una figura tan conocida.

Pero, lo hicieron y, ahora, hay siete personas condenadas por su asesinato, incluidos los tres sicarios que dispararon contra Cáceres, dos exmilitares y dos trabajadores vinculados con DESA.

Laura asegura que, en las semanas previas a ese fallo, que se produjo el 29 de noviembre, ha habido un "incremento" de la violencia contra ella, contra su familia y contra los miembros del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (Copinh), que dirigía la ambientalista.

"Hemos visto amenazas de muerte, agresiones, destrucción de cultivos, amenazas a mi familia, persecuciones. Y, paralelamente a eso, una campaña de desprestigio y odio contra las personas del Copinh y las personas que luchamos por los derechos del pueblo lenca", denuncia.

En internet, explica, hay troles que cuelgan videos difamándola a ella y al Copinh, diciendo que se aprovecha de la fama de su madre para pasearse por el mundo y desprestigiar a Honduras.

Los insultos que más le molestan, admite, son los que tienen que ver con su condición de mujer, cuando la llaman "puta".

"Yo creo -dice- que una de las cosas que vimos con el asesinato de mi mami es que nuestra vida personal, nuestra sexualidad, nuestros sentimientos, todo eso puede ser utilizado para atacar nuestra figura, incluso para deslegitimarnos. Y creo que eso es muy fuerte, no lo vemos tanto en los hombres".

En un primer momento, las autoridades hondureñas consideraron que la muerte de Berta era un "crimen pasional" y lo atribuyeron a su excompañero sentimental Gustavo Castro.

Han pasado tres años desde su muerte y Laura no deja que los insultos la paren: defiende con ímpetu su causa, la de su madre y la de los indígenas lencas.

"De mi mami, de mi abuela, aprendí a crear los mecanismos que hoy me permiten a mí tener la posibilidad de elegir mi camino, de lo que quiero en la vida. Las mujeres defensoras de la tierra tenemos una resistencia, una capacidad de construir y tejer desde otro lugar que nos da mucha sabiduría y que nos apega a la Madre Tierra".

Beatriz Pascual Macías