EFEAntigua (Guatemala)

En la ciudad colonial y turística de Antigua Guatemala, en una de sus empedradas avenidas junto al río Pensativo, un centro cultural promovido por un punk, un cineasta y un artista visual combate el hambre creciente derivada de la pandemia del coronavirus.

Con la finalidad de ayudar a la comunidad "oculta" de la visitada Antigua y sus fascinantes alrededores, donde vive una diversidad de personas en extrema necesidad dada la falta de turismo y atención gubernamental, el centro cultural Casa del Río recibe diariamente a unas 300 personas con almuerzos calientes y reparte bolsas de alimentos semanalmente.

Organizados con una precisión digna de subrayarse, con un estricto dispositivo de limpieza de alcohol líquido rociado al cuerpo y amoniaco disuelto para las suelas de zapatos, los voluntarios, colaboradores y organizadores del centro sitúan con "sana distancia" a los comensales en tres filas distintas: madres solteras, personas de la tercera edad e indigentes.

Cada plato, que varía según las donaciones recibidas por el centro cultural y que incluye un tipo de carne, verduras y carbohidratos hechos en el momento, es colocado sobre un banco en el cual las personas necesitadas lo toman y proceden a comerlo en las cercanías, desinfectadas por el personal del sitio.

OLLAS Y BANDERAS

Uno de los promotores del centro cultural, el músico Mario Alberto López, integrante del grupo de punk Rosa Atómica, cuenta a Efe que desde que la pandemia del COVID-19 comenzó a causar estragos en la economía a finales de marzo, derivado de la cuarentena y la caída del turismo en lugares míticos como Antigua, Casa del Río se preocupó por atender a esos grupos "olvidados" de la colonial urbe.

"Teníamos la intención de ayudar y decidimos crear el colectivo Banderas Blancas Sacatepéquez. Con total independencia y autonomía hemos ido apoyando a las familias necesitadas de la Antigua, a los chicleros (vendedores de dulces), a los lustradores, a los indigentes y las familias y viejitos (tercera edad)", enfatiza López.

Tan pronto se cerró el país, se suspendió el transporte público y se instauró un toque de queda parcial vespertino en marzo, los guatemaltecos más necesitados comenzaron a colocar banderas blancas fuera de sus casas como símbolo de falta de víveres y alimentos y también salieron a la calle con estas mantas a pedir a la gente cualquier tipo de apoyo.

Los artistas del centro cultural convocaron a otros aliados, investigadores, organizaciones solidarias y vecinos que donaban una o dos libras de azúcar, harina, frijol o lo que tuvieran a su alcance e instauraron el colectivo para ir hacia las casas y vecindades detectadas que tenían mayor urgencia a la redonda.

"Casa del Río no maneja fondos para esta temática. Entre nosotros, de nuestro bolsillo, pagamos la renta del local, la luz, la cocina y vamos organizando las donaciones anónimas en especie sin promover ninguna figura política", subraya el músico.

Adicional al reparto de víveres a los alrededores, los artistas se sumaron a principios de mayo al proyecto La Olla Comunitaria, para la preparación y entrega de alimentos calientes a los ciudadanos olvidados por el Gobierno y que a la fecha cuenta con sedes en Ciudad de Guatemala y en las ciudades del interior: Petén, San Juan Chamelco y Cobán (al norte); Quetzaltenango, Santiago Atitlán y Quiché (al oeste); y Escuintla (al sur); además de Santa Tecla, en El Salvador.

En La Casa del Río la gente ha comido desde arroz chino con pollo y verduras con un agua fresca de flor de jamaica y un bollo de pan recién salido del horno, hasta platillos típicos como el jocón (pollo en salsa verde) o carne guisada o pepián -quizá el plato nacional por excelencia además del mítico tamal-.

UNA AVALANCHA SOLIDARIA

Eva Sicán, una cocinera que lleva 20 años elaborando comida para los antigüeños y trabaja en Casa del Río en los eventos culturales, cuenta a Efe que comenzaron preparando 20 platos para la gente y, tan pronto se corrió la voz, sumaron por decenas y cientos las bocas que alimentar hasta llegar a un máximo diario de 350, aunque reconoce que el promedio oscila entre los 250 y 300 personas.

Uno de los asiduos visitantes a la hora del almuerzo es un japonés que se identifica como Toshi, un pianista que lo perdió todo en un robo reciente que sufrió a su casa y que por la crisis se quedó sin trabajo como tallerista en una escuela para maestros de música. A Toshi tampoco lo siguieron contratando para dar clases privadas debido al COVID-19, que ya le ha causado la muerte a 90 personas en Guatemala.

"No tengo nada. En este momento el piano no es prioridad para la gente y mis reservas de alimento en casa ya están así", describe el japonés a Efe mientras hace un gesto con las manos abiertas que simulan un paquete que se ha reducido drásticamente.

Este "acto de amor", como define a la entrega de comida la cocinera Eva Sicán, es también una "oportunidad de generar desarrollo comunitario" y hasta "huertos comunitarios para una mejor alimentación", como asiente Mario Alberto, el músico punk que también se pregunta qué será de la escena "underground" a la que pertenece cuando llegue la "nueva normalidad".

Cada día, observa el artista, "está más complicado y hay más estrés en las calles. La gente está muy asustada", dice sobre un país con el 60 por ciento de personas en la pobreza y uno de cada dos menores con desnutrición aguda, según cifras oficiales y de organismos internacionales.

Emiliano Castro Sáenz