EFEValparaíso (Chile)

El poeta Pablo Neruda decía que Valparaíso era un "puerto loco" y "desgreñado", al que la vida sorprendía siempre a medio vestir y que usaba la alegría como ancla. Hoy, la ciudad más pintoresca de Chile, antigua cuna del comercio marítimo y la bohemia, se ahoga entre pobreza y coronavirus.

"Se tiene una imagen errónea de lo que es 'Valpo' porque somos Patrimonio de la Humanidad, pero estamos botados a nuestra suerte", asegura a Efe Gonzalo Evaristo.

Sin trabajo y con unos pocos ahorros, Evaristo abrió su panadería hace apenas unos meses, cuando el coronavirus aún no había salido de China y Valparaíso se recuperaba de las graves protestas que estallaron en octubre en Chile.

"Creo que era el único que en febrero buscaba locales para arrendar. Muchos negocios fueron saqueados y quebraron. La panadería nació y se está criando en la adversidad", bromea.

Con 315.000 habitantes, Valparaíso es uno de los principales focos del coronavirus en Chile, donde la pandemia parece no tener freno y hay más de 220.600 contagios y 3.615 muertes.

Según el centro de estudios Espacio Público, los casos crecieron en Valparaíso un 121 % la última semana de mayo, lo que obligó al Gobierno a decretar el viernes pasado el confinamiento. El 16 de junio, el balance era de 1.322 infectados y 20 fallecidos.

Los expertos temen que la pandemia agudice la situación en la que viven muchos porteños, con trabajos informales y viviendas precarias, sin agua corriente ni calefacción.

Se estima que el 19,5 % de la región a la que pertenece Valparaíso sufre pobreza multidimensional y que en la propia urbe hay 55.000 familias de gran vulnerabilidad.

"Una emergencia así supone una dificultad para todos, pero aquí tenemos una situación de fragilidad que hace muy complicado quedarse en casa", afirma a Efe el alcalde, el izquierdista Jorge Sharp.

HISTORIA DE UN DECLIVE

Apoyado en la barandilla del Muelle Prat, Patricio Puyó mira cómo su lancha choca contra otros botes. No la arranca desde marzo, cuando el Gobierno cerró las fronteras y huyeron los pocos turistas que se atrevieron a llegar pese al estallido social.

"Los años buenos fueron los 90, cuando los argentinos estaban bien y llegaban muchos cruceros. Desde entonces no levantamos cabeza", lamenta.

Conocida por sus casas multicolores y sus centenarios funiculares que conectan los empinados cerros, Valparaíso fue durante años unos de los puertos más importantes del mundo. Su efervescencia enamoró a Neruda, cuya casa sigue siendo uno de los atractivos de la ciudad, junto a las múltiples tabernas que sirven pescado fresco.

La politóloga Andrea González, del think-tank Chile 21, explica a Efe que el declive de la ciudad no fue inmediato, sino sostenido durante décadas, y comenzó "cuando se inauguró el Canal de Panamá y los barcos dejaron de atravesar el Estrecho de Magallanes".

Varios incendios y terremotos devastadores, la construcción del cercano puerto de San Antonio y la huida de las clases pudientes a Viña del Mar envolvieron a la ciudad -situada a 120 kilómetros de Santiago y sede del Congreso- en una espiral de decadencia, que se aceleró con la reciente crisis social.

Para el edil, el gran problema es que el puerto tributa en Santiago: "Es clave que la riqueza que se genera en la ciudad se quede aquí. Valparaíso ha sufrido la indolencia y el abandono del Estado", agrega.

Las heridas de las protestas, las más grave desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), con una treintena de muertos y miles de heridos, son aún muy visibles.

No hay ni un solo comercio en la antaño concurrida calle Condell que no esté blindado con placas de metal y ni una sola pared libre de pintadas a favor de un modelo económico más inclusivo.

"Yo entiendo a los chilenos. Aquí los suelos son altos, pero cunden muy poco", dice a Efe el dependiente peruano Bryan López.

OLLA COMUNES CONTRA EL HAMBRE

Una pequeña cartulina señala la entrada para la olla común de la población Miguel Lucero, en el problemático cerro Rodelillo. A su lado, otro cartel con el popular emblema de la pandemia: "O nos mata el corona o nos mata el hambre".

"Hoy hemos hecho espaguetis con verduras y ya se han acercado más de un centenar de vecinos para recoger sus raciones", cuenta a Efe Héctor Garay, uno de los organizadores de esta iniciativa vecinal, cada vez más extendida en el puerto y en resto del país y que se financia con donaciones.

El sociólogo de la Universidad de Chile Nicolás Angelcos recuerda que las ollas comunes -una suerte de comedores vecinales- aparecieron en la década de 1920, pero se hicieron muy populares en la crisis de 1982, en plena dictadura.

"Están relacionadas con la autogestión y la solidaridad y son la muestra de la ineficiencia de un modelo de protección social que todavía se resiste a políticas de bienestar de largo alcance", apunta.

El Gobierno chileno ha aprobado un paquete de medidas para los más vulnerables, que incluye subsidios y 2,5 millones de cajas de alimentos, pero muchos denuncian que son "insuficiente".

"Que se prepare (el presidente) Piñera porque el segundo estallido social va a ser más duro", alerta una mujer a la que todos llaman "Tía Sole", mientras remueve los espaguetis que quedan en la cazuela.

María M.Mur