EFEBogotá

Viajar empotrado en la comitiva de un alto mandatario genera a veces un cierto grado de orgullo y siempre un elevado nivel de adrenalina, debido a los ajustados tiempos, las estrictas normas y, en numerosas ocasiones, el desconcierto que puede provocar el visitar varios países en puñado de días.

Con motivo de la primera visita a Suramérica del secretario del Departamento de Defensa de Estados Unidos, James Mattis, el Pentágono invitó a Efe a participar en la gira como parte del selecto grupo de medios invitados a convertirse -por unos días- en miembros de la comitiva que acompaña al general en cada viaje.

Esta es, desde hace años, una tradición que se fundamenta en el deseo de algunos líderes de dotar de una mayor transparencia a sus viajes oficiales, como este que concluye hoy y que ha llevado al jefe del Pentágono a visitar Brasilia, Río de Janeiro, Buenos Aires, Santiago de Chile y Bogotá en solo seis días.

"Queremos asegurarnos de que contamos con tantos periodistas como sea posible", comentó a Efe la portavoz del Departamento de Defensa, Heather Babb, quien en este viaje ejerce de enlace entre los medios y el equipo del secretario.

Babb explicó que en los viajes de Mattis suelen acompañarle apenas ocho periodistas, aunque en algunas ocasiones pueden llegar a ser una docena.

El Gobierno estadounidense incluye siempre en este reducido grupo de medios a un canal de televisión y a una emisora de radio, que han de compartir su información con la competencia -lo que tradicionalmente se conoce en Washington como 'pool'-, una agencia de noticias y otros medios de gran reputación, especialmente interesados en un viaje concreto.

La primera gran impresión que se lleva uno al viajar con el secretario de Defensa la provoca el imponente avión en el que se desplaza.

Conocido como el Air Force E4-B, se trata de un Boeing 747 con más de 40 años de antigüedad y perfectamente adaptado para que el secretario pueda continuar con su rutina diario incluso cuando se encuentra de viaje en algún lejano confín del mundo.

Por este motivo, el aparato cuenta con un despacho oficial, una zona de prensa y, por supuesto, una sala de operaciones, desde la que Mattis podría coordinar incluso un ataque nuclear en caso de ser necesario.

Una vez la delegación toca tierra, los periodistas deben atenerse a dos normas inapelables: no interferir en los actos protocolarios del secretario, tales como una recepción o una despedida oficial, y jamás retrasar a la comitiva.

De esta manera, comienza una sutil danza entre el equipo de comunicación del Pentágono y los reporteros, en la que aquellos intentan ser estrictos sin parecer autoritarios y estos hacen lo imposible por apurar la cobertura hasta el último segundo, a sabiendas de que les tocará recoger los bártulos a toda velocidad.

En caso de que alguno de los periodistas se salte las normas, ya sea de manera voluntaria o no, alguien de la comitiva le llevará a un margen del grupo y le transmitirá la pertinente reprimenda.

Unas veces el periodista vuelve con las orejas gachas y otras, el grupo hace piña frente a lo que se considera una llamada de atención innecesaria.

La agenda del secretario suele estar bien cargada y ajustada al milímetro para no desperdiciar ni un minuto.

Para que todo salga según lo previsto, en sus desplazamientos por la ciudad, la comitiva viaja casi siempre en grupo y acompañada de una escolta que van abriendo paso ante la mirada curiosa, y en ocasiones de desdén, del resto de ciudadanos que se ven obligados a apiñar sus vehículos en los costados de la calzada para dejar el paso franco.

A pesar de la velocidad a la que se desplaza el vehículo, no es extraño ver a los periodistas apiñados en la furgoneta de prensa, aporreando las teclas, editando vídeos o realizando entrevistas por teléfono. La vertiginosa actualidad manda... y la falta de conexión en el avión obliga.

Por ello no es de extrañar que, a pesar de los suntuosos hoteles en los que se aloja la comitiva, sea al llegar al avión cuando los periodistas suspiren aliviados y más de uno llegue incluso a comentar: "estamos en casa".

Rafael Salido