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Cuando se conmemora la primera circunnavegación del orbe a cargo de Magallanes y Elcano, el académico Juan Gil ha editado una selección de textos de "Navegantes olvidados por el Pacífico Norte" que dejan constancia de la otra gran hazaña marítima del XVI, ir de Acapulco a Manila y volver.

"Legazpi. El Tornaviaje" es el título que Gil ha elegido para esta selección de textos de testimonios de los navegantes que lograron establecer una ruta estable entre Filipinas y México, que fueron el precedente del denominado "Galeón de Manila" que efectuó regularmente esa ruta hasta principios del siglo XIX, cuando el tránsito de los barcos españoles fue tan regular que el Pacífico se conocía como "El lago español".

La Biblioteca Castro ha reunido esta selección de textos en un volumen que supera el medio millar de páginas junto a un ensayo de Juan Gil que dan cuenta no sólo de la peripecia marítima sino también de los descubrimientos geográficos y de una aventura humana marcada por las penalidades, las privaciones y las enfermedades, además de la rivalidades como las protagonizadas entre vascos y andaluces.

"La dificultad del tornaviaje desde Manila a Acapulco radicaba en que las corrientes y los monzones hacían el regreso a la Nueva España prácticamente inviable", según explica Juan Gil al señalar que fue el propio Felipe II quien decidió retomar tras varios intentos frustrados.

Felipe II encargó la misión al fraile agustino Andrés de Urdaneta, veterano del Pacífico y gran cosmógrafo y quien entre otras condiciones exigió que el capitán general de la expedición fuese Miguel López de Legazpi, militar y entonces tesorero de la Casa de la Moneda de México.

La expedición salió del puerto mexicano de La Navidad el 21 de noviembre de 1564 y avistó tierras filipinas el 14 de febrero de 1565.

Ya sólo quedaba por delante "el reto del Tornaviaje" o regreso a la Nueva España y el 1 de junio de 1565 partió de Cebú la nao San Pedro abastecida de comida para ocho o nueve meses con doscientos hombres a bordo, entre ellos diez soldados y dos frailes: Urdaneta y fray Andrés de Aguirre.

El capitán fue Felipe de Salcedo, nieto de Legazpi, "un mozo de dieciséis o diecisiete años; el piloto mayor fue el onubense Esteban Rodríguez, de maestre el bilbaíno Martín de Ibarra y de contramaestre Francisco de Astigarribia, quienes rindieron viaje en el puerto de La Navidad el 1 de octubre de 1565 y llegaron al de Acapulco siete días más tarde.

"La tripulación estaba rendida. Apenas había dieciocho hombres que pudiesen trabajar. Habían muerto dieciséis tripulantes, entre ellos el maestre y el piloto mayor, y los demás estaban enfermos", según el relato de Juan Gil.

Entre los "Navegantes olvidados por el Pacífico norte", Gil menciona a Alonso de Arellano y a Lope Martín, capitán y piloto del barco de tipo patache San Lucas y protagonistas de lo que Juan Gil denomina "la última sorpresa", ya que este barco formaba parte de la armada de Legazpi que salió rumbo a Filipinas y que sufrió un motín y se dio por perdida, no obstante lo cual regreso al puerto de La Navidad dos meses antes que la nave de Urdaneta.

O sea, Arellano y Martín "fueron los artífices de este primer regreso a las costas mexicanas, aunque el miedo a ser acusados de deserción les arrebatara las mieles del triunfo".

A partir de 1565, una vez hallado y confirmado el camino de regreso o tornaviaje, se estableció una ruta regular para el comercio de seda, porcelana, algodón, alfombras y especias, entre otras.

Aquella ruta empleaba unos cinco meses para cubrir la distancia entre Acapulco y Manila que dio en conocerse como el "Galeón de Manila", que no cesó hasta 1815, de modo que tras un siglo de intensos descubrimientos, en palabras de Juan Gil, "los navegantes españoles se limitaron a recorrer un camino ya conocido que se convirtió en simple rutina".

Alfredo Valenzuela