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Fue traductora y representante de Alejandro Dumas, amante de Zorrilla, con quien tuvo una hija, amiga de Lamartine y de George Sand, empresaria periodística y protegida del presidente mexicano Porfirio Díaz, pese a lo cual Emilia Serrano García, la baronesa Wilson, cayó en un olvido del que la ha rescatado Pura Fernández con la biografía titulada "365 relojes" (Taurus).

Directora de publicaciones del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Pura Fernández, que ha dirigido numerosos estudios de investigación sobre historia cultural de literatura, ha elegido ese título en alusión a la colección de relojes que hizo la baronesa y que le valió para, vendiéndolos en periodos de dificultades, ir sobreviviendo, además de saber la hora de los muchos países de América y Europa que fue visitando.

PREGUNTA.-- ¿El título de baronesa Wilson es apócrifo por completo?

RESPUESTA.-- Una completa invención que, en un inicio, cuadraba con cierta convención literaria cuando se hacía crónica social o cuentos moralizantes. La idea surgió en París, cuando Emilia Serrano dirigía su revista de modas 'La Caprichosa', y la puso en circulación un amigo para darle glamour y misterio a una joven extranjera que frecuentaba tertulias con figuras como Lamartine o George Sand. Algo tuvo que ver que se asociara con un conocido diplomático y masón, con título también falso, el Barón de Guillemot.

P.-- ¿Se atribuyó otras invenciones?

R.-- En realidad, toda su biografía fue una fabulosa construcción en la que entreveraba elementos reales con el ideal de lo que debería ser una mujer del siglo XIX que aspiraba ser escritora. Al tiempo que defendía la educación y la profesionalización femeninas, que viajaba por Europa y América, era consciente de que la principal amenaza para una mujer era -y es- su consideración moral y su vida privada, de ahí sus falsos matrimonios, por ejemplo.

P.--¿Qué aportó la baronesa a las relaciones de España con las repúblicas latinoamericanas?

R.-- Construyó grandes redes culturales iberoamericanas a través de sus revistas y desarrolló un vasto programa de diplomacia cultural y literaria, difundiendo y defendiendo el pasado arqueológico e histórico de los países americanos y su realidad contemporánea, para combatir la imagen de atraso o de barbarie que pudiera asociarse con ellos. Fomentó la disciplina americanista y las relaciones comerciales y turísticas. Procuró el diálogo entre la antigua metrópoli y las nuevas repúblicas, por lo que vivió situaciones difíciles al defender la independencia de Cuba y de Puerto Rico.

P.-- ¿Cuál sería el rasgo más destacado del carácter de la baronesa?

R.-- La tenacidad, la voluntad, la confianza en sí misma y en sus capacidades. Su lema fue 'Querer es poder'. También destacó por una extraordinaria curiosidad y ambición de conocimiento. Pero el motor de su existencia fue la necesidad de libertad y de ampliar los estrechos márgenes impuestos a las vidas femeninas.

P.-- ¿Hacerse amante de José Zorrilla condicionó su vida?

R.-- La relación de Emilia Serrano con el poeta y dramaturgo más célebre en lengua española supuso una inflexión definitiva en su biografía. Zorrilla, que huía de un matrimonio desgraciado, se había instalado en París para intentar salir de su precaria situación económica. Su intensa vida cultural debió abrir muchas puertas a la inquieta Emilia, además de concienciarla de la necesidad de velar por los derechos de autoría y de familiarizarla con el uso de los seudónimos, pues Zorrilla la ocultaba bajo el nombre de Leila. Pero sobre todo la obligó a fabular una historia personal que ocultara la realidad del nacimiento de su hija Margarita Aurora en 1854.

P.-- ¿Cómo fue su relación con Alejandro Dumas?

R.-- Dumas, a quien conoció a finales de la década de 1850 en París, fue su amigo y consejero. El novelista la distinguió como su traductora y gestora de los derechos de algunas de sus obras de teatro; asimismo, salió en su defensa en una campaña de desprestigio urdida por sus socios de la revista 'La Caprichosa'. Dumas admiraba el dinamismo y la ambición de la baronesa, quien se enorgullecía de haber logrado que el maestro francés cambiara su negativa visión de España.

P.-- ¿Qué papel desempeñó en la Corte de Isabel II?

R.-- La baronesa apareció como una estrella cultural en la España de principios de la década de 1860. Su estrecha relación con el escultor de cámara de la reina, José Piquer, quien disponían en su casa de un magnífico teatro privado, facilitó su proyección en la Corte y el interés de la prensa por su capacidad declamatoria y su habilidad como empresaria periodística. Al igual que en París consiguió que Eugenia de Montijo fuera la primera suscriptora de su revista de modas, en Madrid 'La Nueva Caprichosa' presumía de contar con Isabel II al frente de su cabecera. Se involucró también en una campaña para favorecer la imagen de la reina en la guerra contra Marruecos y promover la prensa y la actividad cultural femenina.

P.-- ¿Por qué la protegió Porfirio Díaz?

R.-- Cuando la baronesa se estableció en México en 1883, avalada por un viaje apoteósico por el continente y el contacto con la masonería, enlazó con los intereses de reforma del porfiriato. La baronesa propuso a Díaz un sistema de formación profesional femenino, la redacción de una historia del país para difundir en el extranjero y hasta la implantación del catastro nacional, y el general la comisionó para analizar los principales sistemas educativos europeos para fundamentar su reforma pedagógica.

P.-- ¿Ha encontrado otras mujeres que tuvieran semejante empuje en su época?

R.-- La investigación sobre la baronesa ha sido un diálogo constante con la vida y obra de sus contemporáneas y antecesoras. Por eso he intentado que su biografía sea coral y que muestre que, junto con Emilia Serrano, un personaje deslumbrante y único, hay otras vidas fascinantes como las de Pilar Sinués, Faustina Sáez de Melgar, Concepción Jimeno o Eva Canel; por no hablar de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Cecilia Bölh de Faber, o de americanas como Juana Manuela Gorriti, Clorinda Matto de Turner o Mercedes Cabello de Carbonera.

Alfredo Valenzuela