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El autor de "La forja de un rebelde", Arturo Barea, se enamoró de la que sería su segunda esposa, Ilsa Barea-Kulcsar, en el edificio de Telefónica del Madrid en guerra, donde ambos ejercían la censura, una experiencia que ella reflejó en "Telefónica", novela autobiográfica ahora rescatada.

La sede madrileña de Telefónica fue el primer rascacielos del país y el edificio más alto de Madrid, al que en la Guerra Civil acudían a diario los corresponsales extranjeros para enviar sus crónicas y al que tanto la aviación como la artillería franquista tuvieron como uno de sus objetivos predilectos.

Dilucidar si la creencia de que una bomba no te haría daño si la oías silbar tenía una explicación científica o era mera superchería se convirtió en un debate recurrente entre los corresponsales extranjeros, cuyas crónicas eran revisadas antes de ser enviadas a sus respectivos periódicos por Arturo Barea e Ilsa, encargados de que ningún dato u opinión dañara la causa republicana.

Huyendo de su Austria natal, que tuvo que abandonar en 1934 por su activismo político, Ilsa, licenciada en Derecho y Ciencias Políticas, llegó a finales de 1936 a España como voluntaria y, por su conocimiento de idiomas, fue destinada a la oficina de censura de prensa extranjera, que dirigía Barea, que sería su segundo marido.

Ambos escritores se enamoraron en unas circunstancias en las que los bombardeos eran algo cotidiano, hasta el punto que la propia Ilsa escribe en un texto autobiográfico que se incluye como apéndice en esta edición:

"En aquellos días surgió una extraña amistad entre la censura y la prensa. Durante los ataques aéreos a menudo éramos los únicos que nos quedábamos en los pisos cuarto y quinto; ellos porque tenían que llevar sus comunicados a la censura y después 'colarlos' y yo porque alguien tenía que censurarlos".

En febrero de 1938, recién casados, Ilsa y Arturo se marcharon a París, donde ella escribió gran parte de "Telefónica" y él emprendió la redacción de "La forja de un rebelde", y un año más tarde ambos partieron hacia su exilio definitivo en Londres, donde Barea terminó su célebre trilogía y trabajó en la radio.

Diez años después de ser terminada -Ilsa le puso punto y final un día antes de que acabara la Guerra Civil-, "Telefónica" fue publicada en setenta entregas en el periódico socialista vienés 'Arbeiter-Zeitung' en 1949, tras lo cual cayó en el olvido y jamás se publicó en forma de libro, según explica en su estudio crítico el responsable de esta edición del sello asturiano Hoja de Lata, el filólogo Georg Pichler.

Pichler ha dicho a Efe que se trata de "una historia paralela al tercer volumen de la trilogía autobiográfica de Arturo Barea", además de "una novela sobre la solidaridad, sobre los debates ideológicos, personales y sociales durante la Guerra Civil y sobre la supervivencia en una ciudad bombardeada".

La novela, que será presentada en Madrid el 8 de junio en un acto en el que intervendrá Uli Rushby-Smith, sobrina de Ilsa Barea-Kulcsar, refleja las vicisitudes de una joven independiente que "choca de pleno con el machismo de los españoles y con el rol subordinado de las españolas, siempre esposas o amantes".

Ilsa llegó a España con una invitación del embajador republicano Luis Araquistaín, y entró por Valencia y Alicante, donde nada más llegar mantuvo una larga conversación con André Malraux.

Centró la acción de su novela entre los días 16 al 19 de diciembre cuando, tras la llegada de las Brigadas Internacionales, el frente se estabilizó en la Ciudad Universitaria y en las orillas del Manzanares, a pocos kilómetros de la ciudad que sería la primera capital atacada masivamente desde el aire.

La novela cuenta el día a día de las personas que trabajaron y vivieron en la sede de Telefónica, una decena de corresponsales extranjeros, los administradores militares y civiles del edificio, los responsables de la censura, los dirigentes de los partidos políticos y las mujeres y niños refugiados en los sótanos.