EFESevilla

La nostalgia, los papeles amarillentos, los recortes de periódicos, los álbumes de estampitas y, sobre todo, la memoria son los antídotos a los que están recurriendo los aficionados al fútbol en tiempos en los que el coronavirus los ha condenado al páramo y al desamparo de no tener nada que echarse a la boca para alimentar eso que ha sido definido como lo más importante de lo menos importante.

El silencio de las redacciones de Deportes, deslenguadas e irreverentes, sólo se ha roto de verdad en los días de confinamiento por el calambrazo de las muertes de dos futbolistas de los de antes, de cuando en las áreas chicas de los porteros había calvas de tierra y al 'pi-pi-pí' de los transistores seguía un movimiento de las cartelas de los marcadores simultáneos de 'puntolín, el mejor calcetín', 'camisas Arpón' o 'Finisterre, seguros generales'.

Era cuando los defensas, y más si llevaban bigote, daban un miedo cerval, cuando a los futbolistas medrosos le daba un no sé qué pisar la cal del área, cuando los dos bigotudos que se han ido esta semanas imponían su ley, el atlético José Luis Capón y el madridista Goyo Benito, quien murió casi treinta años después de su compañero de equipo y símbolo también de una época, Juan Gómez 'Juanito'.

Son días los del confinamiento en los que no se escriben previas de los partidos, no hay ruedas de prensa voluntaristas ni de lugares comunes como 'el partido es vital' o 'iremos a por los tres puntos', ni partes de lesionados, dudosos o sancionados para el domingo, por lo que los clubes recurren a los archivos propios y los aficionados a los mejores rincones de su memoria.

'Iríbar, Sol, Benito, Gallego, Tonono' empezaba la letanía de los confinados cincuentones con otros nombres que a los niños remonta al Paleolítico Superior pero que contribuyeron a la grandeza del, se pongan como se pongan, deporte rey: Pirri, Velázquez, Gárate, Santillana. Quino, Leivinha, Brindisi, Quino, Gallego, Lora, Luiz Pereira, Cardeñosa, Cruyff, Wolff, Carnevali, Rogelio.

Y una estirpe en franco declive en tiempos de cámaras, VAR y amaneramiento, la del futbolista racial y de un solo club que pegaba y no se quejaba cuando recibía, la del que era capaz de llevar sus colores más allá del vestuario y, si hacía falta, acabar en comisaría como Capón por embarrarle la cara a una aficionada del Sporting que no había parado de insultarle, allí en Gijón donde Panadero Díaz estaba agarrado con los rivales en el túnel de los vestuarios o lo que fuese en aquella época primigenia.

En esos años en los que Sparwasser se convirtió en ídolo de la Alemania comunista, cuando había dos y una de ellas era democrática aunque no apareciera en el 'apellido', al marcarle el gol de la victoria de la RDA a la RFA de Beckenbauer, Overath y Gerd Müller, el fútbol era, además de finos estilistas, de jugadores que marcaba territorio como Capón y Benito, de una estirpe de hombres de honor que no sólo no recibían el anatema de la corrección política, sino que insuflaban sangre a los colores y a las estampitas.

Panadero Díaz, Antonio Biosca, Curro Sanjosé, Montero Castillo, Antolín Ortega, Aguirre Suárez, Julio Iglesias -sí, futbolista del Atlético de Madrid y el Betis-, Berti Vogts -el que aburrió a Cruyff- ; Jorge Griffa, de quien Adelardo su compañero recordaba que le dijo que "si el nueve contrario fuera su padre, le pegaría igual; o el barcelonista Eladio del que Amancio Amaro afirmaba que "tenía la derecha para andar y la izquierda para dar".

No llegaban a romper nada, como sí hizo con Amancio el paraguayo del Granada Pedro Fernández, Migueli con Rafael del Pozo o Goicoechea con Maradona, y sí, por el contrario, le dieron su impronta al fútbol de siempre, que cada vez que cae uno de los suyos, nobles y duros, le rinde el correspondiente homenaje y toca oración futbolera mientras arría sus banderas en señal de pleitesía a quienes forman parte de los escudos de cada cual.

Porque ninguno llegó a Roy Keane, Materazzi o Gentile con su obsesiva persecución a Diego Maradona y todos esgrimieron un código de honor que, si bien imponía respeto y miedo, se empleaba cada vez que salía a campos con una cuarta de fango en los que, además, a los grandes ni se les ocurría decir que si la hierba tenía un centímetro de más o que el campo era grande o lento: se jugaba y punto.

Apócrifa como mantiene Pablo Blanco -también del 'club'- o canónica, merecería ser cierta la anécdota del gambiano del Sevilla (1973-1978) Alhaji Momodo Nije 'Biri Biri', quien le rogó un día a Gregorio Benito que no le diese más - 'Señor Benito, por favor, no me pegue más"-, por definitoria de jerarquías y códigos de honor en el césped entre gente dura y de honor, gente de fútbol.

Carlos del Barco