EFECastilblanco de los Arroyos (Sevilla)

El asentamiento ecológico Los Portales de Castilblanco de los Arroyos (Sevilla) lleva 36 años de funcionamiento en plena naturaleza, y durante el confinamiento por la pandemia de coronavirus han demostrado su capacidad de autonomía gracias a los alimentos y la energía que producen y a la filosofía basada en "cooperar y compartir".

Así lo han asegurado a Efe dos de los miembros más veteranos de esta ecoaldea, Jaime Azuara y Kevin Lluch, que llegaron en 1986 a la finca, de 200 hectáreas, situada en las estribaciones de Sierra Morena junto a latifundios históricos y donde conviven 40 personas de España, Bélgica, Italia, República Checa, Francia y Turquía.

En esta "fórmula de vida sostenible y práctica", como define a las ecoaldeas la red española, integrada por 22 asentamientos de este tipo, se producen verduras, queso, aceite, vino, frutas y carne que generan las ovejas, cabras y cerdos, y se abastecen de la energía necesaria a través del viento, el agua y el sol.

Además de estos aspectos materiales, potencian el ámbito espiritual inspirados en "la psicología Junguiana y el trabajo con los sueños como vía de acceso a la totalidad".

También recuerdan que Los Portales, a 17 kilómetros del pueblo más cercano, once de ellos por carriles de tierra, se fundó en 1984 por "pioneros" que no eran "especialmente hippies", entre ellos un banquero, abogados y profesores.

La idea original era desarrollar formas de vida innovadoras en agricultura orgánica, educación holística, medicinas naturales, arte, energías limpias, economía y desarrollo personal, "en progreso continuo hacia una mayor sostenibilidad y autosuficiencia".

La autosuficiencia casi completa la han logrado, afirma Azuara, técnico en máquinas eléctricas y psicólogo clínico, mientras muestra orgulloso las instalaciones eólicas y solares que les surten de la energía que necesitan junto a la lavadora ecológica, que se mueve con el pedaleo de una bicicleta estática, "lo más fotografiado" por los periodistas que les visitan, apunta entre risas.

"Nuestra forma de vida se basa en dos cosas muy básicas: cooperar y compartir. El hecho de no estar solo frente una situación difícil como la pandemia te facilita mucho las cosas. Es la base realmente. Cultivar la tierra, generar nuestros propios recursos es una ventaja. El apoyo mutuo tras más 30 años de convivencia es lo que nos ayuda", apostilla después de recordar los principios con el uso de velas para iluminarse.

Luego llegó la primera máquina, un motor de limpiaparabrisas para moler la harina, lo que les evitaba un monótono trabajo manual. Las tareas físicas siguen vigentes, como la recolección y apilamiento del heno para alimentar a los animales, en pleno proceso tras una primavera "de libro".

También enseñan con satisfacción los huertos que les surten de frutas y verduras, como una col de cinco kilos recolectada esta semana, algo jamás logrado antes y que atribuyen al uso, por primera vez, del "biochar", un carbón vegetal que han generado mediante pirólisis y del que subrayan su enorme impacto sobre la producción de la huerta.

EL IMPACTO DEL CONFINAMIENTO

El confinamiento solo les ha perjudicado en que no han podido salir a visitar a familiares ni recibir a las personas que se apuntaron a los talleres formativos que organizan, una de las fuentes de ingresos que tienen en la ecoaldea, de las que hay 22 en España y unas 10.000 en el mundo, lo que demuestra que "no somos unos bichos raros", añade el psicólogo Lluch, con consulta en Sevilla.

La pandemia también les obligó a crear una "escuelita" para los niños, suprimir el hábito de ir cada sábado a llevar la basura al pueblo y comprar los pocos elementos externos que necesitan, explican antes de mostrar su sorpresa porque esta semana es obligatorio ir con mascarilla, que no han usado en toda la crisis sanitaria, aseguran.

Lluch afirma que las ecoaldeas, "pequeñas islas de futuro", representan una forma de vida que gana adeptos en todo el mundo, sobre todo en el norte de Europa, y suponen un "contrapeso a las comunidades urbanas tan competitivas e individualistas" predominantes en la sociedad.

El psicólogo reconoce que no es fácil que prosperen las ecoaldeas, muchas de las cuales no tienen éxito, y considera que el aspecto humano de la relación "es un reto grande" y que se necesita "mucha perseverancia, valentía y transparencia" para superar las "rencillas y conflictos" y potenciar la "inteligencia colectiva".

En Los Portales han optado, tras experimentar con diversos sistemas, por la "sociocracia" como forma de organización, que se está implantando en numerosas ecoaldeas y que supone un funcionamiento basado en círculos según tareas como la agricultura, la comunicación o la regeneración del territorio, y dos cuyos responsables forman otros círculo en el que se toman las decisiones en grupo tras resolver todas las objeciones que se presenten, resume Lluch.

El psicólogo recuerda con humor las visitas de fincas vecinas como Luis Ybarra tras la venta de la Cruzcampo en la década de los 90 del siglo anterior y el vino que les regalaba su mujer, de apellido Osborne, y destaca el apoyo que tuvieron del alcalde de Castilblanco y del cura local, al que invitaron para que enseñara a los niños de la ecoaldea el concepto de religión.

Uno de los ejemplos que ponen para compartir y causar un menor impacto es el hecho de tener siete coches para los cuarenta habitantes de la ecoaldea y cuatro lavadoras para todos, y esta pandemia ha sido la ocasión propicia para "conectar con los recursos que tenemos y contar con lo esencial" y "reafirmar" la forma de vida que han elegido. "No hace falta mucho para vivir bien", subraya Azuara.

"La atención a cada persona es esencial para el desarrollo integral y saludable de la comunidad. El poder de las comunidades humanas para unirse y codiseñar su propio camino hacia el futuro es visto como una fuerza motriz importante para el cambio positivo", concluye la Red Ibérica de Ecoaldeas.

Manuel Rus