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La residencia de ancianos del Hospital de la Caridad de Sevilla pertenece a una institución con más de quinientos años de historia que tiene varias particularidades, entre ellas que aloja a varones de 65 años pobres y que durante la pandemia de coronavirus no ha sufrido ningún contagio entre sus ochenta residentes.

Tras más de 19.000 fallecidos en residencias de ancianos durante la pandemia, "la Humilde y Real Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla" muestra con orgullo el logro de haber quedado exentos de coronavirus, lo que su hermano mayor, Eduardo Ybarra, atribuye a las adecuadas medidas sanitarias adoptadas, al estricto confinamiento así como a "la gracia de Dios y la protección de Miguel Mañara", el fundador de la residencia.

Las instalaciones, situadas junto a Giralda y el Archivo de Indias y en la que hay ochenta dormitorios individuales junto a una iglesia con obras de Murillo, Valdés Leal o Roldán, se han desinfectado hasta en seis ocasiones durante el estado de alarma, que comenzó el 14 de marzo, y desde ese día solo entraron a la residencia los profesionales sanitarios y el hermano mayor, afirma Ybarra.

Durante el confinamiento, los residentes han estado en las dos grandes salas que tienen o paseando por los patios del histórico edificio, en los que hay dos fuentes con esculturas de mármol italiano del siglo XVII, azulejos europeos de la misma época y arcos de las atarazanas construidas por Alfonso X El Sabio en 1252.

Esta semana, los residentes han empezado a salir a la calle, siempre acompañados de un voluntario, porque después de tres meses hay muchos que están "despistados", y algunos de ellos, como Antonio Pérez Bancalero, recomienda "reservarse un poquito porque no sabemos lo que podemos encontrarnos en la calle".

Para entrar en la residencia y ser "acogido" hay tres requisitos: tener más de 65 años, ser pobre y estar solo, explica el hermano mayor tras subrayar que siguen el mandamiento de Miguel Mañara de "practicar la caridad con los que no tienen nada".

La mayoría de los "acogidos" están en riesgo de exclusión social, "vienen de la calle" y no tienen "otra forma de vida ni otras formas de subsistir", y llegan a la residencia tras peticiones de los servicios sociales municipales o de la Junta de Andalucía, por las Hermanas de la Caridad o cuando algún conocido les informa.

Casi todos los residentes solo cobran la pensión no contributiva, que son 380 euros, y de ellos 150 se los quedan para sus gastos y el resto para la residencia, donde disponen de médicos y personal de enfermería, peluquería, podología, trabajador social y servicio de acompañamiento, entre otros, agrega el hermano mayor.

Para sufragar los costes de la residencia, que suele ser de unos 2.000 euros al mes en una entidad privada, según Ybarra, se nutren de parte de las pensiones de los "acogidos", de las aportaciones de sus cuatrocientos socios, de donaciones, bodas, de los arrendamientos de propiedades de la hermandad y de las visitas turísticas, que "ahora son cero" y por lo que están pasando por "momentos complicados".

Durante el confinamiento tampoco han tenido la ayuda de los voluntarios que trabajan habitualmente ni de los hermanos, que tienen especial obligaciones el mes que les toca "guardia", durante el cual vigilan el funcionamiento de la casa, ayudan en el comedor y acompañan a los residentes al médico o a dar un paseo.

La hermandad, que no saca imágenes por la calle "ni tenemos vara", indica su hermano mayor, se fundó en 1456 para "acompañar al patíbulo a los condenados a muerte, darles el consuelo de la fe y hacerse cargo de sus cuerpos así como recuperar los cadáveres de las personas ahogadas en el cercano río o fallecidas en las frecuentes epidemias de la época y darles una digna y cristiana sepultura".

Mañara, de familia ilustre, promovió en 1662, tras un retiro como ermitaño en la Sierra de Ronda por la muerte de su esposa, el hospicio para acoger a los sintecho durante la noche y después creó el comedor y un hospital para enfermos terminales que ningún otro hospital quería acoger.

Con su fortuna pagó la construcción de la actual iglesia, para lo que contrató a los artistas más destacados, como Murillo, Valdés Leal, Pedro Roldán o Bernardo Simón de Pineda, que dividió en tres partes: una con los "Jeroglíficos de la Muerte", que transmiten el mensaje de la fugacidad de la vida, una segunda con las obras de misericordia y una tercera que alude a la importancia de la humildad.

Mañara diseñó una lápida para ponerla en la entrada de la iglesia para que "todos lo pisaran", aunque a los seis meses trasladaron sus restos a la actual cripta bajo el altar, y en el largo texto que ordenó esculpir solicita que "rueguen a Dios" por él tras afirmar que ha sido "el peor hombre que ha habido en el mundo", lo que no comparte su actual hermano mayor.

Manuel Rus