EFEGranada

Granada ha estrenado este martes las nuevas restricciones aprobadas por la Junta para frenar la expansión de la covid y que la convierten en la única provincia andaluza en la que cierra toda actividad que no sea esencial, una especie de libertad condicional para darle un portazo a la pandemia.

No es marzo, pero tampoco es agosto. Así estrena Granada una especie de libertad condicional que, durante al menos dos semanas, medirá el impacto de cerrar bares y tiendas, de aparcar terrazas y ralentizar el ritmo para vencer a un virus que podría herir de gravedad a la hostelería y el turismo.

La sombra del hospital Virgen de las Nieves se dibuja en una Plaza de Caleta que evidencia el contraste de una ciudad limitada a la actividad esencial, un espacio con los bares cerrados, las terrazas recogidas, los columpios precintados y la gente ordenadamente sentada en unos bancos desde los que se intuye el bullicio sanitario.

Algunas cafeterías se adaptan a la venta para llevar, las pastelerías buscan su receta para seguir endulzando este otoño y el mobiliario del paseo de Constitución hace las veces de terraza improvisada para trabajadores de centros cercanos que desayunan en vasos de plástico y platos de usar y tirar.

Granada baja hoy su persiana de manera desigual, con calles como San Juan de Dios que casi mantienen el jaleo de siempre, en la que huele a pan rico recién horneado y siguen abiertas la librería y el estanco, la perfumería, la barbería y el supermercado, la iglesia y la carnicería, comercios en marcha frente al cierre forzoso de bares y tiendas de moda.

Esa especie de espejismo de normalidad absoluta se quiebra en otras zonas del centro como la calle Mesones, una vía desértica con un silencio casi hospitalario en el que hoy solo siguen abiertas una óptica, sus tres farmacias y una peluquería.

Porque estas medidas impuestas por la Junta para frenar la expansión del coronavirus transforman por completo zonas enteras como la calle Navas, un epicentro hostelero en el que el número de bares cerrados se cuenta por decenas.

Nada queda hoy de esas calles atestadas de gente que hace veinte días mal contados brindaba pasada la medianoche como si la pandemia nunca hubiera existido, imágenes que fueron el inicio de una cadena de restricciones que deja una Granada entreabierta que quiere evitar el cierre total.

Desde ese mismo centro se ve la silueta de un árbol de Navidad plantado en la Plaza Bibrambla, una estructura de metal y colores colocada para iluminar un ambiente festivo pero que de momento está rodeada de cafeterías, churrerías y bares cerrados.

En esta misma plaza, el bar 'Los Manueles', abierto desde 1917, mantiene la persiana bajada como otros cerca de 3.500 establecimientos hosteleros de la provincia que temen haber despachado las últimas tapas, negocios no esenciales pero que comprimen la esencia de la gastronomía en miniatura que caracteriza a una ciudad que sabe a turismo.

También sin visita pública espera la Alhambra el resultado de esta recién estrenada libertad condicional de la ciudad, las cifras sanitarias que decidirán si la puerta entreabierta de estos días conduce a recuperar la normalidad o vuelve a cerrar las calles de un portazo.

María Ruiz