EFEMálaga

La faceta más íntima y personal de Julio Romero de Torres se revela en un libro que recopila más de una veintena de entrevistas en las que se descubre, por ejemplo, que al pintor cordobés le habría gustado en realidad ser cantaor, y al no poder cumplir su sueño terminó llevando el arte jondo a sus lienzos.

"A muchos seguidores de Romero de Torres, este libro les ofrecerá aspectos desconocidos de él", afirma en una entrevista con Efe el malagueño Rafael Inglada, autor de la edición de "Julio Romero de Torres. Entrevistas y confesiones. 1899-1930", publicado por la editorial Cántico con un prólogo de Fuensanta García de la Torre, una de las grandes especialistas en el pintor.

Fue un personaje "que nadaba a contracorriente de las modas" y que, aunque vivió durante años en Madrid, "donde estaba el caldo de cultivo de la cultura de la época", siempre se mantuvo "enraizado hasta los tuétanos en su ciudad, Córdoba", resalta Inglada.

"Mi mayor aspiración fue siempre el haber sido un gran cantador y tocador de flamenco", confiesa en una de esas entrevistas el pintor, que en otra se define como "un amante extraordinario y un gran fracasado del cante jondo".

Añadía Romero de Torres que, si hubiera podido escoger entre la personalidad de Da Vinci -al que consideraba "el primer pintor de la historia- o la de Juan Breva "no habría vacilado" y habría sido el segundo, "el mejor cantaor que ha habido".

"Yo también traté de cantar...; pero ¿para qué repetirlo?... ¡Fracasé!...", se lamentaba el artista, que detallaba el sentimiento que latía en sus obras.

"Puede decirse que el principal motivo inspirador de mis cuadros reside en la emoción trágica, atormentadora y doliente de ese hondo cantar andaluz, que más bien que cantar es una salmodia, una plegaria, una queja o un insulto. Mis cuadros son el producto, más o menos genuino, de esa emoción popular que yo he sentido durante toda mi vida".

Para Inglada, "faltaba un libro que recopilara las entrevistas de Romero de Torres", una obra que ahora ve la luz tras un "trabajo detectivesco" y que da idea de un personaje que despertó gran interés para la prensa de su época y que "nunca fue olvidado por sus coetáneos", según el editor.

No solo en España, porque triunfó en otros países como Argentina, de donde regresó con "cien mil duros", como proclamaba ufano en otra entrevista en la que agregaba que retornó pese a que le "seguían lloviendo encargos" y que quería ir a EE.UU. para vender también allí su arte.

"Naturalmente, ché, que iré a Norteamérica, y yo en persona, a traerme otro montón de oro para comprarme un cortijo con mucho sol y mucha alegría en tierras cordobesas; pintar con toda tranquilidad, a mis anchas; dar bienestar a los míos y comprarme una colección de guitarras, que van a tocar solas de puro finas".

Romero de Torres no esquivaba las preguntas, como cuando se le pide su opinión sobre lo que el periodista llamaba "las corrientes modernas que se observan en la pintura".

"Desde luego, no soy francamente favorable; y no es que quiera desdeñar los nuevos géneros; es que estoy convencido que en el arte no pueden existir modernismos", explicaba.

En otra ocasión precisaba que, "desde el impresionismo de Monet y Cézanne hasta el cubismo de Picasso y la pintura de Foujita, el japonés, todo ello no son más que intentos, sin un pleno carácter de realización".

"Hasta en las más absurdas cosas de Picasso se ve siempre el artista, el hombre de talento que no ignora los secretos del arte, que ha paseado más de una vez su mirada por las grandes galerías de la antigüedad", añadía elogioso en esta ocasión.

En la lectura de este libro "hay que comprender a Romero de Torres no desde el siglo XXI, sino desde la época de entresiglos que le tocó vivir", apunta Inglada.

A la pregunta sobre si las mujeres debían llevar falda larga o corta, respondió: "Yo creo que deben usar falda corta, porque exalta más la gracia, porque parecen más jóvenes. Claro que la mujer que tenga las piernas feas, no debe salir a la calle. Me parece a mí".

Y en otro artículo contaba que casi nunca trabajaba son modelos profesionales, sino que eran mujeres particulares que se prestaban a posar.

"En Madrid no es difícil encontrar mujeres bonitas y bien formadas que se presten a ello; pero en provincias es sumamente difícil. Nadie se formaría idea de lo difícil que es. Existe una especie de mojigatería tal que no hay mujer que consienta en permanecer desnuda delante del pintor. Hasta ciertas mujeres de vida airada, que ordinariamente tienen la misión de desnudarse, se niegan en este caso", desvelaba el pintor.

José Luis Picón