EFEGranada

La treintena de terremotos que en las últimas horas han hecho temblar la Vega de Granada han removido también el miedo, una reacción primitiva que propició la salida a espacios abiertos y ofreció la imagen de niños durmiendo en coches o de vecinos en pijama, un instinto que ha crecido con la pandemia.

Los terremotos que han hecho tambalearse estanterías y lámparas, esos que se han sentido en casi medio centenar de municipios de varias provincias andaluzas, también han tocado los cimientos de la seguridad de una sociedad que la noche del martes prefirió tomar las calles.

Pese a que la recomendación es quedarse en casa, pegadito a la pared o refugiado bajo una mesa, la escena de vecinos arremolinados en la plaza se repitió anoche en la mayoría de los puntos de Granada removidos por un enjambre de sismos que también hizo temblar la sensación de seguridad.

"Yo soy científica, en lo racional sabía que no iba a pasar nada, pero sentí miedo", ha explicado a Efe la investigadora de la Universidad de Granada y experta en terremotos Ana Crespo Blanc, un ejemplo de la respuesta razonable a lo irracional de huir.

Porque la de este martes dejó de ser una noche cualquiera a las 22:36 horas, en ese instante en el que un primer terremoto de 4.2 se escuchó, se sintió y desplazó jarrones y seguridades para generar otro movimiento, el del miedo, y reforzar otros tantos valores asociados.

"El miedo puede más que el conocimiento y las posibilidades de controlarlo son mucho más limitadas cuando hablamos de un terremoto porque no lo vemos", ha explicado a Efe el investigador del Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento (CIMCYC) de la Universidad de Granada Alberto Costa, especialista en ansiedad y miedos.

Aunque la teoría descarta lo de huir, ese miedo innato dejó escenas de gente refugiada en la calle, de niños envueltos en mantas, de parques llenos pese al toque de queda, porque "en la calle nos sentimos con más posibilidades de huir, de escapar", ha añadido Costa.

En esto del miedo también hay escalas, como en los terremotos, y pese a los manidos chistes que pronostican la llegada de extraterrestres para redondear un ciclo histórico marcado por la pandemia, el coronavirus también tiene su impronta en el miedo social.

"Cuando se producen de manera sucesiva situaciones que nos llevan a la captación de posibles amenazas, de incertidumbres, el miedo se acumula y genera de manera más palpable la conciencia de carencia de control, esa que empezamos a tener con el coronavirus", ha resaltado Costa, que ha sumado otros fenómenos como Filomena a este "ecosistema" de miedos.

Otro movimiento con réplicas que se ha extendido en las últimas horas se cimenta en los valores y se traduce en llamadas, en amigos que ofrecen sus casas, en lanzar desde la distancia un "cómo estás", en vecinos que velan por los más ancianos, en afrontarlo en grupo.

"Estar acompañado, especialmente de seres queridos, facilita la regulación de ese estado del miedo y por eso vimos a muchos vecinos que fueron a por sus mayores, a por gente que vive sola, personas consoladas incluso con desconocidos", ha recalcado Costa.

Porque ese mismo temblor que tiró cuadros o resquebrajó paredes puso también en pie "valores sociales" y pautas como la valentía y la necesidad de "arreglar" relaciones, de recomponer emociones al ritmo del movimiento sísmico.

María Ruiz