EFEGranada

Aldeas Infantiles SOS Granada se ha convertido en el hogar de los 44 adolescentes y las siete monitoras de la Federación Ucraniana de Deportes de Invierno que encontraron en Sierra Nevada un refugio de la guerra y que ahora entrenan para el gran eslalon que supone crecer a 4.000 kilómetros de casa.

Tienen entre 12 y 17 años y aprovechan una especie de recreo entre sus quehaceres diarios para jugar una pachanga al sol del mediodía, un rato de fútbol entre risas y pases que dibuja una escena cualquiera en una cancha cualquiera.

Pero estos chavales juegan a casi 4.000 kilómetros de casa, en la instalaciones que Aldeas Infantiles SOS Granada tiene en el Albaicín y que se han convertido en un nuevo hogar alejado de la guerra.

El grupo y las siete entrenadoras que ejercen de tutoras legales llegó a Sierra Nevada el 19 de marzo, tras cuatro días de trayecto que les permitió convertir en suya la estación andaluza, que les ha brindado cobijo, kilómetros de pistas, horas de entrenamiento y mucha paz.

Cetursa, la Junta, la Federación Andaluza de Deportes de Invierno (FADI) y medio centenar de familias fueron el hogar de este grupo de esquiadores que salió de su Centro de Alto Rendimiento poco antes de que el ejército ruso bombardeara la zona.

Ahora, Aldeas Infantiles se ha hecho cargo del alojamiento y la manutención de estos menores y sus entrenadoras y ha activado un equipo multidisciplinar que los entrena para afrontar esa nueva vida que los sitúa lejos de sus familias. Y de la guerra.

Ivanna Gavinska forma parte de ese equipo de Aldeas Infantiles que se encargará de ofrecer a los chavales formación, atención psicológica, educación y cariño.

Gavinska es ucraniana, trabaja en Cuenca con adolescentes en situación de vulnerabilidad y se ha trasladado temporalmente a Granada para intervenir con los esquiadores.

"Hablar sin traducción, con esa sensibilidad, te permite coger más información, saber cómo está cada uno porque son muchas vidas, muchas historias", ha explicado a EFE Gavinska, que desde Granada echa de menos a sus sobrinos, también refugiados en España.

Ahora forma parte de esta nueva familia repartida en seis hogares de Aldeas Infantiles Granada, todos en un gran complejo abierto, con luz, con canchas y columpios, que es un refugio encalado en el Albaicín en el que los chavales entrenan, siguen sus estudios y mantienen el contacto con sus familias.

En una de esas seis casas viven Yanina Marchenko y Viktoria Tolokolnukova, de 32 y 47 años y madre y abuela de uno de los esquiadores que llegó en marzo hasta Sierra Nevada.

Ellas llegaron más tarde tras un duro viaje y ahora saludan en castellano, aprovechan el wifi para aprender el idioma, callan cuando les preguntan por Ucrania y la familia y amigos que dejaron allí y planean volver "cuando la situación mejore".

Aquí tienen "demasiado tiempo libre", añoran el trabajo que dejaron en casa y se dedican a reconstruir un hogar en el que esta semana han podido cantarle el cumpleaños feliz a su pequeño.

Los chavales, acostumbrados a la exigencia de la alta competición, a la técnica y la velocidad de un gigante, una combinada o un eslalon, esperan la asignación de su nuevo colegio o instituto mientras se mueven en grupo, extrañan a los suyos y se abrazan a una nueva normalidad en la que son familia.

Este equipo acostumbrado a entrenar virajes, diagonales y descensos ha aprendido a esquivar una guerra y se apoya en entrenadoras como Svitlana Symonchuk, la veterana del grupo y encargada de vigilar sus deberes, mantener los entrenamientos y abrazar incluso cuando mirar un poco atrás le humedece los ojos.

Del resto, de la comida, la escolarización, el hogar, los psicólogos, la atención y el día a día, se encarga Aldeas Infantiles.

"Son niños cuidando de otros niños, de ahí la importancia de intensificar nuestros apoyo, de blindarles atención, de restar miedos", ha explicado el director territorial de Aldeas Infantiles en Andalucía, Javier Vigil.

Así, con atención y entreno, medio centenar de deportistas federados perfeccionan su viraje a la guerra y se preparan para ganar su paz.

María Ruiz