EFEGema González Santa Cruz de Tenerife

La perinola, un juguete de malabares, el trompo y la peonza son tres de los productos estrella que vende el torneador Germán Hernández en la Feria de Artesanía de Canarias, inaugurada este miércoles.

Son productos, que aunque "no tienen edad", son "más sanos" para los niños, porque albergan y salvaguardan la inocencia que les roban las pantallas, defiende.

Germán Hernández lleva 44 años trabajando como carpintero tradicional y torneador artístico. A sus sesenta, el artesano recuerda que de niño su padre le regaló un juego de carpintería por Reyes.

Desde entonces, desde esos "primeros martillazos" sin demasiado sentido, no ha parado de trabajar en la madera, oficio en el que se inició profesionalmente a los 16 años.

Le gustó tanto, que a los 19 ya lo habían hecho oficial en la carpintería en la que trabajaba, explica el artesano en una entrevista a Efe.

Nadie en su familia se había dedicado a la carpintería antes, por eso, Hernández se muestra orgulloso de que dos de sus cinco hijos hayan continuado con su legado.

A pesar de lo anterior, el carpintero es realista, y reconoce que el mercado de la artesanía está difícil, principalmente porque la gente no está dispuesta a pagar "lo que vale el producto", al que hay que dedicar no solo recursos materiales, sino "mucho, mucho tiempo".

Asegura, además, que actualmente la artesanía es un oficio complicado porque no hay mercado "para tantos artesanos", así que, lógicamente, "se vende menos".

El carpintero ha llevado una pequeña muestra de su trabajo a la trigésimo quinta Feria de Artesanía de Canarias, que se celebra hasta el 8 de diciembre en el recinto ferial de Santa Cruz de Tenerife, y en la que se dan cita más de 140 artesanos de todo el archipiélago.

Juguetes como la perinola, el trompo y la peonza "no tienen edad", son "más sanos", albergan y salvaguardan la inocencia: "el niño en las pantallas ya ve de todo, pero aquí está la inocencia, como también en el boliche", afirma.

Por eso, el artesano también dedica parte a su tiempo a realizar talleres en colegios. El objetivo es que los niños vean cómo se hace un trompo, cómo se pinta, y que aprendan a bailarlos.

No obstante, es "difícil competir con las pantallas", porque la propia vida siempre "progresa", confiesa Hernández, y "los chicos lo que quieren es un teléfono o un videojuego", y no un trompo, una perinola o una peonza, asevera.

Aún así, asegura, todavía quedan padres que valoran este tipo de productos como regalos para sus hijos, y muchos niños que continúan sacando a bailar sus trompos en recreos y descansos.

Mientras el carpintero habla, se acerca a su puesto Aída Trujillo, de 83 años. La mujer ha decidido regalarle un colorido trompo a su marido de 88. ¿Por qué? "Porque es un niño, y le encanta bailar un trompo", afirma sonriendo.

Tras depositar el trompo con esmero dentro de una pequeña bolsa de papel, Germán se muestra convencido de que dentro de cincuenta años, "y algunos años más también", el trompo "seguirá vivo", porque detrás de él "vendrán otros", como sus hijos, para que lo tradicional nunca muera del todo. EFE

1011837

ggh/acp

(foto)(video)