EFEEloy Vera Puerto del Rosario (Fuerteventura)

En plena conquista de Tenerife, a finales del siglo XV, los guanches padecieron una terrible epidemia con síntomas similares a la gripe que se cebó con su población y que allanó la toma de la isla. La llamaron la "modorra" y mató a 5.000 aborígenes, uno de cada cuatro.

Con medios rudimentarios -lanzas con punta de madera y piedras- en comparación con el armamento del rival, el conocimiento del terreno permitió a los guanches vencer a la tropas castellanas en la primera de las batallas de Acentejo durante la primavera de 1494.

Pero la alegría les duraría poco, la naturaleza les tenía preparado un revés: la propagación de una epidemia que azotó desde el otoño de 1494 al invierno de 1495, sobre todo, a los menceyatos de Taoro, Tegueste, Tacoronte y Anaga, aunque también llegó a otras zonas más aisladas de la isla.

Las fuentes etnohistóricas, que han ayudado a los investigadores a reconstruir la vida de los aborígenes, también aportan datos sobre la epidemia a la que se refiere el historiador José de Viera y Clavijo en el siglo XVIII, asegurando que esta, "de la que murieron tantos guanches, consistía en fiebres malignas o agudas pleuresías, que terminan en una letargia o sueño venenoso que llamamos modorra".

El director del Museo Arqueológico de Tenerife, Conrado Rodríguez-Maffiotte, es, junto al profesor de Historia de la Medicina de la Universidad de La Laguna, Justo Hernández, autor del libro "El enigma de la modorra: la epidemia de los guanches".

En una entrevista con Efe, Rodríguez-Maffiotte explica que esta patología se manifestaba por cuadros respiratorios muy agudos, era una "epidemia en suelo virgen o terreno virgen", un escenario que se produce cuando "un patógeno, virus o bacteria, llega a una población que no tiene ningún tipo de defensa".

El también director del Instituto Canario de Bioantropología señala que lo que ocurrió con la propagación de la modorra entre los guanches es "un poco similar a lo que está pasando con el coronavirus COVID-19, contra el que nadie está inmunizado porque no hay una inmunidad, en concreto, para ese virus".

"Cuando esa epidemia llega a un territorio insular como este, donde no hay una inmunidad poblacional, se producen, inmediatamente, unas tasas de ataque terribles", apunta este médico que, junto a Justo Hernández, llegó a la conclusión de que era gripe por el cuadro clínico, la velocidad de expansión y el número de afectados.

El responsable del Museo Arqueológico de Tenerife apunta que la patología producía tos, secreción nasal abundante y las "dos complicaciones más frecuentes y típicas de la gripe o de cualquier cuadro respiratorio: la neumonía y la encefalitis, de ahí que se le llamara modorra".

Sin respiradores, ventiladores mecánicos ni antigripales para curar el contagio no es de extrañar que se disparara la morbilidad y que las tasas de mortalidad superaran el 50 % de los afectados.

En su "Historia General de las Islas Canarias", Viera y Clavijo apunta como posible causa "la corrupción de los cadáveres de los muertos en la batalla de La Laguna que, alterando el aire, le cargaron de miasmas venenosas. Porque como los guanches no enterraban los difuntos, sino que los secaban al calor del sol, después de haberles extraído las entrañas, era natural que todos estos hálitos introducidos en los vivientes por medio de la respiración causasen una enfermedad pestilente".

Conrado Rodríguez-Maffiotte aclara que el insigne ilustrado tinerfeño se equivocaba: "En aquella época, no existía la teoría del germen, por lo que Viera lo achacó a la putrefacción de los cadáveres de la batalla de La Laguna, pero su teoría carece de fundamento científico alguno".

Lo que sí tiene claro este investigador es que esta epidemia llegó a través de los conquistadores, porque "las crónicas señalan que no enfermó ninguno de los españoles y está claro que hubo intercambios entre ellos".

Además, eran tiempos de guerra en los que, sin haber un hacinamiento total de personas, sí había agrupaciones, por lo que "ese contacto favorecía la propagación mucho más rápido" y las muertes, unas 5.000 en una población de unos 20.000 habitantes.

La mayoría de los historiadores coinciden en que la modorra fue uno de los condicionantes finales de la derrota de los guanches ante los castellanos, que vieron en la propagación de esta epidemia "un acto milagroso enviado por Dios, que se había puesto de su parte para vencer a los aborígenes", explica Rodríguez Maffiotte.

Tras el episodio de la modorra, a los aborígenes de Tenerife aún les quedaba otra epidemia a la que hacer frente: la peste de principios del siglo XVI que produjo decenas de muertes entre los guanches que aún vivían en los montes de Anaga.

En Gran Canaria, hacia el siglo XIV, también se produjo otra epidemia. La escasa descripción que hacen las fuentes etnohistóricas impide precisar si fue algún tipo de peste o una gripe, "pero parece ser que su contagio estuvo relacionado con la llegada de los monjes mallorquines que visitaron la isla en esas fechas", apunta.

Los aborígenes grancanarios interpretaron la muerte de sus paisanos de Tenerife como un castigo divino impuesto a los habitantes de la isla por los infanticidios femeninos que llevaban a cabo para contener el aumento de la población. EFE