EFESanta Cruz de Tenerife

Los pueblos indígenas de la región amazónica han sido condenados a elegir "entre la muerte y la miseria" desde la llegada al Gobierno brasileño del presidente Jair Bolsonaro, denuncia el misionero jesuita Fernando López, miembro del Consejo Indigenista Misionero (Cimi).

En conversación con Efe, Fernando López, palmero de nacimiento, acusa a Bolsonaro "de tolerar incendios en la selva, de no respetar la Constitución del país y de provocar una espiral de impunidad y capitalismo salvaje que ha arrinconado a los pueblos nativos a sobrevivir entre el alambre y el asfalto".

López llegó como laico a la región amazónica de Paraguay en 1985 y hoy continúa por la floresta como jesuita y miembro del Cimi y del Equipo Itinerante que participó junto a otros indígenas en el Sínodo sobre la Amazonia que el papa Francisco convocó el mes pasado en Roma.

Un Sínodo episcopal en el que Jorge Bergoglio calificó a los indígenas como “interlocutores fundamentales” para, añade López, retomar en Occidente un paradigma económico equilibrado y recíproco con el entorno.

La Amazonia cubre más de 7 millones de kilómetros cuadrados, un 25 % del continente americano, y rebasa las fronteras de nueve países. Acoge además a tres millones de indígenas divididos en 420 comunidades y cuya situación "ha empeorado" tras la llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil en enero, según el jesuita que descansa estos días en Tenerife.

Los saqueadores "depredadores", como él dice, avanzan "en cascada" selva adentro talando madera, secando suelo y quemando rastrojos y pastos. El fuego es la causa definitiva que expulsa a las comunidades indígenas de sus áreas: "si los terrenos son ondulados, sirven de pastoreo; si son planos, plantan monocultivos".

Cultivos de caña, algodón, arroz, maíz, plantas exóticas como eucaliptos o acacias y, sobre todo, soja: según el Observatorio de la Complejidad Económica (OEC), las semillas de soja que se venden como pienso para animales de cría de todo el mundo representaban hace dos años el 12 % de las exportaciones de Brasil, cantidad superior a la del hierro o el petróleo crudo.

Gracia Gomes, miembro del Equipo Itinerante y del Cimi, relata que las avionetas fumigan desde el aire una "lluvia tóxica" que cae sobre ríos, arroyos y aldeas y envenena todo a su paso: "los bebés nacen muertos y los ancianos pierden la vista".

Maria Gorete, del pueblo Mundurukú en el estado Amazonas, ha comprobado cómo el mercurio que emplean para extraer el polvo de oro en las cuencas altas de los ríos también mata.

Ambas, integrantes del Cimi, responsabilizan a Bolsonaro de los incendios del pasado verano y señalan que estos fuegos han permitido a empresas multinacionales mineras, madereras, petroleras, hidroeléctricas o agrícolas ensanchar sus espacios y explotar los recursos de la floresta, aunque invadan para ello reservas indígenas demarcadas y protegidas por la Constitución brasileña.

El fundador del Equipo Itinerante, Paulo Sergio Vaillant, está convencido de que se han perdonado los miles de millones de dólares que adeudaban las grandes empresas por no cumplir la legislación medioambiental vigente en el país y reprocha a Bolsonaro que haya vaciado de recursos toda herramienta gubernamental que protegía a los indígenas y a sus tierras, como la Fundación Nacional del Indio (Funai) o el Instituto de Colonización y Reforma Agraria " oficialmente, nadie nos defiende”, afirma.

Fernando López atestigua encuentros entre líderes indígenas y jefes de buscadores ilegales de oro (“garimpeiros”). Una vez, el cacique mundurukú Yuarés le reprochó a uno de ellos que viniese a su tierra para contaminarla y explotarla, que sabía que no debía estar ahí y que todo era ilegal e injusto.

Y el jefe, continúa el jesuita, "un negro de 65 años con la cara curtida por la vida", mandó entonces a sus jóvenes a soltar las armas y respondió: "tiene usted razón, señor Yuarés. Pero el patrón manda y yo tengo una familia que alimentar".

El viejo garimpeiro cumplió al final con su mandato, pero dejó a los indígenas todos los víveres que el patrón les había concedido para el viaje. "Yo lloraba viéndolos hablar. Es el enfrentamiento de pobres contra pobres. Uno de los muchachos pega un tiro por error y aquello acaba en masacre", dice el jesuita. EFE