EFEJosé María Rodríguez Las Palmas de Gran Canaria

La mañana del 10 de octubre de 2011 toda una generación de canarios escuchó por primera vez una palabra a la que acabarían acostumbrándose: tremor. Las islas afrontaban por primera vez en 50 años una emergencia volcánica, pero no donde la mayoría esperaba: no el Teide ni en Cumbre Vieja, sino bajo el mar, a kilómetro y medio de El Hierro.

Las enormes dimensiones de la erupción que está en curso en este momento en La Palma y, sobre todo, sus terribles consecuencias para quienes han perdido su casa, sus tierras de cultivo o su trabajo bajo las coladas de lava han relegado casi a un segundo plano el décimo aniversario del volcán Tagoro, cuando, en realidad, buena parte del despliegue científico y de emergencias de las últimas tres semanas en Cumbre Vieja se probó por primera vez en El Hierro.

De la erupción de El Hierro permanece con el paso del tiempo una imagen amable, porque apenas provocó daños, no hubo coladas de lava, ni cenizas. Todo eso se quedó bajo el Mar de Las Calmas, diluido en la gigantesca mancha de color verdoso que durante semanas se formó en esa zona del Atlántico, de varios kilómetros de extensión.

Sin embargo, no fue un acontecimiento menor: es la segunda erupción en duración en la historia de Canarias, con 147 días, cifra que solo superan los 2.055 de Timanfaya en el siglo XVIII (cinco años). Y también la segunda en material emitido, con 329 millones de metros cúbicos, cantidad que, de nuevo, solo sobrepasan las cifras récord de la catástrofe que vivió Lanzarote: 1.000 millones de m3.

Aunque el resultado final en materia de protección civil fuera casi inocuo, la erupción del Tagoro comenzó con dos sobresaltos: una potente crisis sísmica (más de 10.000 terremotos en los 80 días previos) que provocó derrumbes del terreno en los escarpados acantilados interiores de El Golfo, en el norte de El Hierro, y luego obligó a evacuar a un pueblo entero, a los más de 500 vecinos del puerto de La Restinga, el más cercano al volcán.

UN SISTEMA CENTRADO EN LOS INCENDIOS

En Canarias, el sistema de Protección Civil y Emergencias de las islas estaba entonces -y hoy- muy escorado hacia la catástrofe natural que sufren cada verano, los grandes incendios forestales, con un sistema de auxilio mutuo entre islas que se activó con la erupción, y un refuerzo habitual, la Unidad Militar de Emergencias.

Pero esos equipos no estaban preparados para la novedad que llegó con el volcán Tagoro: trabajar de la mano, en igualdad de condiciones, con un comité científico, como reconocía hace unos días a Efe un destacado responsable de Emergencias de Gran Canaria.

En realidad, estaba previsto en un plan aprobado solo un año antes, el 1 de julio 2010, de siglas ya conocidas incluso fuera de Canarias: el "Plan Especial de Protección Civil y Atención de Emergencias por riesgo volcánico en la Comunidad Autónoma de Canarias", el famoso Pevolca que ahora marca la pauta en La Palma.

En El Hierro, científicos y agentes de emergencias comprobaron ya que hablaban lenguajes distintos, pero también que estaban condenados a entenderse. A un jefe de bomberos, le exaspera que cuando pregunte dónde es más urgente evacuar ante un potencial riesgo para la población, un geólogo le conteste con una lista de probabilidades. Pero la vulcanología maneja esos códigos, no hay certezas.

Sin embargo, en El Hierro consiguieron encajar. Y en La Palma la conexión entre ambos mundos ha sido mucho mayor. Según ha reconocido públicamente el presidente del Gobierno de Canarias, Ángel Víctor Torres, cuando el sábado 18 y el domingo 19 se apretó al comité científico para que dijera dónde podía producirse la erupción de Cumbre Vieja, que parecía ya inminente por la sucesión de seísmos casi superficiales, dio un pronóstico que "falló" en solo 300 metros. Todo un hito en la vulcanología española.

LA EVACUACIÓN DE LA RESTINGA

Por eso en la mañana del 19 de septiembre, la evacuación de los barrios más cercanos al volcán que estalló ese día a las 15.12 horas ya estaba en marcha, cuando no completada en el caso de los vecinos de mayor edad y todos aquellos con problemas de movilidad.

Diez años antes, cientos de vecinos tuvieron que salir a toda prisa de La Restinga y pasar días fuera de sus casas porque el comité científico se temía una erupción surtseyana, una modalidad muy explosiva que se produce cuando un volcán se acerca tanto a la superficie del mar, que el agua ya no puede contener con su peso los gases volcánicos, sino que directamente les añade potencia.

Pero las relaciones en el comité científico tampoco fueron del todo pacíficas. Unos años antes, en 2004, el Consejo de Ministros había encomendado las competencias sobre vigilancia volcánica en toda España al Instituto Geográfico Nacional (IGN), cuando el principal riesgo volcánico está en Canarias y las islas tenían un instituto propio para esas funciones, el Involcán.

De ese desplante al Involcán se derivaron tensiones entre ese organismo y el IGN que en El Hierro fueron evidentes, muy por encima de la mera competencia entre investigadores con intereses divergentes y hasta con dos redes sísmicas distintas sobre el mismo territorio.

Entonces, tenían como compañeros al CSIC y la Agencia Estatal de Meteorología. Ahora también colaboran dentro del comité con el Instituto Geográfico y Minero de España (IGME) y el Instituto Español de Oceanografía, cuyo papel imprescindible en la vigilancia del vulcanismo en islas se puso de manifiesto en El Hierro.

Los grandes perjudicados de aquella erupción fueron los pescadores y los clubes de buceo (el Mar de Las Calmas es uno de los destinos más cotizados del mundo para ese deporte), que vieron suspendida su actividad durante meses. Luego, resultaron recompensados por un fenómeno de fertilización natural de esa zona del océano inducida por el volcán que derivó en una explosión de vida en Las Calmas.

Los otros grandes beneficiados por el legado de Tagoro fueron los investigadores del IGN, Involcán, el IEO y las dos universidades canarias, que protagonizaron la primera erupción submarina monitorizada en directo de principio a fin en el mundo y le sacaron un amplio rendimiento, en forma de relevantes artículos científicos.

Mientras, la población de El Hierro se acostumbró al volcán, sin alarmismos, sin sobresaltos. Lo resume una anécdota que vivieron varios periodistas enviados a la isla el 8 de noviembre de 2010: media docena de reporteros intentaban enviar desde el bar El Mentidero, en El Pinar, el lugar más cercano con enchufes eléctricos y cobertura de móvil, sus crónicas e imágenes del impactante momento en el que el mar comenzó a hervir y una enorme emisión de gases formó burbujas de varios metros, salpicadas de piroclastos humeantes.

Alrededor, los lugareños, la mayoría jubilados, sobrellevaban la sobremesa jugando al dominó en cuatro o cinco mesas. Solo levantaron la vista cuando, en la televisión, la presentadora de un informativo nacional les intentó contar lo que había ocurrido en "La Respinga". EFE

jmr/spf/cdp