EFEMiguel Calero El Paso (La Palma)

La comarca este de La Palma ha amanecido este domingo cubierta de la ceniza del volcán en Cumbre Vieja, nacido hace una semana en la vertiente oeste de la isla.

Las principales vías se han cubierto del fino polvo volcánico que viaja llevado por el viento a kilómetros de distancia. Y aún así es la forma más amable que muchos palmeros que no están directamente en la zona afectada tienen de enfrentarse al volcán; eso y los estruendos que se perciben desde las entrañas en cada erupción. En El Paso es distinto: se percibe la desolación de unas calles desiertas cubiertas de cenizas; se percibe un sordo silencio, solo roto por los bramidos del volcán.

Una semana después, vivir con el volcán comienza adquirir cierto sabor de normalidad resignada. "Por mucho que haya vivido el otro volcán. el Teneguía, no me acostumbro al rugir de este", relata Jorge González, vecino de El Paso, que confiesa que no puede dormir por el miedo que le provoca el incesante ruido volcánico.

Caminar una mañana cualquiera por las calles de El Paso antes del volcán era descubrir una pequeña población de gente amable, viva, con sus charlas cotidianas. Era ver al animado grupo de mayores sentados en el banco próximo al hipermercado echando bromas y recordando felices épocas pasadas.

Pero este fin de semana, la experiencia para un periodista local se envuelve de tristeza. El banco está vació. Se percibe la desolación de unas calles desiertas cubiertas de cenizas; se percibe un sordo silencio, solo roto por los bramidos del volcán.

Pocos establecimientos están abiertos y en los que lo están el silencio es aún mayor. En los bares y cafeterías, los de aquí, los de La Palma, apenas hablan. Se percibe cierto duelo por aquellos que lo han perdido todo bajo la lava del volcán.

"Son vecinos, amigos, desconocidos, en definitiva palmeros, de los nuestros", comenta la camarera de una de las pocas cafeterías que están abiertas y en la que los trabajadores de los medios de comunicación desplazados se apresuran a comer algo para continuar sus labores.

Carmen es una de esas personas que lo han perdido todo. Quizás representa a aquellas que con la constancia de la fuerza de los palmeros seguirá adelante luchando, porque sigue trabajando en su dulcería.

Unas amigas entran al local, intentan animarla. Su casa quedó sepultada por la lava el primer día del volcán. Carmen está allí, trabajando, llena de fuerza y esperanzas por continuar con su nueva vida. Al salir de la dulcería, hay una humilde hucha para recaudar dinero para los damnificados.

En la calle, tres taxistas hablan. Uno de ellos muestra en su teléfono móvil la última grabación del dron de la Unidad Militar de Emergencia. "Ya se la llevó, hace un rato", dice. "La casa, la huerta... lo enterró todo", repite Antonio, taxista de El Paso que ahora vive en una autocaravana.

Recorrer los lugares de esta catástrofe natural es duro para el periodista local, pues a cada paso hay historias similares y son tus vecinos. Son muchos proyectos de vida sepultados por este volcán dañino y sin nombre.

"Para los que ya conocen el triste devenir de sus fincas o viviendas no hay consuelo ni promesas que en estos momentos alivien su dolor", dice María, una joven que junto a otras amigas colaboran como voluntarias en el Pabellón Camilo León de Los Llanos de Aridane. "He visto el rostro desencajado de estas gentes, y es muy duro".

Sigues caminando por las aceras de la ciudad llanense, pisando sobre la ceniza que ha traído el viento que lo inunda todo y que tan incómodo te hace sentir, a pesar de que sin duda es la forma más amable de enfrentarse al volcán. EFE

10103819

mcp/acp