EFEGema González Santa Cruz de Tenerife

Aunque gran parte de la población de Canarias aplaude el endurecimiento de las normas de prevención de la covid-19 ante el aumento de contagios, basta con caminar por el centro de Santa Cruz de Tenerife y cruzar una no muy concurrida calle Castillo, para empezar a detectar infracciones.

La estampa más común quizá sea la mascarilla mal colocada. O bien por debajo de la nariz o bien sobre el cuello. Aunque también destacan las mascarillas complemento: anudadas con descuido sobre las muñecas y codos de los viandantes o sujetas por los cordones elásticos como si fuesen cestas.

De camino a plaza de España, muchos dedican la mañana a pasear, correr, ir de compras, descansar en una terraza, montar en bicicleta o sacarse fotos junto al letrero de la ciudad.

El gesto de bajar la mascarilla al salir de un comercio, o de subirla en caso de estar entrando, se repite ininterrumpidamente. De hecho, muchos se afanan en reproducirlo al recibir una llamada telefónica o mandar un audio por Whatsapp.

En un pequeño parque de la capital, tres niños juegan al cobijo de la sombra de los árboles. Solo uno de ellos lleva mascarilla, aunque de nuevo, esta reposa sobre su cuello.

Más adelante, un grupo de taxistas charla y desayuna en corro bajo el toldo de un kiosko. Ninguno lleva puesta la mascarilla (o en su defecto, está mal colocada), y tampoco mantienen la distancia física de seguridad.

A unas pocas decenas de metros, Javier (nombre ficticio) acaba de encender un puro. Está sentado en un banco, premeditadamente alejado de la gente.

El hombre, de unos 60 años de edad, asegura a Efe que lo suyo es un "mal vicio" pero que el Gobierno canario ha hecho bien en prohibir fumar en espacios públicos, en cerrar el ocio nocturno y en imponer el uso obligatorio de la mascarilla.

Javier, que trata de visitar lo menos posible a sus dos nietos, insiste en que "la salud está por encima de la economía" e, incluso, se muestra convencido de que las instituciones deberían planificar un nuevo confinamiento si se quiere evitar un rebrote masivo.

En el extremo opuesto se encuentra Manuel (también nombre ficticio), que fuma despreocupadamente en una parada de guagua. El hombre mantiene que la culpa es de la juventud, "y de sus fiestas y botellones", así como del fútbol, cuya reanudación ha desencadenado "reuniones y celebraciones multitudinarias", alega.

Manuel pide, incluso, que el Gobierno decrete el confinamiento exclusivo sobre las personas de 30 años o menos, pues "son los ellos que han provocado esta situación", remarca.

Elena, por su parte, estudiante de la Universidad de La Laguna (ULL), reclama que no se meta a todos los jóvenes en el mismo saco, aunque también lamenta que, "después de todo lo que ha pasado", siga existiendo cierta "falta de concienciación y respeto" hacia los grupos de personas más vulnerables.

La estudiante reconoce haber aplaudido las nuevas restricciones impuestas por el Gobierno de Ángel Víctor Torres, pero se muestra escéptica y confiesa que no confía en que la población vaya a cumplirlas. "Parece que a algunos hasta les hace gracia saltarse las normas", critica.

En esta misma línea se manifiesta María, de 56 años, quien asegura que algunos, como son jóvenes, "se creen libres de todo". "Es la típica mentalidad de a mí nunca me va a pasar nada, y si me pasa, soy fuerte", remata.

Después de que Canarias superara ayer los 600 casos activos por la covid-19, el archipiélago afronta esta semana su primer retroceso en meses.

La mayoría de la población coincide en que el uso obligatorio de las mascarillas no controlará el número de rebrotes por sí solo, motivo por el que apelan, una vez más, a la responsabilidad ciudadana.

El problema es que aquellos que apelan a la responsabilidad individual también lo hacen con la mascarilla por debajo de la nariz, o la depositan sobre sus cuellos a los pocos metros de reivindicar sensatez. EFE

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