EFEJosé María Rodríguez Las Palmas de Gran Canaria

Lleva toda la vida huyendo: con 15 años su familia la casó a la fuerza en Costa de Marfil con un hombre con dos esposas más, que triplicaba su edad y del que escapó en cuanto pudo, luego cayó en las redes de los traficantes de personas en Marruecos, en un error que le costó la vida de su hija, y ahora la persiguen en España por plantarles cara.

Es la vida de R., la testigo protegida que ha sentado en el banquillo en la Audiencia de Las Palmas al último eslabón del grupo de traficantes que la subió a palos a una patera, los responsables de que su hija Sephora, de 13 meses, muriese ahogada a 20 metros de la costa de Gran Canaria junto a dos mujeres más.

"Mi vida... no sé como explicar mi vida. Es complicada, por todo lo que he pasado. Me he echado muchos enemigos aquí, porque fui quien avisó a la Policía sobre esa persona. A raíz de eso he sufrido mucho acoso", relata a Efe R., en referencia al patrón de la patera que la trajo a Canarias el 16 de mayo de 2019.

El final de su viaje a las islas fue trágico, como tantos otros, pero el suyo lo acaba de juzgar un tribunal que ha condenado a ocho años de cárcel al ciudadano marroquí Abdallah W., el individuo que despreció varias playas del sur de Gran Canaria donde el desembarco parecía seguro para evitar a la Policía y que acabó enfilando la patera hacia una zona rocosa en la que encalló.

La barca golpeó con violencia los fondos de la playa de Las Marañuelas, cerca de Arguineguín, y varios de sus ocupantes cayeron al mar. Abdallah W. saltó al agua antes de la colisión y dejó a su suerte al grupo de subsaharianos a los que transportaba, una veintena de personas que llevaba casi cinco días sin moverse y que se hundieron como piedras cuando la patera volcó.

R. intentó ayudar a su amiga, para ella su hermana, que se ahogó en instantes delante de ella. Y en ese trance, en medio del caos, del braceo desesperado y de los gritos de auxilio de los que habían caído al mar, su bebé se le deslizó al agua desde el pañuelo con que las madres africanas transportan a sus criaturas pegadas al cuerpo.

VIVIR CON TERROR

A sus 27 años, la joven marfileña está aterrada. Accede a ver a un reportero de Efe el 10 de septiembre, la víspera de que comience el juicio contra el responsable de la muerte de su hija y de su hermana, aunque esta entrevista no se ha publicado hasta que se ha dictado sentencia, este miércoles, por respeto al tribunal.

La cita tiene lugar en una de las sedes en Gran Canaria de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), organización en la que confía, porque la ayuda desde que llegó. Pero la conversación se interrumpe cada dos por tres, siempre que alguien más pasa por delante del cuarto donde tiene lugar. R. no se fía.

"Tiene muchísimo miedo. A su pareja, que está en Marruecos, ya le han dado una paliza por hablar. No sé hasta qué punto se la ha protegido como es debido", reconoce a Efe la juez Pilar Barrado, la primera que la interrogó en los juzgados de San Bartolomé de Tirajana, al investigar el vuelco de la patera.

Cuando se le pregunta por qué se fue de Costa de Marfil, la joven se remonta a los 15 años. Su familia la sacó del colegio para casarla con un hombre de 42 que tenía dos esposas más, al que no quería y que la dejó embarazada a las primeras de cambio. Fue su primer hijo.

Terrible, pero nada fuera de lo común en un país donde a un tercio de las niñas las casan antes de la mayoría de edad y donde el 28 % de las mujeres vive en uniones polígamas, aunque esa práctica esté prohibida en sus leyes desde 1964, según un informe de la ONU. A mujeres como ellas, las amparan las leyes europeas de asilo, pero la mayoría no lo sabe y a pocas las informan cuando pisan Canarias.

"Yo no había pensado venir aquí, porque tengo muchas amigas que murieron en el mar. Me daba miedo subir a una patera y morir. Yo trabajaba para comprar un pasaje en un barco de pasajeros, no en una patera, pero era mentira", relata.

PALABRAS DE AZÚCAR

Como tantos otros subsaharianos, R. acabó en Dajla, en el Sahara Occidental, donde se ganó la vida en los frigoríficos de empresas congeladoras de pescado. Un trabajo duro, pagado a poco más de euro la hora, pero se trababa de sobrevivir hasta que llegara el viaje.

Un día la llamaron, hora de embarcar: "Fui hasta el lugar que me dijeron, pero cuando llegué, allí no había un barco, sino una patera. La vi acerarse y dije que no, que yo no iba ahí, pero me respondieron que era obligatorio, que subiera, para que no avisase a la Policía. Me cobraron 1.500 euros, por mí y por la niña".

Por si acaso el instinto de supervivencia le hacía echarse atrás, la golperaron con un palo en la espalda y la amenazaron con un cuchillo; así que, de repente, R. y la bebé Sephora se vieron a bordo de una patera con una treintena de personas más, sin agua ni provisiones, porque a todos les dijeron que no compraran comida.

"Había muchas personas, es un negocio. Sin preguntas, solo dinero. (...) El mar fue muy duro, muy, muy duro. No puedes dormir, el agua entra dentro, no puedes hablar, no hay comida...", explica R., pero se emociona y no puede seguir con esa parte de su relato.

"La patera... esa palabra no quiero ni oírla", continúa, "si quieres venir, toma un avión y consigue una visa. Es mejor que la patera. La gente te vende el viaje con palabras llenas de azúcar, pero cuando llegas al mar, no hay barco, es patera".

R. asegura que, durante el viaje, varios compañeros y ella recibieron amenazas y golpes del grupo que gobernaba el barco. La mayoría no sabía nadar y algunos habían recibido de sus traficantes de personas unos chalecos salvavidas que no merecían tal nombre.

Eran falsos, chalecos "ful", como los describió uno de los policías durante el juicio celebrado en la Audiencia de Las Palmas tirando de argot callejero.

LA NIÑA QUE NO FUE UN NÚMERO

"Vi como mi hermana moría delante de mí, en la playa", solloza, "no sabía nadar. Nadie nos ayudó". Al rememorar esa noche, R. apenas habla de la hija que llevaba a la espalda. Le dolerá siempre.

Eso ocurrió el 16 de mayo de 2019, en la playa de Las Marañuelas. Su historia llegó al día siguiente a oídos de la juez de guardia en San Bartolomé de Tirajana, Pilar Barrado, pero no por los cauces oficiales, sino por un policía local, voluntario de Cruz Roja en sus horas libres y habitual en la recepción de las pateras en el muelle de Arguineguín, que le contó: "Señoría, es terrible, anoche se ahogaron tres personas aquí cerca, una de ellas una bebé".

Cuando la jueza llamó a Comisaría le respondieron con cierto desdén: "Bueno, eso dicen ellos, ya sabe que a veces se inventan cosas para que no les expulsen, cadáver no hay ninguno", recuerda Pilar Barrado.

"Me traen a la madre de la niña al Juzgado ya", ordenó la juez. "¿Pero ¿cuál es, señoría?", repuso alguien al otro lado de la línea, alegando que en Comisaría había nueve mujeres. "Pues se fija usted en una que no ha dejado de llorar desde anoche, ¡esa!", zanjó la magistrada.

Dos de los ahogados aparecieron en las horas siguientes: una mujer y la bebé Sahé Sephora Penielle, la primera víctima de las pateras a la que entierran en Canarias con su nombre y apellido tras 26 años conviviendo con este fenómeno. Para gente como ella, en las islas siempre ha habido tumbas anónimas, todo lo más con un número.

No habían pasado ni doce horas del vuelco de la patera. R. nunca ha sabido lo cerca que estuvo de ser imputada por homicidio imprudente por la muerte de su pequeña, pero la salvaron la empatía de varios servidores públicos y las marcas que la médico forense observó en su espalda, que acreditaban que la subieron a golpes.

Año y medio después, la jueza que instruyó el caso ya no trabaja en Canarias, ni lleva asuntos penales, aunque no olvida las pateras, le marcaron. Hace más de un mes sonó su móvil, era un wasap de R.: "Yo sé que me voy a morir, Pilar. Por favor, cuídame". EFE

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