EFEJosé María Rodríguez Las Palmas de Gran Canaria

Cuando llevas más de una semana muriéndote de sed, a merced de las olas y el sol, viendo como algunos de tus compañeros de patera se consumen hasta no volver a despertar y te rodea un océano, debe de ser muy difícil no sucumbir a la tentación de beber unos sorbos de agua salada.

Primero uno, luego otro, y otro... por un momento te alivian, pero la sal hace que te deshidrates más rápido aún y te lleva al delirio. Quizás fue eso lo que les pasó a cinco de los 27 jóvenes africanos que iban a bordo de la barquilla perdida durante dos semanas a 800 kilómetros al suroeste El Hierro, en un lugar a medio cambio entre Canarias y Cabo Verde rumbo a ninguna parte, donde ya solo queda por delante un infinito desierto azul, o quizás simplemente perdieron el último atisbo de esperanza y por eso se tiraron al mar. Sin más.

Al día siguiente de recoger a los supervivientes de esta tragedia, el capitán del Unisea, un carguero que venía a Canarias en ruta desde Nigeria, informó por radio a las autoridades españolas de que algunos de sus marineros iban a necesitar ayuda psicológica al llegar a Las Palmas de Gran Canaria, su puerto de destino.

Dos helicópteros del Ejército del Aire acaban de llevarse del barco al hospital de El Hierro a los ocho náufragos que peor estaban. A bordo del Unisea quedaban once jóvenes exhaustos y el cadáver de un hombre que pereció en cubierta, estando ya a salvo.

Cuando el lunes 10 de febrero, los once supervivientes que transportaba el mercante comenzaron a descender desde la cubierta al muelle, todo el mundo entendió la razón. Los chicos venían deshechos, apenas podían caminar esos diez metros, ni siquiera sostenidos por dos voluntarios de los servicios de emergencia. Difícil no conmoverse con la imagen de esos rostros y más difícil aún no quedar afectado si has cuidado de ellos casi dos días.

DE VUELTA A LA RUTA ATLÁNTICA

Pero hay historias más terribles que cualquier imagen, historias que remueven los peores miedos de cualquier marinero. La de estos 27 jóvenes -Alía, Mabinty, Mariam, Abdoulaye, Djibril, Eliza, Sylla...-, varios de ellos adolescentes aún, comenzó en Dajla, en el Sahara Occidental, el 25 de enero, y la tripulación del Unisea seguramente la escuchó de boca de sus protagonistas.

En los alrededores de la antigua Villa Cisneros, miles de inmigrantes de Mali, Guinea Conakry, Costa de Marfil, Sierra Leona o Senegal esperan su oportunidad para subirse a una patera, a un cayuco, a una neumática, a lo que sea. Desde que se cerró la vía del Mediterráneo por el Estrecho y el Mar de Alborán (donde el flujo de inmigrantes cayó a la mitad en 2019), la cifra de los que ven a Canarias como la puerta al sueño europeo no para de crecer.

Las ONG reiteran una y otra vez que no es cosa de "efectos llamada". Manda el efecto salida, y en África no faltan los motivos para emigrar. Si una ruta se cierra, ellos buscan otra; pasó antes, en la crisis de los cayucos de 2006, y vuelve a ocurrir.

Desde Dajla hasta la "frontera" europea más cercana en línea recta, la punta de Maspalomas (Gran Canaria), hay 450 kilómetros. Eso son de dos a tres días de navegación contra un viento que empuja hacia el suroeste, el Alisio; mucho riesgo, sobre todo con barcas y motores que no están preparados para océano abierto.

Pero es probable que muchos ni lo sepan, si se tiene en cuenta que algunos de los jóvenes acogidos en el albergue de Tefía, en Fuerteventura, la segunda isla con más llegadas, preguntan estos días a los vecinos de la zona dónde se coge la guagua a Barcelona.

CUATRO PATERAS EN UNA NOCHE

La noche del 25 de enero cuatro pateras salieron casi a la vez desde esa ciudad del Sahara con una treintena de personas a bordo cada una. Tres fueron interceptadas por la Marina Marroquí, según la información que maneja la ONG Caminando Fronteras. Probablemente los ocupantes de esas tres barquillas maldijeran su suerte, porque no es sencillo reunir el dinero que las mafias cobran por el pasaje.

La cuarta siguió adelante, sin que se supiera nada más de ella. Transcurridos cuatro días, los familiares comenzaron a inquietarse. El sábado 1 de febrero, la situación era ya desesperada.

La ONG hizo pública una alerta esos días, porque los familiares no dejaban de llamar por teléfono, barruntándose lo peor. Era el caso de un chico con sus dos hermanos mayores a bordo de esa barquilla que ya ni se atrevía a preguntar. "Es que sé que me vas a decir que no. No te voy a preguntar para que no me respondas que aún no han llegado", le dijo a Helena Maleno, de Caminando Fronteras.

No era la primera ni será la última patera que se esfuma con las vidas de todos sus ocupantes en esta zona del Atlántico, en este flujo constante cuya naturaleza clandestina hace imposible pedirle a nadie una lista de embarque de los que salen, sobre todo cuando no llegan. Solo en diciembre de 2019, se perdieron tres barcas de ese tipo en el entorno de Canarias con unas 75 personas.

Así que cuando el domingo 9 de febrero, a las 8.01 horas de la mañana, el Ejército del Aire publicó en Twitter que dos helicópteros de su Servicio de Búsqueda y Rescate (SAR) iban a por 20 inmigrantes encontrados muy al sur de El Hierro, los móviles volvieron a sonar. Podía ser la patera del 25 de enero, pero también cualquier otra.

UN RESCATE AL LÍMITE

Las horas siguientes fueron tensas, porque no transcendió ni solo un dato de identidades. Solo se supo cómo había sido el rescate: la patera había sido avistada por un pesquero marroquí, el Batiola, que reclamó ayuda, ya que le resultaba imposible el rescate.

Acudió el Unisea, un carguero de 130 metros de eslora, y fue necesario el apoyo de un tercer barco aún mayor, un portacontenedores de 300 metros, para que hiciera de pantalla al viento y las olas, porque cualquier movimiento brusco podía mandar a pique la patera, o reventarla contra al casco del Unisea.

Los supervivientes no coincidían en sus relatos en cuánto tiempo llevaban en el mar, sin motor, sin agua, sin comida. Decían tantos días, que era materialmente imposible. Los servicios de emergencia dedujeron que debían de ser de 10 a 15 días, pero a todos les quedó claro que la espera se hizo eterna, insoportable, para aquellos que aún esperan algo, claro, porque estaban todos al límite físico de la supervivencia... y saliéndose de las rutas marítimas.

De que les quedaba ya poca resistencia, da testimonio el hecho de que dos de los rescatados murieran en cuestión de horas: un hombre tras ser izado al Unisea y la mujer que fue evacuada en helicóptero al Hospital Nuestra Señora de La Candelaria, en Tenerife. Pero habían empezado a morir mucho antes, cuando perdieron el rumbo.

Porque eso fue lo que parece que les pasó, según los supervivientes, que se perdieron. Y ya no hubo remedio. Con el paso de los días se fueron apagando poco a poco. Dos de los ocupantes de la patera, un hombre y una mujer, murieron y sus compañeros arrojaron sus cuerpos al mar. Otros, literalmente enloquecieron.

El drama de los náufragos a la deriva es tan antiguo como la navegación misma, incluso ha inspirado obras capitales de la literatura, como "Moby Dick", basada en la historia real del ballenero estadounidense "Essex". Pero en este caso sus protagonistas no son marineros veteranos, sino jóvenes sin noción alguna de navegación, que en su mayoría no saben ni nadar.

LA DESESPERACIÓN DEL ÚLTIMO SALTO

Probablemente por eso su relato sacudió a los marineros del Unisea hasta el punto de que su capitán pidiera la ayuda de un psicólogo para ellos cuando llegaran a puerto, al que finalmente renunciaron, porque las aguas se calmaron a bordo de camino a Las Palmas.

Mientras los supervivientes descendían al muelle de León y Castillo en puerto de La Luz, desde Tánger (Marruecos) el colectivo Caminando Fronteras pedía a todo el que pudiera facilitárselas fotos de los náufragos o cualquier otro detalle que pudiera ayudar a establecer que era la patera del 25 de enero, como suponían.

En los días siguientes varios familiares creyeron identificar en las imágenes periodísticas de ese instante a algunos de los chicos de la patera perdida. "Cuidado, están tan desesperados, que 'quieren' reconocer a su gente entre los supervivientes", advertían sus interlocutores.

El viernes 14, trascendía que un juez había enviado a prisión a dos de los supervivientes de la patera por sospechar que eran patrones de la embarcación. ¿Los cargos? Varios homicidios, hasta nueve. Se verá con la instrucción, pero el detalle completaba el puzzle. Eran 27 personas a bordo. Y habían salido el 25 de Dajla.

"Son ellos", zanjaban desde Caminando Fronteras. Faltan nueve de los que zarparon juntos hace tres semanas hacia el sueño europeo. Cuatro murieron de hambre y sed. Cinco perdieron toda esperanza después de días consumiéndose y quizás con el juicio nublado por un delirio, o quizás completamente lúcidos, saltaron al mar. EFE

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