EFEJosé María Rodríguez Tazacorte (La Palma)

Solo quien ha afrontado una mudanza por su cuenta sabe lo agotador que puede resultar esa faena por liviano que uno pensara que iba a ser empaquetar su vida en dos o tres días. Si la tarea consiste en vaciar en una mañana una casa de dos plantas habitada durante tres generaciones con la angustia de que quizás desaparezca, la cosa requiere de un milagro.

Pero, en La Palma hace tiempo que la solidaridad los obra a diario. Hace ya un mes que cada vez que suena la amarga orden de evacuar, familias en estado de shock se ven rodeadas de camionetas, furgonetas y brazos amigos, de ayuda que llega de familiares, de vecinos, también de gente que solo pasaba por allí y, con mucha frecuencia, de un ejército de uniformes de todos los colores.

Es la historia que acaba de vivir Tadeo, al que el miércoles por la noche le sorprendió en Los Llanos la orden de que todos los vecinos de San Borondón, en Tazacorte, abandonaran de inmediato sus viviendas, porque jamás pensó que las coladas iban a llegar hasta allí, a la casa que construyeron sus abuelos y habitaron durante media vida sus cinco hermanos y él, rodeados de fanegas y fanegas de plataneras, como casi todo en el Valle de Aridane y aledaños.

"No piensas que vayas a tener que vaciar la casa donde te has criado con toda tu infancia", confiesa a Efe Tadeo, sentado ya al volante de una furgoneta, a todas luces sobrecargada, a la que siguen dos camionetas con sofás, tresillos, camas, colchones, mesas, jarrones, macetas... Todo lo que allí había hasta hace unos minutos.

Comienza a caer el sol. Ha pasado con creces la hora que las autoridades habían marcado como límite para vaciar las casas en el primer día siguiente a su evacuación, pero los dos agentes de Policía que vigilan el puesto de control de entrada a la zona excluida, a cinco metros de la puerta de Tadeo, son compresivos. "Terminen, tómense más tiempo si hace falta", le dicen al grupo.

En realidad, están rematando, la casa estaba ya casi lista para afrontar desnuda su suerte, o su desgracia. Ha sido cosa de una mañana: Tadeo llenó la primera furgoneta con enseres, los llevó a una nave de su cuñado y a su vuelta se emocionó con la sorpresa.

Ya no se les ve, pero por allí ha pasado una brigada que, a su pesar, ya tiene callo en vaciar casas: bomberos, agentes forestales de la BRIF de Medio Ambiente, soldados de la UME... profesionales que hace tiempo que comprendieron que, como no hay forma humana de apagar un volcán ni de frenar una colada ardiente, lo suyo es ayudar a otros a apartarse. A ellos y a sus recuerdos, animales y enseres.

Así que Tadeo lo tiene claro: "Quiero aprovechar para agradecer a los bomberos, a la BRIF, a los de la UME, a todos los voluntarios que han venido a ayudar, porque en una mañana hemos quitado todo gracias a esa gente", dice cuando un reportero le pregunta cómo lo ha hecho, si se ha visto obligado a dejar algún recuerdo atrás.

"Sinceramente, creo que el Gobierno debería darles un gran premio, porque lo que están haciendo aquí la gente lo va a agradecer un montón", remarca, con la emoción a flor de piel.

A su madre, esta evacuación la ha sorprendido fuera de casa, de visita en la península. Y lo está viviendo con angustia, dice Tadeo: "No pensábamos que (la colada) llegase tan al norte, mejor que se hubiera quedado donde al principio, que siguiese ahí, pero claro, cada día más al norte, más al norte, más... ¡buff!", exclama.

Ahora que se marcha de San Borondón, otro barrio más vacío en La Palma, Tadeo asegura que solo espera que "la lava se quede donde está, que no afecte a nadie más, que se una con la otra y se vaya al mar de una puñetera vez". "Perdonen, es que...", se disculpa.

Parece que no puede seguir, pero antes de despedirse se explica: "Es la casa que construyeron mis abuelos, la casa que terminó mi madre, donde pasamos la niñez mis cinco hermanos y yo. Es mucho". EFE