EFEValladolid

Castañas de la Vera, miel de la Alcarria, botijos de Tierra de Barros, y queso de Campos voceaban hace no tanto en pregones cantarines los vendedores ambulantes que paseaban sus mercancías por los mercados de España, ahora recordados a través de una exposición coordinada por el etnógrafo Joaquín Díaz.

La eufonía, ritmo y sones pegadizos de esas melodías remiten a las modernas técnicas de mercadotecnia que utilizan las empresas para colocar sus productos, entonces verduras, hortalizas, carne, cascajo (frutos secos), fresco (pescado) y fruta de temporada cuya procedencia delataba el acento de los voceadores.

Del campo a la plaza de abastos, de la tierra a los mercados al aire libre resguardados en soportales, del polvo del camino al ruido de las ciudades, los vendedores ambulantes ofrecían su mercancía siempre en el mismo puesto para asegurar su localización o bien a domicilio como hacían los afiladores, piñoneros o carboneros.

"Vendiendo en la calle" es el lema de la exposición organizada por la Fundación Joaquín Díaz, promovida por el Ayuntamiento de Valladolid y que permanecerá hasta el 25 de agosto en la Casa Revilla donde este viernes ha sido inaugurada con la presencia de su coordinador, el musicólogo y etnógrafo Joaquín Díaz.

"Es un homenaje al vendedor ambulante, que sigue existiendo, un guiño a la fotografía histórica, que nos muestra bastante más de lo que se puede apreciar, y un recuerdo a los gritos y pregones del género", bien timbrados y adobados con el acento y gracejo que facilitaban su identificación, ha precisado Díaz.

¡Al buen te de campo!, ¡a la rica pescadilla!, ¡a perrilla naranjonas!, ¡laurel para el chocolate! se escuchaban por las calles y mercados como el del Val y Campillo o los instalados en los soportales de las plazas Mayor y del Ochavo, así como en la calle de Cebadería, según se aprecia en las fotografías.

Al menos desde el siglo XV se tiene referencias documentales de la venta ambulante mediante sucesivas normativas en forma de actas del concejo u ordenanzas de la capital sobre pesos y medidas y la ocupación de la vía pública de los puestos, ha precisado.

De la tradición y solera de esta actividad, basada en el trato físico y caracterizada por la itinerancia, da cuenta una serie de grabados populares expuestos, perteneciente a la colección de Miguel Gamborino, nacido en Valencia en 1760 y que bajo el título genérico "Los gritos de Madrid" comenzó a divulgar, en forma de láminas, a finales el siglo XVIII.

Puertas y escaparates, los puestos, los productos, el reparto a domicilio y los útiles de medidas recorre este muestrario donde sobresale una pequeña colección de pesos, balanzas, cacharros, envases y otros enseres como mantas o lonetas donde se extendía la mercancía.

Entre la mezcla de gente, olores y sonidos intercambiados entre ambulantes y clientes, sobresalían los charlatanes, vendedores de ocasión que empleaban su ingenio y dotes de persuasión para embaucar voluntades y colocar, por regla general, artículos no comestibles y tampoco de primera necesidad como los relojes que en los mercados de Valladolid y de distintos puntos de España vendía León Salvador.

"Merecería un monumento en algún lugar de Valladolid. Ha sido uno de los comunicadores orales más famosos de la España del siglo XX que recorría por todas sus ferias", ha precisado Joaquín Díaz. EFE