EFEValladolid

Llega la hora de la cena en la residencia universitaria de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús de Valladolid y nadie agacha la mirada para ojear el móvil, ya que estos reposan desde hace horas en una caja con un fin solidario: canjear kilos de comida por cada hora de desconexión que logren sumar, en su caso, 456 horas.

Las conversaciones fluyen, las caras no se iluminan por el brillo de las pantallas y el acto reflejo de echarse la mano al bolsillo para agarrar el móvil cada vez es menos frecuente, saben que lo hacen por una causa solidaria, pero en el camino también descubren lo que es no depender del teléfono constantemente, es una terapia.

Como si se tratara del filme 'Perfectos desconocidos' (2017), esta residencia universitaria de Valladolid puso esta iniciativa en marcha por segundo año consecutivo el pasado miércoles con un doble fin: "conseguir despegar a las jóvenes de las pantallas de sus teléfonos y lograr con ello un fin solidario", explica la directora de este centro, Cristina Alonso, en una entrevista a Efe.

Fue esta una idea que surgió cuando la propia hija de Cristina, Fátima, sufrió en primera persona los perjuicios para la comunicación que tiene la tecnología cuando intentaba contar una anécdota en una comida familiar y sus hermanos estaban más pendientes de sus teléfonos que de escuchar su historia.

Esta anécdota familiar "encendió la bombilla" de Alonso, también "cansada" de ver cómo "sus niñas", como se refiere a las residentes del centro que dirige, también tenían el hábito de hacer compartir los cubiertos con sus teléfonos.

Por este motivo fue en 2018 cuando la directora del centro decidió poner en marcha la iniciativa 'No seas esclava de tu teléfono'. Un juego de palabras entre el nombre del centro y el fin que persigue la medida que en su primera edición consiguió implicar a 62 de las 77 residentes y sumar 556,4 horas/kilos.

Un montante de alimentos que la residencia donó al cincuenta por ciento junto a la empresa que les sirve la comida -Serunión- al Banco de Alimentos de Valladolid, que el año pasado "acogió encantado" esa donación de más de quinientos kilos de comida.

Aunque en esta segunda edición, el número de horas sumadas ha sido algo menor, el "gran paso" que han dado las residentes ha sido el de difundir el evento entre sus amigos, familiares y compañeros de clase. Ataviadas con una pegatina en la que aparece un teléfono móvil con la señal de prohibido, las residentes colocaron el pasado miércoles esa misma imagen en sus perfiles de las redes sociales a modo de aviso: estaban desconectadas.

AYUDAN PERO TAMBIÉN SE SIENTEN AYUDADAS

En esta iniciativa participó, por ejemplo, Alicia Serrano, de 18 años, estudiante de Óptica y Optometría, que depositó su teléfono en la caja de la desconexión a las 8,30 horas de la mañana y allí lo dejó durante todo el día. Una experiencia "tan positiva" que ni siquiera echó en falta un poco su dispositivo.

"Nuestra vida gira en torno al teléfono y eso es algo muy triste", reflexiona la joven estudiante, quien subraya que saber que con un pequeño esfuerzo como estar sin teléfono un día consigue ayudar a que otras personas dispongan de alimentos es la parte "más gratificante".

Otra Alicia, esta vez Alicia Montero, estudiante de 19 años de Química, dejó el móvil a la hora de la comida, y reconoce que olvidarse del teléfono por una tarde, en cierto modo, fue un "respiro" de los "agobios" de las notificaciones de las redes sociales o de las "numerosas distracciones" que le produce el teléfono mientras estudia.

Y es que, según la encuesta que el centro realizó para valorar esta iniciativa, la gran mayoría de las participantes aseguró que volvería a participar en este día sin móvil, ya que les había permitido disfrutar del sistema más básico de comunicación: el cara a cara. EFE

aam

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