EFERoberto Jiménez Valladolid

Ni enemigos ni excluyentes, al menos en el caso de Miguel Delibes, periodismo y literatura no circularon por carriles paralelos sino que se complementaron hasta el punto de que el narrador encontró en el primero la llave maestra de su quehacer como novelista cuando escribió "El camino" (1950).

Tres semanas, casi sin enmiendas ni tachaduras, empleó en completar una obra maestra donde se encuentra gran parte de Delibes: el niño que veraneaba en Molledo (Cantabria), el dibujante, el novelista, la poética del paisaje, su amor por la naturaleza, la obsesión por la muerte y la complejidad de la vida.

Pero, ¿dónde estaba allí el periodista? Lo insinuó él mismo cincuenta años más tarde durante una de sus últimas intervenciones públicas cuando el 19 de octubre de 2001, a través de una videoconferencia, clausuró el II Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Valladolid.

"Hace más de medio siglo, cuando pergeñaba mi novela "El camino", hice un gran descubrimiento: se podía hacer literatura escribiendo sencillamente, de la misma manera que se hablaba", dijo entonces sobre la difícil sencillez de una hazana que conoció a través de su faceta de informador.

Periodismo y literatura "han sido así en mi vida dos actividades paralelas que se han enriquecido mutuamente", admitió unos años antes, el 26 de junio de 1987, cuando fue investido doctor Honoris Causa por la Universidad Complutense de Madrid, a propuesta de la Facultad de Ciencias de la Información.

"En ese tiempo aprendí tres cosas fundamentales: a redactar, a valorar el alcance humano de la noticia y a facilitar al lector el mayor caudal de información con el menor número de palabras posible", añadió desde ese púlpito sobre tres rasgos que comenzó a aplicar en su narrativa a partir de "El camino": sencillez, concisión y claridad.

Apenas tres años y dos novelas, desde "La sombra del ciprés es alargada" (1948) y "Aún es de día" (1949), hasta "El camino" (1950), tardó en aplicar esa máxima y encontrar su senda literaria como han coincidido en apuntar numerosos estudiosos de su obra, o lo que es lo mismo: soltó la pluma y se fogueó en las urgencias reporteras.

La censura de prensa de régimen franquista, que con la destitución de varios colaboradores y redactores le franqueó el paso en las páginas de El Norte de Castilla como miembro de plantilla, fue su mejor entrenamiento debido a la escasez de papel que obligaba a aprovechar al máximo el soporte informativo: decir lo máximo en el mínimo espacio posible.

Tras una primera toma de contacto con El Norte de Castilla que dirigía Francisco Cossío (1940), Delibes colaboró como caricaturista y crítico musical y cinematográfico (1941), firmó su primera crónica desde Molledo, sobre la caza mayor como actividad deportiva (1942) y se incorporó al decano de la prensa española como redactor de segunda (1944) en el vetusto caserón de la calle de Montero Calvo.

Un año antes, en 1943, había obtenido el carnet de periodista en la Escuela Oficial de Periodismo (EOP) y fue consignado con el 1.176 dentro de un Registro Oficial de Periodistas (ROP) cuyo número 1 llevaba el nombre de Francisco Franco Bahamonde.

"Generalmente los periodistas cuando escriben hacen borradores de literatura y si no llegan a hacer literatura, no es porque adopten un tono especial ni por la estructura de sus trabajos, sino por el apremio con que los realizan", volvió a terciar Delibes en un artículo ("El don de la palabra") publicado en 1991 e incluido posteriormente en su libro "He dicho" (1996).

La urgencia, "con el apremio de los correos" como dijo en otra ocasión, porque los cierres estaban supeditados a los horarios de los trenes nocturnos para la distribución del periódico, fue para Delibes la única diferencia entre uno y otro quehacer.

A la par que le llegaban los hijos -cuatro entre 1947 y 1950- y los libros -tres novelas en ese periodo-, circuló por el periodismo como subdirector (1953-1958), director interino (1958-1960) y director nominal (1961-1963), hasta que la asfixiante censura, que en su día le abrió las puerta del oficio, se las cerró entonces para dedicarse de lleno a la literatura.

Hasta 1977 se mantuvo como delegado del Consejo de Administración en la redacción de El Norte de Castilla, de donde salía por las noches en compañía de José Luis Lera, quien a sus 89 años aún recuerda las caminatas que hacían desde la calle Montero Calvo hasta que cada uno se separa camino de su casa, el primero a escribir y el segundo a cenar antes de regresar al cierre.

"Pero nunca se interesó por los toros, no hacía ningún comentario a las crónicas que publicábamos", ha explicado a Efe el periodista jubilado José Luis Lera Valles, uno de los últimos compañeros vivos del Delibes periodista, que desempeñó la crítica taurina hasta su jubilación, en 1995, cunando se retiró también como jefe de las secciones Nacional e Internacional del periódico.

Pero el Delibes preguntón, inquisitivo y doliente no fue engullido por la novela, sino que continuó hasta el final de su obra con títulos como "Castilla habla" (1986) y "La tierra herida" (2005), cocinados con aroma a papel prensa, ya que en su caso literatura y periodismo fueron prácticamente lo mismo: la cosa quedó en tablas. EFE