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Una residencia de ancianos de la localidad segoviana de Aguilafuente, de unos 600 habitantes, amanece cada día, desde este martes, con más de una decena de colchones colocados en el suelo de las zonas comunes como la sala de terapia o el despacho del director.

En ellos despiertan los catorce trabajadores que han decidido confinarse junto a sus internos para no meter con ellos "al bicho", especialmente virulento en las personas de avanzada edad.

El pasado 6 de marzo, la residencia ya pidió a los familiares que restringieran sus visitas porque aproximadamente un 90 % de estos parientes llegaban de Madrid, Cataluña o País Vasco, principales focos de propagación del coronavirus.

Aquel día, más de una semana antes de decretarse el Estado de Alarma en todo el país, había en España tan solo 345 casos, que ya parecían muchos, y se daba a conocer tres nuevos fallecimientos, dos de ellos en residencias de ancianos, que hacían un total de seis víctimas normales.

Pasaron lo días y los trabajadores acudían a su puestos de trabajo desde sus casas, extremando la precaución, pero viendo a la vez pasar ante sus ojos el aluvión de titulares sobre el aumento exponencial de casos y su gran letalidad en las personas mayores.

El miedo de convertirse en portadores crecía de manera proporcional a las malas noticias, hasta que en una reunión con el personal, se planteó la drástica medida de quedarse allí.

La dirección dejó claro que sería algo voluntario y que cada profesional debía pensarlo bien y, después, comunicar su decisión a la gerencia por privado, para evitar presiones.

A los pocos días, todos supieron que catorce de los veinte trabajadores habían accedido, mientras que el restante se había negado por circunstancias personales. El pasado martes 24, los voluntarios se despidieron de sus familias sin abrazos y salieron de sus casas al centro por última vez.

Una de las confinadas y coordinadora de auxiliares de la residencia, María Jesús Barroso, explica a Efe que esta medida le pareció "correctísima" desde el primer momento, y ahora se siente "muy contenta" y "mucho más tranquila" al saber que está haciendo todo lo que está en su mano.

"Cuando estás en casa, solo escuchas desgracias, y siempre piensas 'a ver qué me voy a encontrar mañana', y de esta forma está todo más controlado", argumenta la profesional.

Hasta ahora no hay ningún caso confirmado en el centro, y solo uno de los 47 internos ha presentado síntomas leves, por lo que permanece aislado, por precaución.

El director de la residencia, Agapito Fernández, aclara en una entrevista a Efe que no pretenden ser un ejemplo, ya que no considera que esta medida les coloque en una situación mejor que la del resto de centros: "No somos héroes ni nada, solo unos humildes trabajadores", insiste.

Sin embargo, hay al menos uno de sus internos que no piensa de la misma forma: "Igual que a los soldados les dan la Laureada, todo el personal de este recinto se merece una matrícula de honor", expresa a Efe Francisco Herrero, de 96 años: "A ver donde ve usted un lugar en el que te hagan este enorme sacrificio", exclama.

El anciano lleva en la residencia desde principios del pasado mes de septiembre junto a su mujer, de 93 años, y ambos permanecerán allí "hasta que nos lleven", en sus palabras.

Según el interno, allí los abuelos están "rodeados de toda clase de normas higiénicas" y los trabajadores están consiguiendo que la vida sea "no feliz, pero de un gran bienestar".

Antes de despedir la entrevista telefónica, Francisco insiste en aclarar un último extremo: "Alabe usted en todo lo que pueda y sepa, porque yo lo sustento, que aquí estamos maravillosamente", subraya, solemne, el anciano. EFE