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El estallido y posterior tsunami provocado por el volcán indonesio 'Anak Krakatoa', con 430 muertos y 22.000 desplazados, ha sido hasta ahora la última gran erupción en la zona más inestable del planeta desde el punto de vista sísmico.

El presidente de la Asociación de Geógrafos Españoles (AGE), el catedrático de la Universidad de Alicante Jorge Olcina, ha relatado a Efe que el estallido el pasado día 22 del Anak Krakatoa ('hijo del Krakatau') en el estrecho de Sonda, entre las islas de Sumatra y Java, originó un deslizamiento de tierra submarino que, a su vez, propició un tsunami que asoló esta parte de la costa de Indonesia.

Las impactantes imágenes de hace una semana del volcán arrojando magma y materia en suspensión, y la posterior devastadora ola marina causante de muerte, se han propagado en los medios de comunicación cuando, en realidad, no ha sido una gran erupción desde el punto de vista histórico.

De hecho, habría hecho falta multiplicar por muchas veces la erupción para que pudiera causar desajustes en la circulación atmosférica, como sí ocurrió con algunos de los volcanes que ocupan la misma zona de Indonesia en el siglo XIX, según Olcina.

El 'Anak Krakatoa' se formó en 1927, solamente unos años después de la erupción del originario y cercano Krakatoa, mucho más potente con 36.000 muertos y que causó desajustes en el tiempo atmosférico en 1883.

Se tiene documentado que éste último tuvo cuatro violentísimas explosiones el 27 de agosto de ese año que se escucharon a 5.000 kilómetros de distancia y que se consideran el sonido más alto registrado, alcanzando los 180 decibelios a 160 kilómetros.

Del mismo modo, se sabe que el tsunami que originó destruyó 295 ciudades y que la gigantesca ola tuvo fuerza para recorrer el océano Índico, doblar el cabo de Buena Esperanza y llegar tras un viaje de 48 horas hasta España y Francia, donde en Rochefort (costa atlántica gala) se detectó una perturbación en forma de ola que avanzaba a 200 metros por segundo y que mató a algunas personas el 29 de agosto.

Esta erupción del Krakatoa (el 'padre' del reciente) fue ampliamente publicada en el periódico 'La Gaceta de Madrid' a finales del siglo XIX por la tragedia que desencadenó en el conocido como 'Anillo de Fuego del Pacífico', un área con 127 volcanes en activo y en "continua formación" que registra 7.000 temblores al año por la convergencia de las placas filipina e indonesia.

Sin embargo, el mayor estallido de la historia científica reciente corresponde a otro volcán del mismo entorno: el Monte Tambora, en abril de 1815.

Con un índice de explosividad volcánica de 7 (VEI 7), el Tambora emitió a la atmósfera el equivalente a 100 kilómetros cúbicos de ceniza y provocó unas 92.000 víctimas mortales, según las autoridades de la época.

Esa erupción coincidió en una época en la que no había casi comunicaciones pese a que, en muy poco tiempo, este desastre natural causó un enfriamiento del clima en el hemisferio norte que duró varios años hasta el punto de haber un "año sin verano", el de 1816.

Sin apenas noticias en España de lo realmente ocurrido, el londinense "The Times" fue el único que publicó una noticia siete meses después, aunque mucho antes había habido numerosas referencias impresas acerca de lo "anómalo" del tiempo atmosférico, que en España se concretó en un periodo más frío y seco.

Olcina ha señalado que los fenómenos meteorológicos desencadenados por el Tambora tuvieron una gran influencia en todos los campos, incluido el arte, donde la peculiaridad de los cielos fueron retratados por el pintor inglés John Constable, con unos tonos cenicientos que se relacionan con el polvo volcánico en suspensión.

Otro ejemplo es que las lluvias y las temperaturas otoñales en Europa a causa de estas cenizas evitaron que un grupo de ingleses disfrutara del habitual verano en el lago Leman, en Ginebra, y empujaron a una de ellas, la joven Mary Shelley, a escribir una espantosa obra de terror: 'Frankenstein'.

De la erupción del Krakatoa unas décadas más tarde (1883), también queda el archiconocido cuadro 'El grito' de Munch, con su cielo de vivos tonos anaranjados.

Antonio Martín