EFEValència

Abrió sus puertas en València hace 75 años, cuando se hizo cargo de ocho enfermos incurables sin recursos del hospital de la Milagrosa, y actualmente atiende a 65 mujeres bajo premisas como el amor a los pobres "de obras, no de palabras" y sin pedir ayudas ni subvenciones.

Es el Cottolengo del Padre Alegre de València, el segundo que se creó y uno de los nueve que existen (tres de ellos en el extranjero), impulsados por el sacerdote jesuita Jacinto Alegre, quien se inspiró en la labor desarrollada por el italiano José Benito Cottolengo en Turín.

Comenzaron en 1943 en el barrio del Carmen y después de la Riada se trasladaron, a principios de 1958, al de Benimaclet, donde a diario una treintena de trabajadores, como fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales o auxiliares, y siete religiosas atienden a las internas, entre ellas una niña de 8 años y varias mujeres que llevan medio siglo allí.

"El Cottolengo es una gran familia" donde se intenta que todos "se sientan bien acogidos", explica a EFE la hermana Eva María Delgado, directora de la casa de València, que acaba de recibir la Medalla de oro del Ayuntamiento en reconocimiento al trabajo desarrollado en estos 75 años.

Agradece el galardón sobre todo por la "alegría" que ha supuesto para los voluntarios y porque implica que se conozca la labor de una institución que en su vida ha sido "fundamental", aunque destaca que las religiosas que gestionan los Cottolengos, la congregación de Hermanas Servidoras de Jesús, lo hacen "por amor a Jesucristo".

Desarrollan su día a día sin pedir nada a nadie, aunque asegura que es tanto lo que reciben que normalmente tienen para atender sus necesidades y también para compartir con otras congregaciones o con movimientos no religiosos que se dedican a cuidar a personas.

La superiora reivindica además la labor del voluntariado, pues asegura que hay gente que quiere colaborar "sea como sea", desde sentarse un rato a hablar con las enfermas a, si no le gusta tratar con ellas, estar en la cocina, en el costurero, cubrir horas durante una hospitalización o preparar una excursión.

"Hay gente que viene desde hace treinta años como voluntaria, nos quieren mucho", asegura Delgado, quien explica que acuden tanto jóvenes como personas mayores, y también reciben visitas de colegios para conocerles e incluso colaboraciones puntuales de empresas, pero "sin ningún compromiso".

La superiora, que es también la enfermera del centro, explica que se organizan como en una gran familia, de forma que las enfermas que pueden hacerlo "doblan servilletas, van un ratito al lavadero o tienden ropa", ya que "esto no es un hotel ni una residencia de lujo: se les da lo básico que podemos y las queremos".

El primer Cottolengo del Padre Alegre se fundó en 1932 en Barcelona, al que siguieron los de València, Santiago de Compostela (A Coruña), Sant Vicent del Raspeig (Alicante), Madrid, Las Hurdes (Cáceres), Buenaventura (Colombia), Lisboa (Portugal) y Popayán (Colombia).

Admite que, de seguir haciendo Cottolengos, no serían en España sino en el extranjero, pues "la necesidad" es más acuciante fuera "ahora mismo" y la sociedad actual no es la que había cuando se fundaron, aunque reivindica funciones que cumplen, como atender aquí a enfermos desahuciados y no en la frialdad de un hospital.

La superiora, que entró hace dieciséis años en la congregación y ha pasado por varios Cottolengos antes de llegar, en 2015, al de València, asegura que lo que más le cautivó fue ver la capacidad de vivir felices "y al mismo tiempo poder hacer también felices a otros con cosas sencillas, de hacer de lo ordinario lo extraordinario".

Loli Benlloch