EFEValència

La producción de la ópera "Iolanta!" estrenada hoy en el Palau de les Arts de Valencia, ha puesto de relieve que, como ocurre en este cuento de hadas compuesto por Piotr Ilich Chaikovski, la realidad de los que son diferentes no se puede ocultar y solo cuando esas personas son conscientes de su situación y lo reconocen podrán ser felices en sus vidas.

La historia de esta ópera no puede ser más sencilla y ha sido contada mil veces en la literatura, con múltiples variantes: una princesa ciega vive recluida en la cabaña de un bosque porque su padre, que se avergüenza de ella y en un afán desmesurado de sobreprotección, no quiere que su pretendido sepa esta deficiencia. Tendrá que ser Vaudemont, un amigo del novio, el que le haga ver a la princesa cuál es su realidad y ambos terminarán enamorándose porque se quieren tal como son, sin tener acudir a falsas apariencias.

Este final feliz de la obra contrasta con la cruel realidad que vivió su compositor, un Chaikovski atormentado por tratar de esconder su homosexualidad con un matrimonio de conveniencia que terminará por suicidarse en 1893, un año después del estreno absoluto de esta obra en el teatro Mariinski de San Petersburgo, en diciembre de 1892.

Mariuz Trelinski, el director de escena de esta obra, ha prescindido de la parafernalia de las historias rosa (amor y lujo en una historia melodramática) y ha puesto el acento en "la diferencia", aunque sin llegar a prescindir totalmente de los tópicos de este tipo de historias de amor. Para ello, se ha valido de una cabaña aislada en el bosque (un habitáculo en forma de cubo que más parece una celda), donde vive recluida (o más bien encerrada) Iolanta, hija del rey René, que no quiere que su hija sea consciente de sus limitaciones congénitas.

Para la ambientación Trelinski recurre, mediante videocreaciones proyectadas sobre el telón transparente, a infrarrojos para resaltar el aislamiento del personaje principal, escenas de caza (un ciervo -imposible no asociarlo a Disney- que termina abatido, cornamentas como trofeos decorativos...) y a ramas peladas de los árboles del bosque sobre un fondo de penumbra y pesadilla, que enmarcan el abatido estado anímico de la princesa.

Solo cuando Iolanta es consciente de su deficiencia y exprese su deseo de salir del aislamiento social en el que se encuentra, como le ha hecho ver Vaudemont, que la quiere tal como es, solo entonces recuperará la visión y podrá ser feliz.

Como en todos los cuentos de hadas en esta historia (atípica por el final feliz y también por tener una duración de poco más de hora y media) no ha faltado el vestido blanco de novia, el ramo de flores y la purpurina espolvoreada desde las alturas para ungir la felicidad de la pareja.

Excelente la dirección musical de Henrik Nánási al frente de una Orquesta de la Comunitat Valenciana que sacó brillo a las melodías de esta ópera poco representada del compositor ruso, y excelente también el Coro de la Generalitat, sobre todo la sección femenina, que hizo las delicias con las canciones de acompañamiento a la vida solitaria de Iolanta en los primeros cuadros.

La soprano armenia Lianna Haroutounianha sido una encomiable Iolanta de timbre hermoso, mientras que el joven tenor ucraniano Valentyn Dytiuk ha sido un valeroso Vaudemont, con una voz luminosa y aterciopelada.

El también ucraniano Vitalij Kowaliow, que sustituyó a última hora al indispuesto Mikhail Kolelishvili, fue un rey René espléndido, con las mejores virtudes de los bajos de los países del este. También cumplieron de forma notable el barítono ruso Boris Pinkhasovich (en el papel de Robert, el primer prometido de Iolanta) y el barítono armenio Gevorg Hakobyan (el médico Ibs-Haqia).