EFEValència

Hacer una película en plena pandemia requiere un tremendo esfuerzo de producción que garantice la seguridad de los equipos, y el rodaje de "El lodo", con más de cincuenta personas, está siendo uno de los mejores ejemplos: mil PCR en cinco semanas y ningún caso siquiera sospechoso.

El secreto, comparten con Efe Paz Vega y Raúl Arévalo, protagonistas de la película, "respetar los protocolos por fastidiosos que puedan llegar a ser".

"Se nota lo concienciado que está todo el mundo porque nadie se quita la mascarilla por cansado que se encuentre", cuenta a EFE Raúl Arévalo, que asume con tranquilidad "el momento del beso" con Paz Vega, su pareja en la película, mientras ella también "achucha" con total confianza a su "hija", la pequeña actriz Daniela Casas.

"Es la segunda película que hago poscovid y no ha habido ni un contagio: hay que decirle a la gente que el entorno de la industria del cine es seguro y los proyectos se pueden sacar adelante si la gente está concienciada", asegura la sevillana, momentos antes de rodar una de las escenas de "El lodo" en la Albufera de València.

Dirigidos por Iñaki Sánchez Arrieta, los actores culminan este domingo cinco semanas largas de rodaje, interrumpidas hace dos semanas por una de las trombas de agua más tremendas que se recuerdan en la Comunitat Valenciana.

Menos mal, explica Sánchez Arrieta a EFE, que las tomas exteriores ya las tenía resueltas. No fue posible aprovechar la situación en el rodaje; "el agua que cayó fue tan extremo -dice- que hubiera sido otra película".

La Albufera, que puso de moda la serie "El embarcadero", es en "El lodo" un personaje más, no un sitio donde pasan "cosas"; de hecho, el entorno ofrece la experiencia sensorial que buscaba Sánchez Arrieta, valenciano residente a pocos kilómetros de la zona, "enamorado" de las posibilidades del paisaje: "se puede sentir la sensación de soledad y aislamiento de los personajes", afirma.

Una mezcla que convierte a este ser vivo que es la Albufera en un personaje decisivo de la trama, tan importante como imprevisible.

También Vega lo ve "fundamental" para la historia: "Tener a estos personajes en este paisaje tan bonito, tan idílico, es como que los aísla más, están muy solos y muy con los pies en el lodo, en el fango, y cada vez les atrapa más, les entierra, y yo tengo que hacer lo que sea por salir", apunta.

Hoy rodaban también Joaquin Climent, la pequeña Daniela y su "cuidadora", Susana Merino, que también es su coach de rodaje. Al decir de sus compañeros, la alicantina Casas es el hallazgo del rodaje. Con ellos, completan el reparto Roberto Álamo y Susi Sánchez.

La historia comienza con una fuerte sequía castiga las extensiones de arrozales; Ricardo (Arévalo), un prestigioso biólogo, decide volver al lugar donde vivía de niño con su mujer (Vega) y su hija (Casas) para intentar salvar su matrimonio y, a la vez, recuperar el paraje natural de la Laguna Blanca (alter ego de la Albufera) gravemente amenazada.

Pero las medidas que debe tomar le enfrentarán a los lugareños, que ven atacada su forma de vida y subsistencia, con consecuencias inesperadas.

La pareja confía en que "un cambio de aires" les ayude a salir de "la nebulosa" en que se encuentran, comenta Vega, muy seria y concentrada. Claudia, su personaje, "parece luminoso, pero tiene un conflicto interior complicado".

"El pasado condiciona mucho lo que está pasando ahora, de hecho -dice, misteriosa, Vega- lo que ha pasado afecta a Claudia, hasta que toma una decisión muy importante".

Arévalo abunda "sin spoilers" que "todo lo que le pasa a Claudia tiene una explicación, y tanto lo que les ocurre como pareja como lo que le pasa a ella tiene que ver con un hecho del pasado que hace que este personaje se comporte de esta manera".

Ricardo sabe que Laguna Blanca (como ocurre en la realidad con la Albufera) "tiene sus propias leyes. Es un sitio apartado y la gente tiene sus normas, dichas o no, escritas o no. Y de repente aparece un biólogo que va a trabajar por el medioambiente en contra de los intereses de ellos, hay que entenderlos a todos", señala Arévalo.

Porque su personaje "se emperra en ir contra la ley de la gente que está aquí viviendo tranquila, porque quiere hacer las cosas bien a toda costa. Al final, todo se mezcla y no se sabe quién es el bueno y quién el malo. En los pueblos pasa mucho esto -agrega el madrileño de Móstoles y origen segoviano-; todos nuestros pueblos si te pasas criticando, te los vas a poner a todos en contra".

Sánchez Arrieta, que ha invertido seis años en la escritura del guion de "El lodo", fue mucho tiempo ayudante de dirección; su experiencia le aconseja "abrir el corazón y el alma y estar abierto" a propuestas que "actores tan potentes" y tan viscerales como Vega y Arévalo le hacen cada día. "Construir es estar dispuesto a cambiar cosas sabiendo que lo estás mejorando", resume.

De lo que está más orgulloso el director es de "la paleta de color" que han logrado, "muy pegada a los años setenta y muy ligada al parque natural, al agua, a la tierra", colores, dice, que son la Albufera.

Un gigantesco embalse de no más de 1,40 centímetros de profundidad donde crecen las cañas y que vadean barcos planos, sin fondo. Debajo, hasta dos metros de fango y lodos donde se siembra el arroz y se espera a que crezca; pero este humedal -como otros muchos en España- empezó un mal día a recibir residuos industriales. Por eso en "El lodo", detalla Sánchez Arrieta, "los años 70 son clave para deshacer el daño".

Alicia G.Arribas