EFEValència

La pirotecnia es un elemento esencial de la fiesta de la Fallas y aunque el ruido de los petardos y fuegos artificiales puede despertar pasiones, también llega a desencadenar lo que se conoce como ligirofobia, un miedo irracional y excesivo ante la presencia de ruidos fuertes e inesperados.

El 1 de marzo se abrió la veda para el disparo de petardos, masclets, tracas, castillos o trons de bac y lo que para algunos es la ocasión perfecta para hacerse con auténticos cargamentos de material pirotécnico, para otros es la necesidad de salir de la ciudad o encerrarse en su casa para poder evitarlos.

Ansiedad, sudoración, respiración agitada, taquicardia o mareos son algunos de los síntomas que afectan a los ligirofóbicos, que incluso llegan a evitar pasar por lugares donde intuyen que pueden ser disparados petardos.

Así lo explican a EFE los psicólogos clínicos Guillermo Dalia y Amparo Calandín, que coinciden en señalar que se trata de una fobia frecuente que produce en los afectados una "importante limitación" porque no salen a la calle o si lo hacen, están "en tensión" y "en guardia" en todo momento.

"Tienen una necesidad imperiosa de tener controlada la situación para que no se produzca ninguno de los sonidos que le generan tanto malestar", asegura Calandín, que añade que la fobia no se limita a los petardos sino también a los ruidos que provocan los globos al romperse.

Uno de los casos que ha pasado por su consulta es el de Martín, un niño que tiene ahora 8 años pero desde los 5 ha tenido pavor a los petardos, lo que obligaba a su familia a salir de València durante los días de Fallas.

Su madre, Esther, explica a EFE que aunque con 2 o 3 años tiraba petardos y jugaba con globos, a los 4 "se ponía a llorar y a taparse los oídos cuando tiraban petardos y tampoco quería ir a cumpleaños por el miedo a que explotaran globos o se negaba a entrar en un centro comercial si los veía".

Acudió entonces a la psicóloga, quien le sometió a un tratamiento de exposición con prevención de respuesta, en el que Martín fue superando distintos niveles, y que finalmente le llevó incluso a volver a tirar petardos en la calle.

No obstante, cada año y en fechas previas a las Fallas vuelven a reforzar la terapia porque, según explica su madre, se le nota "más nervioso y preocupado".

Esther también comenta casos como el de su cuñada, de 50 años, que durante la semana central de las Fallas "no sale de casa. Cierra las persianas y se aísla" para no oír los petardos.

Guillermo Dalia explica que los afectados por este rechazo al ruido se preparan antes de las fiestas falleras y "empiezan a no salir, a tomar medidas, y muchas veces empeora más la situación" porque llegan a acumular un estrés que puede ser "peligroso y perjudicial para su salud".

Ambos expertos coinciden en destacar que se trata de un problema que tiene solución, y tras realizar una evaluación individual y un análisis funcional de la conducta del afectado, se adecua el tratamiento a cada caso.

Los ruidos excesivos de música o petardos y las aglomeraciones también pueden provocar que algunas personas con trastornos del espectro autista (TEA) padezcan algún tipo de hipersensibilidad y generarle un gran nivel de ansiedad y estrés.

Cerca del 40 % de los niños con autismo tiene alguna anormalidad de sensibilidad sensorial, según Laura Gómez, coordinadora del Servicio de Neurorrehabilitación Pediátrica de Vithas Nisa Virgen del Consuelo, que añade que hay casos de personas con autismo que sienten "verdadero pánico a los petardos y fuegos artificiales".

Estos estímulos "pueden llegar a ser muy molestos y desagradables, llegando incluso a producir, en ciertos casos, hasta dolor físico", según Gómez, que añade que las respuestas de los afectados "son variadas".

"Desde taparse los oídos, inquietud, irascibilidad, miedo, rabietas o evitar trayectos frecuentes", explica la especialista, que añade que en estos casos se trabaja con antelación mediante juegos "para que puedan entender mejor cómo va a ser su entorno durante estos días y no lo sientan como una amenaza".

Recomienda poner al niño unos cascos o tapones para salir a la calle, vestirlo con prendas interiores ajustadas que le proporcionen cierta presión corporal, con el fin de bajar su nivel de estrés o anticiparles visual y oralmente las situaciones a las que se van a enfrentar. Concha Tejerina