EFEKarakosh (Irak)

Cuando los yihadistas del Estado Islámico (EI) irrumpieron en verano de 2014 en la localidad de mayoría cristiana de Karakosh, quemaron la licorería de Jadar Binhar y le amenazaron con cortarle la cabeza. Hoy, Jadar vuelve a atender en su pueblo a todo aquel que quiera comprar alcohol.

Entre botellas de whisky, vodka y arak, un aguardiente de uva tradicional en varios países de Oriente Medio, Jadar reconoce que tiene miedo a que cualquier día alguien pueda atacar la tienda, pero añade, con una media sonrisa, que todo está en las manos de dios.

"Abrimos el local para que el mundo vea que no tenemos miedo, para que vuelva, ¿sabes?", dice detrás del mostrador de la pequeña tienda a la que entra un cliente para llevarse una caja de latas de cerveza, que se venden a aproximadamente un dólar y medio cada una.

Su historia es la misma que la de los más de 50.0000 habitantes de Karakosh, que huyeron ante la llegada inminente del EI en 2014, que días antes había ocupado Mosul sin apenas resistencia.

"Salimos sin llevarnos ni siquiera ropa, con lo que teníamos puesto; con nuestras mujeres y nuestras hijas", comenta junto a su hermano Raad, que le acompaña en el local, situado en la calle principal que conduce a Mosul.

Tras su huida, los yihadistas todavía tardaron un par de días en alcanzar Karakosh, donde, de momento, han vuelto menos de 500 familias, a pesar de que el EI fue expulsado el pasado mes de octubre, debido a que los combatientes radicales quemaron la mayoría de los edificios antes de su retirada.

Jadar también se queja de que hubo gente que saqueó la tienda y el almacén antes de la llegada de las huestes del "califa" Abu Bakr al Bagdadi, quienes quemaron el resto de la mercancía.

Junto al local, muestra los restos del establecimiento que fue pasto de las llamas.

Todavía huele a alcohol, y las paredes y el techo están negros, mientras por el suelo se amontonan miles de cascos de botellas devoradas por las llamas inquisidoras de la ley medieval impuesta por el EI en los territorios que dominó.

"Dos o tres días después de que saliéramos, me llamaron y me dijeron: la apostasía está sobre ti, te vamos a buscar y a cortar la cabeza. Eso me dijeron: 'te vamos a cortar la cabeza, tu trabajas con alcohol'. Yo estaba ya en Erbil, entonces quemaron y volaron el local", explica.

Raad interrumpe la conversación para apuntillar que el "proyecto es difícil, que el alcohol continúa siendo un peligro", pero, al igual que su hermano, asegura: "También queremos decir que a pesar de eso estamos aquí, para que la gente vuelva".

Sin embargo, Jadar puntualiza que lo que más influyó en su regreso fue que estaban arruinados y llevaban dos años sin trabajar y gastando los ahorros que les quedaban en pagar alquileres.

"La vida se ha vuelto difícil. Estuvimos dos años en paro, sin trabajo. Nos arruinamos y el dinero que nos quedaba se nos fue en el alquiler. ¿Qué íbamos a hacer?. Yo vendí mi coche y mi hermano el suyo para pagar los alquileres", dice.

Agrega que con la quema de sus productos perdieron entre 70.000 y 80.000 dólares y que todavía deben 20.000 dólares a varios proveedores que le reclaman las deudas.

Por todo esto, él y su hermano reabrieron el pasado 27 de junio la licorería "El Almacén de Rani" y tienen pensado inaugurar los próximos días un local mayor en el mercado de Karakosh.

En un Irak tan castigado por las guerras y el terrorismo, Jadar explica que no es la primera vez que se ve obligado a rehacer su vida.

En 2003, dice, poco antes de la caída del régimen de Sadam Husein, tras la invasión de Estados Unidos, le robaron y quemaron la licorería que regentaba en la ciudad de Basora, en el sur de Irak.

Entonces, decidió regresar a su localidad natal, Karakosh, para continuar con el negocio en un sitio más seguro, el mismo negocio que fue destrozado por los yihadistas once años después.

Ahora muestra orgulloso su flamante y pequeña tienda y las bebidas que expone ordenadamente en las estanterías, y que son visibles desde el exterior a través del amplio escaparate del negocio.

Está convencido de que el "El Almacén de Rani" marchará bien, a pesar del riesgo que entraña su venta en un país donde la presencia de los radicales aún no ha sido erradicada.

Jorge Fuentelsaz