EFEKalale Yale (Irán)

La joven kurda Fereshte Irandust muestra con orgullo su casa recién reconstruida y sus cultivos, aunque los traumas del seísmo que destruyó su hogar y sus medios de subsistencia hace un año siguen vivos en su memoria.

"Hace una semana que nos hemos alojado en nuestra nueva, casa pero por las noches hay replicas y salimos corriendo a refugiarnos en la caseta", explicó a Efe Irandust, señalando una vivienda prefabricada situada en un rincón del patio.

Rodeada por su familia, esta joven agricultora, de 33 años, recordó que este último año fue "muy duro". Su existencia era totalmente diferente antes del terremoto, que les ha afectado psicológicamente, y han tenido que trabajar al máximo para retomar su vida.

"Nos dieron una caseta en la que vivíamos los ocho miembros de mi familia, pero cuando llovía entraba agua y pasábamos mucho frío", se quejó esta vecina del pequeño pueblo de Kalale Yale, a quien Efe entrevistó también hace un año tras el seísmo.

Kalale Yale fue una de las localidades de la provincia noroccidental de Kermanshah devastadas por el terremoto de magnitud 7,3 en la escala de Richter registrado en la noche del 12 de noviembre de 2017, que causó 620 muertos y más de 12.000 heridos.

Irandust y su familia dedicaron este año a reconstruir su casa, que ahora cuenta con un amplio salón cubierto de alfombras, y a recuperar sus cultivos, su modo de subsistencia.

"Hemos logrado salvar la agricultura, pero no la ganadería. Algunos de nuestros animales murieron en el terremoto y el establo donde los guardábamos quedó destruido", detalló la joven.

Ahora habla con calma, pero hace un año, poco después del terremoto, contó con gran angustia y desesperación a Efe que necesitaba rescatar las semillas "para poder sembrarlas y no morir de hambre en los fríos días de invierno".

"Mira mi trigo, esta semana íbamos a sembrarlo, pero con el terremoto todo el proceso se ha pospuesto y obstaculizado", se lamentó el año pasado la joven agricultora mientras cribaba las semillas de forma rudimentaria.

Pudieron salvar las cosechas de maíz, trigo y cebada, pero al no tener suficiente dinero para reconstruir el establo, decidieron vender los corderos que habían sobrevivido al terremoto.

Con el dinero de la venta de los corderos avanzaron en la reconstrucción de su vivienda, ya que el crédito que les concedió el Gobierno iraní, de 380 millones de riales (equivalente actualmente a unos 2.000 euros), no era suficiente.

Irandust lamentó la escasa ayuda gubernamental y agradeció la aportada por la gente, que les permitió tanto terminar su casa como subsistir a lo largo del año.

Junto a su casa, sigue en construcción la de sus primos. Todos los miembros de la familia se encontraban en la zona para ayudarles en la tarea.

Uno de ellos, Donya, una chica de 19 años, explicó a Efe que tras el terremoto abandonó sus estudios debido a las duras condiciones de vida y a que "psicológicamente sentía la responsabilidad de ayudar más a la familia".

"Estoy pensando que incluso ahora cuando se acabe la construcción, no tenemos nada para amueblar, no tenemos nevera ni cocina", dijo Donya sin poder reprimir las lágrimas al ser consciente de la dificultad para retomar sus estudios.

Su padre es obrero y trabaja todo el día para que su familia pueda mudarse a una casa y dejar atrás un año de penurias en una caseta, pero está agobiado porque en unos meses tendrá que empezar a pagar las cuotas del crédito recibido.

La familia de Donya lamentó que ningún responsable del Gobierno les haya visitado durante este tiempo para ver las condiciones en las que vivían: "¿Por qué no hacen nada por nosotros?", preguntó la joven.

También se quejaron de que las autoridades iraníes dediquen más atención a ayudar a países vecinos como Siria, Irak o el Líbano, cuando lo "prioritario" debería ser que la población iraní tenga "un mínimo nivel de vida".

Entretanto, las fincas de maíz, trigo, cebada y arroz que rodean Kalale Yale y otros pueblos damnificados por el terremoto muestran que la vida sigue, aunque los vecinos de la zona continúen afectados psicológicamente por el desastre natural.

Artemis Razmipour