EFELisboa

Arte contemporáneo, cocina de diseño sin el tradicional bacalao y fado alegre surgen estos días en Lisboa, donde se pule con mimo la imagen de la ciudad para, sin olvidar algunos de sus mitos, sorprender a las miles de personas que empiezan a llegar para disfrutar del festival de Eurovisión.

A un día de que la fiesta se instale en las calles con la apertura del "Eurovision Village", junto al río Tajo, y a poco más de una semana de que se celebre la gran final en el estadio del Altice Arena, la prensa extranjera ya ha tomado las calles de la capital lusa para ser testigo de cómo los lisboetas viven esta fiesta.

Antes de que arranquen las actuaciones de los 43 países participantes el interés se centra en la cultura portuguesa, abierta ahora a los países mediterráneos, bálticos y nórdicos. Los daneses miran con asombro a los limpiabotas del centro, y los rusos creen que, entre tantos tipos de café, pedir sin equivocarse es "un arte".

La curiosidad extranjera es vista como una oportunidad, teniendo en cuenta que se espera que el festival tenga una audiencia mundial de 200 millones de personas, y Lisboa la aprovecha seduciendo con la ayuda de algunas de las figuras lusas más conocidas.

Artistas como Joana Vasconcelos o Vhils, y chefs de prestigio, como Kiko Martins, son algunos de los maestros de ceremonias de un curioso recorrido pensado para informadores extranjeros que se basa en una premisa: olvide lo que creía saber de la ciudad, porque los lisboetas han cambiado.

"Hubo un periodo oscuro, pero no es la esencia de Portugal o Lisboa. La ciudad está cambiando a mejor", asegura a esos periodistas Vasconcelos en su faraónico taller, al ser preguntada por la situación actual de la urbe.

Lejos de creer que la capital sufra una sobreexposición al turismo, la artista dice a los informadores, que pasean curiosos entre sus collages tridimensionales de gran escala, que en todo caso Lisboa "ha vuelto a ser lo que solía ser".

Todos intentan reflexionar sobre la identidad portuguesa, que es el ganchillo de Vasconcelos, pero también el lomo de atún que se saborea en el Watt, el restaurante de Kiko Martins, quien dice a Efe que cree que el país está "en auge".

"Creo que las personas comienzan a venir y conocer, y van probando, y por eso es importante" el festival, piensa el chef, que no tiene como objetivo mostrar el país a través de los fogones, sino por el contrario traer el mundo a Portugal.

En parte, por eso no hay bacalao en el menú, ni pasteles de nata en el postre. Hay más sorpresas: el fado puede ser alegre.

Lo descubren los reporteros después de recorrer en tranvía el centro de la ciudad, durante un trayecto en el que se habla del vencedor de festival en 1967, el Reino Unido; del triunfo de Céline Dion en 1988 o de Raffaella Carrá, que no ha participado nunca en Eurovisión, pero si ha presentado programas sobre el concurso.

A estos periodistas se irán uniendo en los próximos días enviados especiales de todo el mundo. Se espera que cerca de 2.000 profesionales de medios de comunicación cubran la final eurovisiva de Lisboa.

Un concurso de lentejuelas y efectos a los que pone el contraste Teresinha Landeiro, reinvención del fado con 22 años que demuestra que la saudade se puede superar, incluso en la penumbra y solo con dos guitarras portuguesas.

"Es una forma de representar a una nueva generación", cuenta a Efe tras su actuación.

Landeiro está convencida de que Eurovisión "va a hacer propaganda" de la música lusa, entre ella el fado, con que tiene "una capacidad emocional muy grande y transmite muchas emociones".

Y así, abandonados los primeros clichés, se hace de noche en Lisboa, que parece a ojos de los reporteros "más moderna, más abierta", en opinión del corresponsal del diario español El Mundo, Aitor Hernández-Morales.

"Es una apuesta hacia otra visión de Portugal, se tendrá que ver si convence al extranjero", apunta.

El concurso musical, ideado para elegir la mejor canción del continente, es ya una colateral campaña publicitaria de dimensiones nunca vistas a orillas del Tajo.

Cynthia de Benito