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Más que limitarse a reducir las emisiones de metano, uno de los gases de efecto invernadero, la ganadería está afrontando el problema del cambio climático como una oportunidad para aumentar su productividad y mejorar su imagen.

En los establos de bovino del Véneto, región del norte de Italia, los ganaderos se sienten "en el punto de mira de la opinión pública", apunta a Efe por teléfono Andrea Scarabello, responsable técnico de la asociación Unicarve, que aglutina a unas 800 empresas cárnicas de la zona.

No es para menos, justifica, con la creciente preocupación que existe por las condiciones de vida de los animales, los muchos recursos utilizados (un kilo de carne requiere 15.000 litros de agua) o la contaminación por el metano que se genera durante la digestión de vacas y otros rumiantes.

Esto último causa un 40 % de los gases de efecto invernadero de la ganadería, sector que representa el 14,5 % de todas las emisiones vinculadas a la acción humana, según datos de la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Más que centrarse en el metano, la ganadería se está sometiendo a un examen de conciencia completo y, en opinión de Scarabello, se busca "salvaguardar las empresas y sostener una actividad" con la que muchos han mejorado su bienestar.

Unicarve es uno de los participantes en un proyecto europeo desarrollado en cuatro importantes países productores de ganado (Italia, Francia, España e Irlanda) con el fin de reducir la huella del sector un 15 % entre 2015 y 2025.

Por el momento, comenta el experto, "están analizando las prácticas en cada uno de los sitios para verificar su impacto ambiental".

Lejos de toda tentación vegana por renunciar a la carne, los ganaderos prefieren promover técnicas innovadoras y más sostenibles que las actuales.

Queda mucho espacio para la acción en la ganadería, relacionada también con otros procesos contaminantes como el cambio de uso de la tierra (la expansión de pastizales y cultivos forrajeros en detrimento de los bosques), la utilización de nitrógeno como fertilizante químico para piensos, el consumo de combustible fósil, el manejo del estiércol o el transporte de productos.

El especialista de la FAO Henning Steinfeld llama a "intensificar la producción de animales rumiantes para hacerla más productiva", principalmente en los países en desarrollo, de forma que bajen las emisiones.

Al fin y al cabo, los animales de ganado necesitan alimentarse y no dejan de tomar energía durante toda su vida. Tanto que consumen un tercio de todos los cereales que se cosechan en el mundo, enfatiza Steinfeld, que considera importante mejorar los piensos y la sanidad animal si se quieren evitar pérdidas.

¿Otras opciones? Hacer uso de productos o restos biológicos en la alimentación de los animales y detener la degradación de los pastizales para capturar carbono y compensar otras emisiones.

Para Lini Wollenberg, del Grupo Consultivo para la Investigación Agrícola Internacional (CGIAR), la decisión lograda en la Cumbre del Clima de Bonn (Alemania) del año pasado con el fin de analizar el impacto del sector primario, ganadería incluida, en el cambio climático refleja "la necesidad y la oportunidad de actuar ahora".

A su juicio, la resistencia de los ambientalistas y la preocupación por no dañar la seguridad alimentaria han supuesto un freno en ese campo, si bien está creciendo el interés por una ganadería más sostenible en países productores como Brasil.

En Kenia, por ejemplo, se está ayudando al sector privado a reducir las pérdidas en la producción de leche. En Indonesia, los pequeños ganaderos están aprendiendo a gestionar mejor los abonos y reciclarlos como fertilizante para disminuir las emisiones, entre otros proyectos.

No hay una estrategia única. "Para aumentar la seguridad alimentaria los sistemas extensivos (donde los animales pastan en grandes terrenos) no son suficientes y los intensivos (típicos de la cría controlada en establos) tienen un alto impacto ambiental", afirma Wollenberg, para quien no queda más que adaptarse a las condiciones de cada caso en particular.

Belén Delgado