EFEFundão (Portugal)

El número 58 nació en Nigeria y huyó del país en 2017. Estuvo un año secuestrada en Libia, donde presenció crímenes, torturas y vejaciones. Hoy, a sus 21 años, Deborah ha dejado de ser un número y empieza una segunda vida en Portugal.

Deborah y Augustina son las dos únicas mujeres del grupo de 19 refugiados rescatados por el buque Aquarius el pasado año y acogidos en Fundão, una localidad agrícola de 30.000 habitantes, a los pies de la Serra da Estrela, unos 270 kilómetros al norte de Lisboa.

Proceden de Eritrea (14), Nigeria (3), Yemen (1) y Sudán (1). Ninguno había oído hablar de antes de Portugal.

"Creía que estaba en África. Había oído sobre Cristiano Ronaldo pero no sabía que era portugués", recuerda Deborah, que no oculta que su objetivo era Alemania.

Es el país más buscado, aunque de este grupo sólo Walleed (Yemen) consiguió llegar a territorio alemán con un visado de reunificación familiar.

Sus experiencias son similares. Unos buscaban una vida mejor, como Deborah, otros huían de la guerra o, como en el caso de Guedesh, el mayor, con 54 años, que fue alcalde y tiene cuatro balas en el cuerpo, era la única opción para mantenerse vivos.

Atravesaron miles de kilómetros para llegar a Libia, donde la historia se repite: pagaron a traficantes -hasta 8.000 euros- y estuvieron recluidos durante meses, e incluso años, antes de subir a un barco con destino incierto.

Meskel Kelete tiene 27 años. Pasó dos encerrado en Libia y vio morir a uno de sus amigos. Gebru Mehari estuvo maniatado y guarda en la memoria los golpes y las torturas.

"Eran números, llegaban exhaustos, enfermos, perdidos, frágiles", recuerda Paula Pio, psicóloga y coordinadora del Centro para las Migraciones de Fundão, creado a instancias de su vecino más ilustre, António Guterres, secretario general de Naciones Unidas.

Llegaron con estrés postraumático y desnutrición porque en Libia, continúa Pio, comían apenas dos o tres veces por semana.

En Fundão han encontrado un futuro y se han convertido, a la vez, en una esperanza para un municipio amenazado por el envejecimiento y la despoblación.

En el antiguo seminario de Fundão, comparten habitaciones, en un edificio gélido y austero que necesita reformas urgentes.

Una frialdad que contrasta con la calidez del equipo de Pio, un puñado de jóvenes entusiastas volcadas en lograr la integración de los refugiados.

El programa incluye clases de portugués -algunos balbucean inglés y la mayoría se hace entender con un traductor o por señas- y un empleo que casi todos han encontrado ya.

La psicóloga se esfuerza en ayudarles a encarar el futuro: "No se arrepienten y piensan que lo que vendrá nunca puede ser peor de lo que dejaron atrás".

No obstante, muchos tienen miedo. "Deben todavía dinero a los traficantes y temen por la seguridad de sus familias", lamenta Pio.

En Fundao, recibieron ropa, zapatos, mantas, una prestación de 150 euros al mes y teléfonos móviles viejos, "un objeto de primera necesidad" para comunicarse con su familia, subraya la psicóloga.

Con su primer sueldo, los más jóvenes compraron un nuevo móvil, como hizo Ahmed Abderhim, que tardó tres años en llegar a Portugal y dejó en el camino a un bebé en Sudán.

Ahmed, de 21 años, era mecánico. Probó suerte como electricista pero no resultó, y dejó su puesto a Major Tefay, quien parece haber encontrado su lugar en el mundo.

Abiel trabaja en una textil. Gebru y Hadush en una finca agrícola. Dejaron atrás a sus familias y buscan cómo llevarlas a Portugal.

A sus 21 años, Augustina Sunday acumula varias vidas. Estuvo perdida en el desierto, recluida en Libia y su barco quedó a la deriva en el Mediterráneo.

"Llorábamos porque pensamos que íbamos a morir", recuerda. Ahora trabaja en una pastelería, pero "quizá encuentre algo mejor".

Augustina no pierde la sonrisa. "Me gustaría vivir una buena vida", dice. Su expresión contrasta con la tristeza en los ojos del número 57, como aparece en las fotografías colgadas en el corredor del seminario.

Son imágenes de los 19 tomadas cuando eran un número, antes de salir de Italia, y ya con su identidad real, un par de semanas después de llegar a Fundão, y revelan su profunda transformación.

También Deborah es otra. El camino "ha sido muy duro" pero "lo volvería a hacer", asegura.

Deborah mantiene intacto su sueño europeo: "Quiero una familia, un marido e hijos, viviendo en paz. En Portugal".

Carlos García y Mar Marín