EFEAtenas

Laila no sabe dónde está. Solo sabe que quiere reunirse con sus nietas en Alemania, a las que ha criado y adora. Huyó en noviembre pasado de Siria junto a seis miembros de su familia y lleva dos meses en Grecia. Laila tiene 110 años.

La anciana kurda vive en un pequeño apartamento en Atenas, sin más muebles que tres camas y dos literas que dan reposo a cuatro generaciones, siempre a la espera de recibir la gran noticia que le permita continuar su viaje a Alemania.

Allí espera reunirse con sus nietas, a las que no ha visto desde hace cuatro años. Junto a sus respectivas familias huyeron de Kobane en 2014 cuando el Estado Islámico destruyó el ochenta por ciento de esta ciudad en la frontera sirio-turca en una ofensiva contra las milicias kurdas del YPG.

Una de ellas vive en Dortmund y la otra cerca de Colonia. Ambas han obtenido el asilo político en Alemania.

Con excepción de un breve periodo en el que se refugiaron en un campamento de la frontera con Turquía, Laila y su familia han aguantado todos estos años en Kobane, en una casa destruida, de la que apenas un cuarto era medianamente habitable.

En medio de esta adversidad, la esposa de su nieto, Sausan, que perdió a su hermano en esta ofensiva, dio a luz a sus gemelos, en un hospital en el que incluso el suelo estaba en ruinas, según cuenta a Efe esta joven madre de 27 años.

Ahora los pequeños Ari y Azar tienen tres años y han empezado a ir a un jardín de infancia para refugiados, facilitado por la organización Solidarity Now. Uno de ellos tiene una leve discapacidad y un problema en un ojo.

Con financiación de ACNUR, esta ONG ofrece en toda Grecia asistencia cotidiana a refugiados. Sus trabajadores sociales, todos con contrato fijo, les ayudan con los trámites administrativos y los acompañan al médico cuando hay necesidad.

La familia Saleh llegó a Grecia el pasado 7 de noviembre. Como centenares de miles de refugiados antes que ellos, llegaron en un bote de plástico a Lesbos.

Era la primera vez que Laila veía el mar. Afortunadamente la travesía solo duró algo más de dos horas, pues el bote que compartían con otros refugiados fue interceptado por una lancha de los guardacostas griegos que los llevó hasta el centro de Moria, el punto de registro y primera acogida de la isla.

Al pertenecer a un grupo vulnerable -no solo por la avanzada de edad de Laila y la corta de sus bisnietos, sino también porque su hijo menor Ahmad, de 66 años, padece un problema cardíaco- la familia apenas tuvo que pasar unos días en la isla antes de ser trasladados al apartamento en el que viven ahora.

Su nieto Halil, hermano de las dos mujeres que viven en Alemania y padre de los gemelos, cuenta que, dentro de lo que cabe, Laila está fuerte y sana, pero está desorientada por las secuelas del viaje y del cambio radical de lugar y vida.

Lo que sí tiene muy claro es adónde quiere ir, o mejor dicho, con quién quiere reunirse, dice Halil. "Cada vez que pasa por aquí algún periodista, una vez que se marcha, mi abuela se queja y dice: 'Todos vienen a interesarse por nuestra historia, pero el hecho es que seguimos aquí. ¿Cuándo nos vamos por fin?'".

Laila sigue nuestra conversación con un rictus severo. De tanto en tanto echa una cabezadita. Sus familiares la disculpan y dicen que está cansada porque no duerme bien, como si los más de cien años no fueran peso de sobra.

Durante toda su vida, Laila, su esposo, que murió en 1984 con más de cien años, y la mayoría de sus siete hijos fueron agricultores.

Ahmad, en cambio, trabajó siempre en la construcción, mientras que su hijo Halil se ganó durante muchos años la vida como costurero en Líbano.

La familia Saleh no puede viajar a Alemania acogiéndose al derecho a la reagrupación familiar, pues no hay un parentesco de primer grado con las nietas.Tienen que esperar a que su solicitud de asilo sea tramitada.

El problema es que su cita con el servicio de asilo griego está fijada para 2019. Afortunadamente, Laila no lo sabe.

Ingrid Haack